Notas
“Insert Coin”: La nostalgia de pelear a la vida con una ficha
Publicado por: Mike Haggar
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Hoy en día pillar una máquina de arcade o flipper clásica es como encontrarse plata tirada en la calle. Un raro gozo que pasa cada tanto, pero es fugaz.

Cada uno tiene una representaci√≥n de qu√© eran los flippers: para algunos eran lugares oscuros y pecaminosos donde se juntaban los tipos “choros”, los que le guapean a la vida, hac√≠an la cimarra y se pasaban la tarde con un cigarro en la boca y un par de monedas macheteadas transformadas en una ficha cobriza.

Para otros era un lugar en donde uno iba con los padres. Con un billete de $500 estábamos una tarde entera probando cada máquina, y mientras los adultos conversaban con el encargado del local, los chicos se divertían un buen rato.

La experiencia de algunos cabe en alg√ļn punto de estos dos polos.

Los Flippers nunca fueron el punto para jugar lo más nuevo, ni los mejores gráficos. Ya desde la salida al mercado del Super Nintendo uno podía replicar de forma más o menos fiel cada título. Lo más valorado siempre fue el ambiente social y la experiencia.

Era una mezcla del aprender mirando y que te salieran movimientos por suerte. Frases como ‚Äúd√©jame una vida‚ÄĚ, o ‚Äúc√≥mete esto que te da m√°s puntos‚ÄĚ. No importa si eran m√°quinas para dos, cuatro o seis personas, y daba lo mismo si eran las aventuras de las Tortugas Ninja, The Punisher, Cadillac y Dinosaurios, X-men o Los Simpsons.

Muchos tienen recuerdos menos rom√°nticos de los Flippers. Sus memorias est√°n te√Īidas de garabatos, golpes, empujones, amenazas, robos, ventas clandestinas, y muchas otras situaciones donde hab√≠a que saber jugar, saber cu√°ndo perder y saber cu√°ndo correr.

Pero el flipper a fines de los 90 cambió. Las fichas que lucían orgullosamente el nombre del local cambiaron por bandas magnéticas, el lugar se volvió luminoso y, en vez de estar instalado al lado de un minimarket, se ubicaron cerca del patio de comidas de un mall. Al lado de las palancas y botones aparecieron las tablas de surf, los juegos infantiles, las máquinas de baile y los ticket de canje. La experiencia se sanitizó.

En este equilibrio de fuerzas, el lado m√°s callejero y vagabundo del flipper se transform√≥ en los “casinos del pueblo”. Las m√°quinas tragamonedas y los juegos de habilidad generan buenos recursos (o, por lo menos, suficientes) a los administradores de los locales.

Los clientes de ahora, en vez de enfrentarse a la pantalla por ser el mejor antes tus pares y dejar tus iniciales, braman ante frutas y tesoros piratas esperando los m√°gicos sonidos que se transforman en dinero. El secreto es que como en muchos juegos que involucran monedas y billetes, se pierde m√°s de lo que se gana.

Las consolas fueron matando a los Flippers porque se fueron llevando su componente social. Las reuniones pasaron a las casas o a los locales donde se podía arrendar por hora. Como en todo ciclo, ahora es su turno de morir. Las consolas se llevan la experiencia a casa y toda la energía detrás del juego se transmite online, de forma pagada y cada vez más personalizada de acuerdo al gusto de los jugadores.

Si ves alg√ļn flipper que a√ļn no tenga maquinas tragamonedas y no est√© en la explosi√≥n de color de los mall, juegue y recuerde la √©poca en que uno le peleaba a la vida con una ficha.

Mike Haggar
Particip√≥ en el podcast de videojuegos, cine y TV ‚ÄúProcesador‚ÄĚ. Preocupado de estos tipos de entretenimiento desde el amateurismo‚Ķ por ahora.

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