Existe una cuestión a la que lastimosamente nos hemos estado acostumbrando. Antiguamente la discusión parlamentaria se ordenaba de forma tal que en los puntos de prensa se desplegaban cuñas exageradas y declaraciones. Si las luces, los flashes y los micrófonos evocaban una dimensión muchas veces superficial de nuestros congresistas, pero reservándose a ciertos espacios concretos, hoy esa área es cada vez mayor.

Esta dimensión se trasladó también a la discusión en sala, en la que oímos epítetos como los “humanoides” del diputado Romero y el famoso “parece que algunos se pegaron en la cabeza” de la exministra Siches. Lo nocivo no son solo las frases, sino la soltura con la cual las despachan.

Si todo esto nos parece poco o que roza la exageración, resulta que ni las comisiones están exentas de un debate de poca sustancia y expresiones de bajo calibre lanzadas al voleo. Cada día puede ser peor, como dijo una expresidenta.

La discusión de las comisiones legislativas está pensada para un examen minucioso de los proyectos de ley, con parlamentarios que dedican sus jornadas a temas más específicos y, que por sus trayectorias políticas, conocen más de cerca.

Sin embargo, basta prestar atención a las comisiones para notar que cada vez que su diputado o senador favorito pide la palabra, se despliegan asesores comunicacionales con la rapidez de un velocista jaimacano. Encienden sus micrófonos personales con formas de pelusa, cola de zorro o pinches de pelo y comienza un in crescendo cuidadosamente diseñado para verse firmes y duros con el adversario. Todo eso luego es comprimido y subido a redes en un reel. Afortunadamente no todos utilizan esta fórmula y algunos incluso reconocen los peligros de este submundo virtual.

La tensión que subyace en esta problemática es de doble naturaleza. Por un lado, la discusión parlamentaria ha perdido la calidad requerida para la formación de las leyes, las que luego deben corregirse con alguna ley corta o con interpretaciones de malabaristas en tribunales.

Por otro lado, instala una forma de proceder preocupante al contaminar la discusión con las tendencias, dinámicas y jergas propias de las redes sociales. Esto ya nos lo ha advertido Kyle Chayka en su libro Filterworld: How Algorithms Flattened Culture, mostrándonos cómo el algoritmo ha deteriorado tanto la cultura como nuestras relaciones interpersonales y sociales.

La intoxicación de las redes sociales desvirtúa las reglas propias de la política y desatiende su objetivo específico de este caso: legislar en pro del bien común. Por contraste, acentúa una práctica que no solo profundiza un proceso de individualización acelerado complejo de soslayar, sino que también releva la discusión parlamentaria a lo que ocurre en las redes.

Legislar pendiente de lo que ocurre en ellas, cuántos likes, visualizaciones, retweets y compartidos tenga mi publicación erosiona la capacidad de conectar realmente con los problemas de la ciudadanía. En consecuencia, nuestros congresistas están inmersos en un loop que los mantiene atados a ver las reacciones que logran provocar Instagram, Tiktok o X (Twitter). Una especie de paranoia digital con Michael Jackson cantando de fondo I always feel like somebody’s watching me. Urge corregir esta práctica y restablecer el sitial que por derecho, costumbre y propósito debe tener la discusión política. La ciudadanía espera mucho más de su Congreso.

José Luis Trevia
Asesor Legislativo – IdeaPaís

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