Muchos chilenos en el exterior recibimos consternados la noticia que amenaza en estos días, en forma directa, a la cultura del país, por la simpleza de las palabras que devalúan su sello identitario.

Durante diecisiete años se supo más fuera de Chile sobre lo que ocurría en el país, que dentro de éste. La información salía en forma subrepticia: cartas, documentos orales, escritos, grabados, reportajes de periodistas extranjeros que habían tenido acceso a las fuentes, en fin. Inclusive Miguel Littin, cineasta nacional y exmiembro del Consejo Constitucional de Chile, non grato para la dictadura, ingresó de incógnito y pudo dar testimonio de esa realidad.

Pero los porfiados hechos se estrellaron, por tres décadas, con la incredulidad de quienes vivían la verdad oculta de la represión; la representante diplomática de Chile en México, de un gobierno reciente, vino a conocer la gravedad y lo ignominioso de los hechos después de cincuenta años, según su confesión pública.

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Digo esto, porque cuando la ideología se instala en el poder, se auto legitima y hace las concesiones a su amaño; y cuando la ideología se le opone, la condena. Napoleón tenía muy claro la peligrosidad de esta “arma”, por eso, la persiguió. En la actualidad, se goza otra vez, en lo formal, de la libertad de expresión. La dificultad para que ésta sea plena son los intereses creados que la intervienen, cuando no la sesgan u ocultan. ¿Cuántos medios de oposición y con qué alcance existen en esta larga franja de tierra?

Muchos chilenos en el exterior recibimos consternados la noticia que amenaza en estos días, en forma directa, a la cultura del país, por la simpleza de las palabras que devalúan su sello identitario. La cultura y la educación, la constitución política y las instituciones, como la ciencia y la historia, las artes en general, la literatura y la ética, la simbología patria y de las comunidades, sin olvidar las costumbres, la lengua nacional y las originarias, además de otros aspectos, dan identidad a Chile (la relación que éste tiene consigo mismo) y lo define antes las demás naciones.

¿Entonces, sin identidad tendría que asumir un pensamiento, un sentimiento y una voluntad colectiva prestados, según la tendencia globalizadora, en vez de un necesario intercambio y acuerdos internacionales de colaboración y coordinación equitativos, conservando su libertad y soberanía?

Según la esencia de lo que Claude Lévi-Strauss, el antropólogo franco-suizo, llamó “lo cocido”, para simbolizar la cultura, en oposición “lo crudo”, el estado no civilizado, la subestimación las actividades sociales no asociadas al rendimiento del trabajo (productivismo) retrotraería a la mayor parte del país a ese estado pre cultural, aunque sin alejarlo del consumo. Una vez más, la ideología está del lado del poder, porque hay sectores sociales que no dejarán de cocinar el sustento de su condición privilegiada.

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Ahora bien, ya se ha dicho que llevar las categorías de la cultura (el arte, la literatura, la ciencia teórica, la investigación empírica, la conservación de la memoria, la educación gratuita, etc.) al ámbito y la idea del productivismo es ignorancia, confusión política, una puntada que cae fuera de la prenda. Estamos de acuerdo.

Pero voy más allá de eso: ahogar o cercenar la cultura es un contrasentido que atenta contra la humanidad, según ha demostrado la historia y que –sabemos– ha motivado las grandes migraciones en todo el mundo. Las mega movilizaciones de la especie humana, en los tiempos remotos y en la actualidad, se han debido a la subsistencia y la intolerancia, entre otros determinantes. Un punto muy sensible y contradictorio, hoy, en el ámbito nacional y el contexto internacional.

Juan Eduardo Esquivel Larrondo
Poeta y gestor cultural chileno, residente en México.

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