Cómo el Kremlin transforma la memoria de la Segunda Guerra Mundial en una herramienta de legitimación de la guerra actual.

Hay palabras que no necesitan demasiada explicación para ser efectivas. No porque sean simples, sino porque activan algo inmediato: una emoción, una memoria, una certeza moral. “Desnazificación” es una de ellas. Al pronunciarla, no se convoca solo un concepto, sino todo un universo simbólico asociado a la Segunda Guerra Mundial, al sacrificio colectivo y a la derrota de un mal absoluto.

Ese es, precisamente, su punto de partida. Pero también su problema.

Porque si bien el término tiene un origen histórico concreto, las políticas impulsadas por los Aliados tras la caída del Tercer Reich, su uso actual ocurre en un contexto completamente distinto. Ya no se trata de un proceso identificable ni de un conjunto de medidas verificables. Se trata de algo más difuso, más amplio y, por eso mismo, más difícil de discutir.

En los últimos años, la “desnazificación” dejó de describir una realidad y empezó a ordenar cómo debe ser interpretada. Y cuando ese encuadre se instala desde el inicio, el conflicto deja de leerse como una disputa política entre Estados y pasa a presentarse como la continuidad de una lucha histórica. Ahí es donde el pasado empieza a operar sobre el presente.

Para entender por qué esta operación resulta tan eficaz, conviene mirar cómo se construyó la memoria de la Segunda Guerra Mundial en el espacio soviético y luego ruso. Durante décadas se consolidó un relato centrado en la llamada “Gran Guerra Patriótica”: una lucha existencial en la que la Unión Soviética enfrentó al nazismo y lo derrotó a un costo humano inmenso.

Ese relato, como plantea el historiador Serhii Plokhy en The Gates of Europe, se apoya en hechos reales, pero no es neutral. Como toda memoria construida, ordena el pasado: pone algunas cosas en primer plano y deja otras más difusas. No es solo lo que cuenta, sino también cómo lo cuenta.

Uno de esos episodios es el pacto firmado en 1939 entre la Alemania nazi y la Unión Soviética. Un acuerdo que no solo garantizaba la no agresión, sino que incluía protocolos secretos para la división de Europa del Este. La invasión conjunta de Polonia fue su consecuencia inmediata. No es un detalle menor, pero tampoco encaja del todo en una narrativa de oposición absoluta desde el inicio.

La ruptura de ese pacto en 1941, cuando Alemania invade territorio soviético, cambia completamente la historia… o, mejor dicho, cómo se la cuenta. Desde ahí, la guerra pasa a leerse como una defensa total. Lo anterior no desaparece, pero pierde peso.

Y eso deja una idea bastante clara: lo que se recuerda y lo que se deja de lado nunca es casual.

Esa misma lógica se proyecta en la forma en que se conmemora la victoria. El 9 de mayo, consolidado como fecha central a partir de la década de 1960, dejó de ser solo una conmemoración para convertirse en un eje identitario. A través de desfiles, símbolos y rituales, la victoria sobre el nazismo se transforma en un recurso político que conecta pasado y presente.

En ese marco, la reaparición de ese lenguaje en el discurso actual no es un accidente. Es una continuidad. Cuando se define a un adversario como “nazi”, no se está haciendo un análisis ideológico preciso. Se está activando una categoría moral absoluta. Y eso tiene un efecto inmediato: reduce la complejidad, elimina los matices y desplaza la discusión.

El historiador Timothy Snyder ha trabajado este punto con particular claridad en The Road to Unfreedom y en sus análisis recientes sobre la guerra en Ucrania. Su planteo es incómodo, pero revelador: en el discurso ruso contemporáneo, “nazi” ya no describe una ideología. Describe una posición.

Es decir, no señala lo que alguien es, sino su relación con Rusia. En ese esquema, “nazi” puede ser, simplemente, quien no acepta una determinada forma de subordinación política o cultural. La etiqueta deja de identificar una ideología y pasa a marcar una desobediencia.

