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Relatan cómo es vivir 7 días en los llamados "guetos verticales" de Estación Central

Twitter | Claudio Orrego
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“Guetos verticales”, un concepto duro que suena a precariedad y marginación, al menos. El término ofende a residentes de estas megaestresructuras inmobiliarias- como le han llamado otros-. Inquilinos que no parecieran particularmente molestos con sus condiciones de vida, pero sobre los cuales el resto carga los prejuicios sociales de siempre.

“Ocupan toda mi vista desde abajo hasta el cielo. Tengo que abrir la ventana, y estirar el cuello hacia afuera, para ver una rendija de cielo del ancho de un cigarrillo. No tendré luz natural durante una semana”, relata Roberto Farías, periodista que vivió siete días dentro de estos muros, específicamente al interior de un departamento de 30 m2, que no recibe sol a ninguna hora porque limita con otra construcción gemela, publica revista Paula.

La edificación

Edificio Alameda Urbano se llama el gigante, ubicado en avenida Las Rejas Norte 65, el más representativo de este tipo de construcciones, que han abierto polémica desde Estación Central. Se esperan unas 20 construcciones similares a fin de año.

Sus espacios costaron a sus dueños entre 1.100 y 1.600 UF y están 100% vendidos. Según trabajadores de la propiedad, la gran mayoría de los departamentos están bajo arriendo, por cifras que van de los 210 a los 300 mil pesos mensuales. La mitad de estos arrendatarios son extranjeros.

Cuando se complete este proyecto, que componen tres torres, serán 5.600 departamentos en una manzana, ocho mil personas en una sola hectárea. “Una colmena humana” -según el periodista- que supera 100 veces la densidad promedio de la comuna en la que se ubica.

Y ese pareciera ser el problema para muchos, su descontextualización geográfica. Es una estructura cuyas condiciones se está acostumbrado a tolerar con indiferencia en otros sectores, en suburbios marginales donde los espantos arquitectónicos no son tema. Ni hablar de cuando el “gueto” es horizontal.

El día a día

El relato habla de situaciones molestas, de ruidos y olores que traspasan todo y de colas en los ascensores que llegan a los 20 minutos en los peores horarios.

Me asomo a tomar aire en el patio interior. Siento un aroma de un aliño que desconozco, pero una carbonada se impone. Desde el patio se escuchan músicas distintas. Voces de niños. Ladridos de perros. Vuelvo al departamento. De pronto, suena un ringtone tan claro que casi doy un salto”, cuenta Farías.

Luego, sorprendido, el periodista no puede creer que no existan quejas de quienes viven en este edificio, que no haya confirmación de los juicios que lleva consigo. Relata cómo ingresa a un grupo de Facebook de residentes, el que da cuenta de las típicas publicaciones variopintas, pero que no muestra quejas de las condiciones.

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Posteriormente, un adolescente colombiano, en el ascensor, le dice que encuentra bacán vivir ahí, pues en la realidad de la cual venía su casa no tenía ni vidrios.

Javier Antilef, un treintañero que arrendaba junto a su familia, le comentó que venía de habitar una vivienda social de su madre en Puente Alto. Allá -dice- lo que escuchaban eran balas y lo que olían era droga.

Los relatos de los residentes parecieran comulgar: Esta “horrible” construcción ha significado avance en la vida de muchos, sus costos son la única posibilidad de acercarse al centro de la ciudad y con ello a sus trabajos, a servicios y a realidades que les eran ajenas.

“Al otro lado de la Alameda un departamento con áreas verdes y piscina cuesta 180 mil pesos más. Eso hubiera sido mejor, pero…”, señala Javier.

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“La única forma de estar sólo es estar encerrado (…) la mayoría apenas se saluda”, afirma en su relato el periodista (aunque, dicho sea de paso, esa es la realidad vecinal de gran parte de este país). Los residentes agobiados se acostarían temprano, del trabajo pasarían al supermercado y luego a la cama, insiste en su texto.

“El hombre se adapta a todo. Recuerdo una frase de Primo Levi, el escritor italiano que sobrevivió a Auschwitz: hasta una grieta más acogedora, una rendija con más luz, van haciendo del rincón que nos toca en nuestra cárcel, algo parecido a un hogar”, remata el texto del profesional.

Las críticas a este modelo

Entonces, si no hay quejas de los residentes, ¿son buenos estos proyectos? Hay voces que dicen que no. La falta de planificación a la hora de su construcción ya es un tema que ha preocupado a las autoridades, como por ejemplo, al intendente Orrego.

El aumento abrupto en la densidad de población trae decenas de problemas prácticos a los vecinos de estas construcciones. Muchos han perdido la visual hacia el exterior, han perdido la luz solar, enfrentan desabastecimiento de locales comerciales que no dan abasto, y similar situación pasa en el colegio más cercano. El aumento del tráfico vehicular (sumado a los escasos estacionamientos que las inmobiliarias crean por edificio) generan problemas de congestión y de ocupación de otros espacios.

Situaciones complejas, más aún considerando que cuando se construyan los 75 edificios anunciados en Estación Central vivirán casi 250 mil personas en la comuna en los próximos dos o tres años.

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