En un contexto donde la política suele estar marcada por la polarización, este tipo de acuerdos entonces adquiere un valor particular.

Hace unos días atrás ha sido enviado al presidente Kast, el proyecto aprobado por el Congreso que autoriza la construcción de un monumento en homenaje al expresidente Sebastián Piñera, que será emplazado en la Plaza de Armas de Santiago. Más allá de cualquier legítima diferencia política, esta iniciativa fue entendida como una tradición republicana que reconoce a quienes han ejercido la más alta magistratura del país.

La aprobación en la Cámara de Diputadas y Diputados fue contundente: 112 votos a favor, 22 en contra y 9 abstenciones. Se trata de una mayoría amplia y transversal, que incluyó no solo a parlamentarios de derecha, sino también a sectores de centro e incluso a algunos representantes de centroizquierda. Este dato da cuenta de que el proyecto fue entendido por muchos, no como una reivindicación partidista, sino como un gesto institucional.

En el Senado, la iniciativa ya había sido respaldada previamente y luego en su paso final, alcanzó también una aprobación mayoritaria que permitió su despacho como ley. Así, el proyecto no solo superó los trámites legislativos, sino que lo hizo con niveles de apoyo que reflejan un cierto consenso político en torno a la figura de Piñera en su calidad de expresidente.

Los argumentos de quienes promovimos y apoyamos el monumento fueron precisamente en esa dirección. Aquí no se hizo una evaluación cerrada de su legado, sino que se buscó reconocer el rol institucional que desempeñó. Tal como lo señalaron varios parlamentarios durante el debate, con este reconocimiento se está valorando a un jefe de Estado que “estuvo a la altura cuando el país lo necesitó” y que asumió la conducción en momentos particularmente complejos.

Todos los chilenos fuimos testigos de que la trayectoria del expresidente incluye hitos que marcaron al país. Desde la reconstrucción tras el terremoto de 2010 hasta la gestión de la pandemia del COVID-19, su paso por La Moneda estuvo marcado por crisis que exigieron decisiones difíciles. Para quienes apoyamos la aprobación de este monumento, ese historial justifica un reconocimiento que trascienda coyunturas y se proyecte en el tiempo.

Es importante también señalar que otro de los puntos relevantes en la discusión, fue el carácter republicano del homenaje. Chile tiene una larga tradición de monumentos a sus expresidentes en el entorno del centro cívico, como una forma de dar continuidad simbólica a la historia institucional del país. En ese sentido, la iniciativa no introduce una excepción, sino que más bien forma parte de una práctica ya consolidada.

Entendemos que la aprobación no estuvo exenta de debate; parlamentarios de izquierda manifestaron su rechazo, principalmente por la evaluación crítica que hacen del segundo gobierno de Piñera, en relación con el estallido social de 2019. Sin embargo, incluso entre quienes apoyaron el proyecto, sin identificarse políticamente con el exmandatario, surgió un argumento clave: la necesidad de separar la contingencia del reconocimiento institucional.

Esa distinción parece haber sido determinante para alcanzar la amplia mayoría observada en la votación. Compartimos plenamente lo señalado por algunos parlamentarios, de que los gestos republicanos se construyen precisamente cuando se es capaz de reconocer al adversario político en su rol institucional; en un homenaje que no implica adhesión a un proyecto político específico, sino respeto por la investidura presidencial y por la historia democrática del país. En un contexto donde la política suele estar marcada por la polarización, este tipo de acuerdos entonces adquiere un valor particular.

El monumento a Sebastián Piñera, entonces, no solo conmemora a una persona, sino que también reafirma la idea de continuidad institucional. Con este acuerdo ampliamente respaldado, no estamos cerrando el debate sobre su legado, que entendemos seguirá siendo objeto de interpretaciones diversas, pero la aprobación del proyecto abre una reflexión sobre cómo Chile honra a sus líderes y cómo equilibra memoria, historia y convivencia democrática; porque si algo quedó claro en el Congreso, es que, al menos en este caso, primó la lógica republicana por sobre la disputa contingente.