La nueva carrera espacial está desatada y al igual que a fines de los 60, poco tiene que ver con ciencia. Ya no se trata de llegar, sino de instalarse y lograr el control de territorio y recursos que serán determinantes para el futuro de la humanidad.
Artemis II ya sobrevuela la Luna y Estados Unidos intenta revivir con el método Hollywood los triunfos que sirvieron para consagrar a la potencia indiscutible de esta era. Al otro lado del planeta China observa como espectador. Pero el gigante asiático ha demostrado que siempre tiene algo que decir, por lo que sus pretensiones de llegar a nuestro satélite natural para 2030 deberían tomarse como algo serio.
Pese a los tropiezos previos del proyecto, lo cierto es que el cohete estadounidense salió de la atmósfera con éxito y durante estos días nos ha entregado imágenes emocionantes del espacio. Pero como todos sabemos, Estados Unidos pocas veces apura el tranco sin que la meta otorgue utilidades o, más importante, poder.
Si hablamos de recursos exportables a nuestro globo, el potencial de la Luna es discutible y por el momento más ficción que realidad. Lo que sí se puede asegurar, es que tiene características ideales para establecerse como el puerto espacial del futuro. Y ahí está la clave, en esta nueva carrera extraterrestre ya no basta con dar un pequeño paso para el hombre, sino que el premio está en poder llegar y quedarse.
¿Pero cómo podemos instalarnos en un territorio tan diferente a nuestro planeta? La Luna cuenta con potenciales recursos hídricos sólidos que serían vitales para la permanencia de humanos por un periodo prolongado. De ser así, los polos lunares se transformarán en los espacios más codiciados, porque además del consumo humano, el agua permitiría potencialmente producir oxígeno e hidrógeno. Además, el oxígeno también podría ser extraído de minerales, aumentando las opciones de independencia.
Por otra parte, se estima que el regolito lunar contiene materiales y óxidos ricos en elementos como hierro, aluminio y titanio, que podrían ser útiles para construir infraestructura, a lo que se suma la potencial extracción de silicio, elemento útil para el desarrollo de paneles solares. Todo esto, sin considerar una variedad de recursos que aún no son conocidos por nosotros los terrícolas de a pie.
Pero la guinda de la torta cósmica es otra: Helio 3. Sin duda este es uno de los recursos de mayor valor potencial porque podría permitir el desarrollo de combustible para fusión nuclear, y -por lo tanto- soñar con fronteras aún más lejanas. Pero tiene un problema, por ahora, su explotación sigue siendo mucho más una promesa de largo plazo que algo real.
Para todo esto, ya existen diversas empresas privadas que están apostando por dedicarse al rubro de los recursos espaciales y su logística. Algunas de ellas son Interlune, Ispace y Astrolab. También es de esperarse que SpaceX de Elon Musk busque ampliar su giro en caso que se configure un escenario positivo.
Si todo sale bien, y se desarrollan las tecnologías necesarias, la Luna podría convertirse en una plataforma para futuras exploraciones más profundas hacia asteroides e incluso Marte, planeta que, a diferencia de nuestro satélite, podría contar con mejores características para albergar una nueva generación humana.
¿Qué dicen los dueños de la Luna?
En abril de 2025 la Cámara Minera y la Asociación de Proveedores Industriales de la Minería firmaron un acuerdo de colaboración con el objetivo de impulsar el desarrollo de tecnologías y la investigación asociada a la potencial industria espacial. Y si bien es ambicioso, lo cierto es que Chile tiene cosas para aportar en este campo.
La clave está en la experiencia. Como potencia minera (en la Tierra), Chile ha tenido que lidiar con diferentes dificultades que podrían presentarse en la faena espacial. Obviamente la minería fuera del planeta no se llevará a cabo de la forma tradicional, sino que es de esperarse que se desarrolle bajo mecanismos automatizados o de control remoto. Y de eso Chile sabe.
En las minas chilenas es posible ver, hace ya un tiempo, maquinaria autónoma e incluso controlada a distancia en centros de operaciones que utilizan IA, analítica avanzada y digital twins, réplicas virtuales de operaciones que son esenciales para testear escenarios y medir impactos antes de realizar cambios en el mundo real.
A esto se suma la experiencia de profesionales chilenos para lograr resultados en condiciones extremas como la altura, aislamiento y grandes distancias logísticas. Además de poseer un escenario ideal para el testeo de posibles incursiones: el desierto de Atacama. Zona que cuenta con aridez extrema, radiación solar intensa y polvo abrasivo que podría servir para simular condiciones de trabajo en el cosmos y que Chile ya conoce. A lo que se añaden, por supuesto, las características especiales del territorio para observar el espacio.
Pero la minería no es nada sin energía y en eso también nos manejamos. A la fecha, cerca del 70% de la electricidad en Chile se obtiene vía renovables, considerando una fuerte presencia de producción solar, mecanismo que seguramente será una alternativa para sustentar una potencial base lunar. Además, contamos con cobre y litio, minerales esenciales para el desarrollo de las tecnologías que pueden hacer este sueño posible.
Pensar que Chile será una potencia minera espacial lo dejaremos para textos de ficción, sin embargo, existen diversos espacios en la cadena en los que podemos influir y, obviamente, obtener beneficios. Es de esperarse, por lo tanto, que las instituciones pertinentes se tomen esta nueva carrera espacial como algo serio y comencemos a preparar chilenos y chilenas que puedan trabajar para la minería galáctica.
Mientras Estados Unidos y China dejarán la vida por llegar en primer lugar, habrá muchos países que solo actuarán como espectadores. Por nuestra parte, podemos turnar entre dos camisetas y tratar de aportar en cadenas de suministros, desarrollo tecnológico, capital humano y experiencia.
En 1953 el chileno Jenaro Gajardo inscribió a su nombre la Luna y al morir en 1998, la entregó como herencia al pueblo de Chile. No podemos quedar fuera de una fiesta, en nuestra propia casa.
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