Le tenía respeto. Mucho respeto. Pero también una pasión difícil de explicar.

Cuando era niño, de unos siete años, dibujé la Sierra de Ramón más de alguna vez en las paredes de mi casa. También recibí varios retos de mis padres por estar mirando cerros en lugar de estudiar. Sin embargo, para mí aquella geografía imponente, esa misma que tantos extranjeros asocian inmediatamente con la Cordillera de los Andes al llegar a Santiago, siempre tuvo algo especial. Algo magnético.

El año pasado crucé la Sierra de Ramón en cuatro días, una experiencia inolvidable. Pero me faltaba algo. Quería llegar al Punta de Damas por su ruta más directa y clásica, sin conectar por la Sierra, el San Ramón o largas travesías. Quería conocerlo por sí mismo.

Con sus 3.149 metros sobre el nivel del mar, el Punta de Damas se levanta al fondo de la Quebrada del Ensueño, una ruta hermosa y segura que conecta con la Quebrada del Durazno. Son cerca de 24 kilómetros de recorrido total, apenas cuatro menos que un ascenso al San Ramón, pero con una personalidad completamente distinta.

Los primeros kilómetros son una invitación a contemplar. La vegetación es abundante, el verde domina el paisaje y los arbustos acompañan cada paso. Las quebradas que convergen en el sector parecen transportar al montañista a un entorno mágico, casi místico. Es uno de esos lugares donde el ruido de la ciudad desaparece y el alma encuentra espacio para respirar.

La mañana había comenzado fría, pero el viento se hizo sentir con fuerza al alcanzar el primer portezuelo. Desde allí comenzaba la aproximación directa hacia la montaña. El recorrido obliga a superar dos hitos fundamentales: el Morro de las Bayas, con 2.662 metros, y el Morro de los Azules, que alcanza los 3.013 metros.

Fue precisamente en ese sector donde apareció la nieve. Hermosa, silenciosa, cubriendo la cara sur del cerro. Al mirar hacia el norte, en cambio, emerge una pared abrupta y desafiante, de esas que recuerdan las grandes películas de montaña. Una muralla capaz de generar temor y admiración al mismo tiempo. Porque las montañas tienen esa dualidad: intimidan, pero también inspiran.

Mientras avanzaba, volvía una idea recurrente. Pese al esfuerzo, las horas de marcha y el cansancio acumulado, la montaña siempre cura. La cumbre es apenas la mitad del camino. Quizás por eso una de las frases más sabias del montañismo sigue tan vigente: “La montaña no quiso. La montaña perdona más de lo que mata”.

Más que una advertencia, es una invitación a la humildad. A entender que la naturaleza siempre es más grande que nosotros y que cada ascenso debe realizarse con respeto. También despierta ese séptimo sentido que muchos montañistas conocen, esa intuición difícil de describir que a veces empuja a seguir adelante. Es como si los espíritus de la naturaleza y del propio cerro hablaran en silencio a quienes saben escuchar.

Finalmente apareció el filo cumbrero. El viento golpeaba con fuerza. Frente a nosotros se levantaban las dos cumbres del Punta de Damas: la norte, la oficial, coronada por una cruz y una bandera chilena; y la sur, más solitaria y silenciosa.

Al avanzar entre rocas y sectores expuestos hacia la cumbre principal, quedó claro que este cerro es tan vertiginoso como fascinante. Un verdadero maestro de vida.

Porque al final, las montañas terminan pareciéndose mucho a nuestra propia existencia. Los obstáculos, las dificultades, las incertidumbres y los momentos de duda conviven con la belleza, la esperanza y la satisfacción de avanzar. Cada paso enseña algo. Cada esfuerzo tiene sentido.

Y cuando uno observa Santiago desde los 3.149 metros del Punta de Damas, entiende que las metas no se alcanzan solo con fuerza física. También se conquistan con paciencia, estrategia, perseverancia y determinación.

Quizás por eso, mientras iniciaba el largo descenso, recordé a ese niño que dibujaba la Sierra de Ramón en las paredes de su casa.

Sin saberlo, muchos años antes de subir este cerro, ya había comenzado a caminar hacia él.

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