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La paternidad y la huelga de los políticos

Pablo Ovalle | Agencia UNO
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Mi buen padre, fallecido a mitad de los sesenta, compartía su espíritu entre el modernismo empresarial en el que se ganaba la vida y una cierta nostalgia falangista que lo acercaba a los años atléticos de la universidad.

Apoyaba con sobriedad a Frei padre y dedicaba parte de su acidez a los rebeldes demócrata cristianos. Cuando su exasperación se liberaba de los deberes didácticos acudía al dicho, ya en esa época manido, “el país progresa cuando los políticos duermen”.

Recurría a ese tipo de clichés cuando sentía que debía entregarme un mensaje más allá de toda duda o cuando quería traspasarme su emoción personal y secretamente irracional sobre algunas cosas. En la primera categoría estaba su respuesta a mi pregunta sobre el marxismo; “Lee El Capital, no hay nada mejor que ir a las fuentes”.

Yo debo haber insistido porque recuerdo una ampliación de la respuesta; “es un manual de economía anticuado”. Esa era una de las vertientes pedagógicas para evitarme malos aprendizajes. Me desanimaba pero no me censuraba. La otra técnica consistía en darme cuerda y luego rebatir una a una mis buenas razones.

Yo podía elegir la carrera que quisiera, siempre que fuera economía. Si quería que aprendiera algo, me creaba el interés y luego me entregaba las herramientas para instruirme y ejercitarme. A menudo recurría a provocaciones intelectuales o competitivas. Sentencias cortas y juegos.

El hombre era un jugador racional. Iba al Casino y sorprendentemente ganaba porque, a pesar de su extensa investigación de las probabilidades y las martingalas, sabía que la clave subracional del juego de azar está en saber retirarse a tiempo.

Desconfiaba de los profesores. Los profesadores decía, enseñan saberes muertos y ni siquiera los hacen vivir en los alumnos. Sin embargo, llegado el momento, sus convicciones pedagógicas vacilaban y me cambiaba de curso para seguir al mejor profesor tradicional de matemáticas. Esas errancias existenciales le venían en momentos críticos.

Yo lo seguía a distancia y me costaba entender sus cambios. No supe si el abandono del laicismo en sus últimos meses de vida fue una búsqueda de consuelo, la toma de un seguro o, algo más que permaneció para siempre como un enigma para mi.

Sus mensajes sexuales -nunca fueron una charla- me impactaron severamente porque le suponía experiencia y estudios en la materia. Su biblioteca incluía libros de matemáticas, administración y teoría de probabilidades, las biografías de Stefan Zweig y Emil Ludwig, el Ulises de Joyce, mucha ciencia ficción, La Guerra y la Paz, Toynbee y una variedad de estudios arqueológicos, los manuales americanos de public relations de los años cincuenta y una serie de volúmenes prominentes e intimidantes sobre psicoanálisis, sexualidad y onanismo.

Nunca supe como convivían todas esas lecturas en su vida. Lo que más hacíamos juntos eran dolorosos juegos de ajedrez en los que justo antes del fin, proclamaba con la severidad de un profeta, “empiezan los azotes en casa de Caifás”.

Creí durante algunos años sus asertos sobre el marxismo y su explicación de los problemas cerebrales que producía la masturbación. Nunca lo tomé en serio sobre los beneficios de la siesta de los políticos.

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