En junio del 2016, Chile inició una innovadora política pública con el objetivo de combatir los índices de obesidad y se convirtió en el primer país del mundo en implementar un sistema de etiquetado de advertencia en alimentos.
A una década de la Ley de Etiquetado, el balance obliga a mirar dos realidades en paralelo, ya que existe una “victoria con trampas”, porque, si bien los productos han disminuido ingredientes como el azúcar, han incorporado edulcorantes artificiales.
Por otro lado, los índices de obesidad no han disminuido, sino lo contrario. El último Mapa Nutricional de la JUNAEB, publicado en 2025, revela que 5 de cada 10 estudiantes evaluados tienen sobrepeso u obesidad.
¿Qué cambió en 10 años con la ley de etiquetado de alimentos?
Por un lado, la ley de etiquetado generó cambios concretos en la industria alimentaria y en la visibilidad de la información nutricional. Por el otro, en el país, 7 de cada 10 adultos presentan malnutrición por exceso.
“La normativa tuvo buenas intenciones y logró avances importantes, aunque insuficientes”, señaló en un comunicado Claudia Rojas, académica de la Escuela de Nutrición y Dietética de la Universidad Andrés Bello.
Entre los logros que rescata está la reformulación de productos: todos los grupos de alimentos mostraron cambios en la declaración de nutrientes críticos, siendo el azúcar total el que experimentó la mayor reducción, cercana al 15%, con las bebidas azucaradas y los lácteos liderando esa caída.
“Ya estamos más familiarizados con conceptos como yogur sin azúcar añadida, que no tiene sacarosa pero sí lactosa natural”, explica, aunque advierte que esa familiaridad no siempre se traduce en comprensión real, especialmente entre personas diabéticas.
Una victoria con trampas
El problema concreto es que muchas reformulaciones reemplazaron el azúcar por edulcorantes no calóricos, lo que aumentó la exposición de niños y adolescentes a estos aditivos de forma frecuente y prolongada.
Según datos recientes, el consumo de edulcorantes no calóricos subió de 37% a 43% en la población, en sentido contrario a lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud, que apunta a reducir gradualmente el gusto por lo dulce.
Existe además un debate científico abierto sobre sus efectos a largo plazo. Rojas señala que algunos estudios sugieren que podrían mantener o reforzar la preferencia por sabores intensamente dulces y relacionarse indirectamente con sobrepeso y alteraciones metabólicas.
“Más que eliminar el problema, algunas reformulaciones lo trasladaron hacia nuevos desafíos”, afirma la académica.
Lo que la ley no resuelve aún
Uno de los diagnósticos de la nutricionista apunta a los límites estructurales de la norma. El etiquetado actúa sobre la decisión individual, pero no modifica el entorno que empuja hacia el consumo de alimentos poco saludables.
“La Encuesta Nacional de Actividad Física y Deporte 2024 muestra que apenas el 26,4% de los niños entre 5 y 17 años alcanza los niveles mínimos de actividad física recomendados por la OMS. En adultos, la cifra sube apenas al 44,9%.
A eso se suma que los menores cuentan en promedio con 1,9 dispositivos electrónicos y pasan cerca de 3 horas diarias frente a ellos”, subraya.
El contexto económico también opera como un factor invisible que la ley no puede regular. La inflación y el alza de precios tensionan las decisiones alimentarias de las familias chilenas, especialmente en los grupos socioeconómicos más vulnerables.
“A mayor nivel socioeconómico, mejores son los hábitos y la cultura alimentaria“, señala.
La obesidad y la ley de etiquetado
Chile registró un fuerte aumento en los índices de obesidad durante la última década, según datos difundidos por la FAO en 2025.
Mientras en 2016 el 25,1% de los adultos mayores de 15 años presentaba obesidad, para 2025 la cifra llegó al 34,4%, consolidando al país como el segundo con mayor tasa de obesidad entre los miembros de la OCDE, solo detrás de Estados Unidos.
El organismo atribuye este incremento a malos hábitos alimenticios, alto consumo de productos ultraprocesados y bajos niveles de actividad física. Además, advierte que el sobrepeso y la obesidad elevan el riesgo de enfermedades como diabetes, infartos y cáncer.
Lo que falta
Frente a la discusión en el Congreso sobre incorporar un nuevo rótulo para identificar los alimentos ultraprocesados, Rojas es directa. “Podría ser una medida útil para entregar más información, pero ya es evidencia que la información sola no es suficiente”, dice.
Su diagnóstico apunta a cambios más profundos:
Educación nutricional continua con nutricionistas en establecimientos educacionales Consejería en atención primaria de salud
Impuestos a los ultraprocesados
Subsidios estatales a frutas, verduras, pescado y mariscos
Fiscalización de quioscos escolares que no se diluya con el tiempo