A partir de ahí, el razonamiento se vuelve circular, pero no por eso menos potente. Si Rusia se presenta como un actor que combate el nazismo, entonces quienes se oponen a sus acciones pueden ser ubicados dentro de ese mismo marco. No hace falta demostrar demasiado. El encuadre ya está dado.

Snyder describe esto también como una inversión: un discurso que se presenta como antifascista mientras reproduce lógicas propias de sistemas autoritarios. En ese esquema, la acusación de nazismo no busca explicar al adversario, sino deslegitimarlo de entrada. Y eso cambia completamente el tipo de debate posible.

Este mecanismo se vuelve especialmente visible en el caso de Ucrania. La idea de un “Estado nazi” convive con elementos que la contradicen de manera evidente, desde su sistema político hasta la identidad de su liderazgo. Sin embargo, esas inconsistencias no desarman la narrativa.

Ahí es donde las ideas de Plokhy ayudan a completar el cuadro. Si desde la visión rusa Ucrania se sigue percibiendo como parte de un mismo espacio, entonces su independencia no termina de leerse como algo natural. Se la ve como una ruptura, incluso como una provocación.

Y en ese marco ya no hay espacio para discutir: se la etiqueta. A veces como extremismo. O, directamente, como nazismo.

Esto no implica negar la existencia de grupos o trayectorias diversas dentro de las fuerzas que participan del conflicto. El Batallón Azov, por ejemplo, surgió en un contexto de guerra como una unidad de voluntarios que luego fue integrada a la estructura estatal ucraniana. Su evolución, sus símbolos y sus integrantes han sido objeto de debate, pero reducirlo a una caricatura ideológica no alcanza para explicar su rol real en el terreno.

Algo distinto ocurre con estructuras como el Grupo Wagner, que operan con mayor grado de autonomía, han sido vinculadas a crímenes documentados en distintos escenarios y han incorporado combatientes reclutados incluso del sistema penitenciario ruso. No son fenómenos equivalentes, ni en origen ni en funcionamiento.

Pero ese es, en todo caso, otro plano de análisis.

El punto acá es otro: cómo ciertos elementos se seleccionan, se exageran o se omiten para construir una narrativa que simplifica el conflicto y condiciona su interpretación.

En ese punto, la “desnazificación” deja de ser una referencia histórica concreta y pasa a funcionar de otra manera. Ya no busca explicar lo que está pasando, sino ordenar cómo se lo interpreta.

Bajo ese marco, una invasión puede presentarse como una misión histórica. Y una decisión política, como una obligación moral.

El efecto es doble. Hacia adentro, refuerza cohesión y legitimidad. Hacia afuera, simplifica y polariza el debate, haciendo más difícil una lectura con matices.

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Pero hay algo más de fondo. Cuando términos como “nazismo” empiezan a usarse para todo, dejan de servir para describir con precisión. Pierden claridad, pero ganan impacto.

Y en ese proceso, el lenguaje deja de ayudar a entender la realidad y empieza a decirnos cómo verla.

La eficacia de este tipo de construcciones no depende de su exactitud, sino de su capacidad de resonar en una memoria ya existente. La “desnazificación” no crea esa memoria; la reutiliza.

Se apoya en una experiencia histórica real, pero la reconfigura para darle un nuevo sentido en el presente.

Entender este mecanismo no implica relativizar la historia. Implica, por el contrario, tomarla en serio. Reconocer que las palabras no solo describen: también ordenan, delimitan y, en algunos casos, justifican.

Porque cuando una categoría con tanto peso histórico se vuelve tan flexible, el problema deja de ser semántico. Pasa a ser político.

Alejandro Pundyk
Lic. en Administración, Universidad de Buenos Aires.
Descendiente de ucranianos.
Activista por Ucrania y traductor al español del libro Ecos de guerra.

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