
Escribo esto mientras repaso el increíble Uruguay – Ghana. Punto final perfecto para una jornada que tuvo dos de los grandes partidos del Mundial, uno que por fin trajo el fútbol perdido.
Anteriormente había dicho que Brasil tenía cara de campeón. Y lo demostraba con el 1-0 sobre Holanda con el que se iba al descanso en Port Elizabeth. Pero no era tan solo por el marcador. Era por la superioridad que establecía, por lo bien que anulaban a Robben y Sneijder, por el cómo llegaban al arco. En resumen, por el juego en equipo que desplegaba el “Scratch” y el ver que Robinho, Kaká y Luis Fabiano jugaban como un todo y no como partes de un rompecabezas.
Pero también estaba en los apuntes el jugarle a los brasileños un partido perfecto para hacer la diferencia. Y Holanda lo hizo en el segundo tiempo. Robben dejó de estar sólo por la banda para recibir la ayuda de Sneijder, la defensa se aplicó en el fondo y maniató a Robinho, hiceron rotar el balón y fueron contundentes cuando debían hacerlo.

Imagen: Fifa.com
Tras los goles, asomó el otro Brasil: el de los golpes, los reporches, los insultos y las expulsiones. Chile estuvo en el primer escalón para llegar a aquello, pero le faltó fútbol y goles para ponerlo contra las cuerdas, como lo hizo Holanda, que en la suma, justificó la victoria para enfrentarse en semifinales a Uruguay.
El tópico diría “asomó otra vez la garra charrúa” o “la historia jugó en Johannesburgo”, pero más allá de aquello hay un momento, una jugada que cambia todo el partido: la mano de Luis Suárez en el minuto 119. Punto de inflexión desde lo emotivo del encuentro.
En Montevideo, el café de la tarde tenía el gusto amargo por los nervios que significaba un partido jugado con un equipo fundido en el alargue. Que aguantaba para salir de contragolpe y soñar con un tiro de “Luisito” o de “Cachavacha” que terminara con 40 años de eliminaciones y pálidas en las Copas del Mundo. Pero al frente había un once que estaba entero y que pudo haber liquidado el juego en la última parte del primer tiempo o en el mismo suplementario.
Dejemos de lado si hubo o no fuera de juego antes del tiro, dejemos de lado las dos veces que estuvo cerca el gol antes del tiro que significa el foul. Suárez lo hace por instinto. Él lo quiere ganar, como sea. Y ganar el partido significa ir a los penales, pero está a punto de entrar el balón. Pone la mano sin pensar y recién toma conciencia de la misma cuando llora al salir de la cancha.
Pero el fútbol, el viejo y querido arte de lo impensado, nos entrega otra muestra de lo que lo hace ser especial: Gyan al travesaño y a los penales. Acá muere el juego. Ghana llega tan desestabilizada a la serie de penales, ante el golpe anímico que le brinda a Uruguay a ese momento del cotejo, que se agigantaron los ejecutantes de sudamericanos y Muslera y le permitieron a los “charrúas” volver a una semifinal del Mundial.
Una que asegura otros dos partidos a la “Celeste” para hacer crecer la leyenda y desempolvar los libros de historia del fútbol uruguayo, agregándole páginas doradas e inolvidables.
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