La ley estableció que los requisitos para estudiar pedagogía seguirán aumentando progresivamente, lo que impactará de manera directa en los puntajes de corte en los años venideros: 2027, 2028 y más allá.

De acuerdo con las cifras entregadas por el DEMRE, las nuevas exigencias de ingreso a las carreras de pedagogía se tradujeron en 17,5%. Esto significa, en términos simples y realmente preocupantes para nuestro país, que habrá 2300 profesores menos que podrían haber egresado para enseñar en alguna de las áreas del conocimiento que, desde pre-kínder hasta cuarto medio, necesitamos para educar a nuestras hijas e hijos.

La evidencia internacional es clara: los primeros años de la educación son determinantes, y existe un amplio consenso científico en que la calidad del acompañamiento en esos primeros pasos condiciona las trayectorias educativas futuras. ¿Cómo podemos poner en riesgo el destino de las próximas generaciones de chilenas y chilenos simplemente subiendo algunos puntos de corte, sin medir las consecuencias? Hoy fueron 2300 menos. ¿Qué viene después?

Aunque las autoridades han reconocido, de manera tardía, lo que ya habíamos advertido mediante cartas al director, columnas y otras instancias públicas, la disminución en las matrículas de pedagogía es hoy una realidad concreta que duele. Y si no duele ahora, dolerá más adelante, cuando el sistema educativo enfrente una escasez aún más profunda e irreparable.

La ley estableció que los requisitos para estudiar pedagogía seguirán aumentando progresivamente, lo que impactará de manera directa en los puntajes de corte en los años venideros: 2027, 2028 y más allá.

Entre las carreras más afectadas se encuentran aquellas vinculadas a la educación de la primera infancia, una situación particularmente alarmante. Las personas a quienes confiamos los primeros aprendizajes, el desarrollo emocional y el vínculo inicial con la escuela comienzan a escasear. Sí: en prekínder y kínder habrá menos educadoras y educadores.

Esta escasez docente podría abrir la puerta a soluciones tecnocráticas mal diseñadas, en las que la inteligencia artificial se utilice como sustituto y no como apoyo. Ya aparecen algunas ideas de creación de clases asistidas por inteligencia artificial que activan las alarmas. Es importante decirlo con claridad: el profesorado es irremplazable. Todas y todos recordamos a una profesora o un profesor que nos inspiró, que creyó en nosotros, que nos sostuvo en un momento clave. ¿Cómo podría una IA hacer eso por sí sola?

Resulta, sin duda, atractivo explorar cómo la inteligencia artificial puede apoyar procesos educativos. Sin embargo, debemos ser cuidadosos: el juego podría terminar desplazando a personas con vocación pedagógica, transformando una herramienta en un reemplazo indebido. Conviene analizar con seriedad los riesgos concretos que conlleva la automatización en la labor docente: la pérdida de funciones pedagógicas, el posible desplazamiento laboral y, sobre todo, la urgencia de proteger el rol docente en las políticas educativas frente a la automatización.

La IA no puede establecer vínculos afectivos auténticos con los educandos, ni sostener trayectorias educativas, ni leer contextos emocionales. Tampoco puede sustituir algo tan valioso como la vocación pedagógica.

Ya lo he señalado en otras columnas: subir puntajes no garantiza mejores profesores. Si realmente queremos fortalecer la educación en Chile, el camino pasa por políticas más integrales: mejorar los salarios, dignificar la profesión docente, fortalecer las trayectorias formativas y apoyar decididamente la formación inicial. Especialmente, asegurando que quienes forman al profesorado del país sean las y los mejores, porque en sus manos está literalmente el futuro de Chile.

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