El fútbol enfrenta así una de sus preguntas más difíciles e irresolubles: ¿hasta dónde puede sostenerse la idea de que el deporte y la política son mundos separados?

El 11 de marzo, el ministro de Deportes de Irán declaró que la selección iraní no estará en el Mundial 2026. No por una derrota en la cancha ni por una sanción disciplinaria, sino por algo que el fútbol siempre ha intentado mantener fuera de su mundo: la política internacional.

El conflicto en Medio Oriente, que en las últimas semanas escaló de manera dramática, terminó alcanzando también al deporte más popular del planeta. La Confederación Asiática respondió días después afirmando que, hasta donde saben, Irán jugará. El drama, por ahora, sigue abierto.

La gran víctima, como casi siempre ocurre en estas situaciones, son los jugadores. Los futbolistas iraníes se prepararon durante cuatro años para este momento. Entrenaron, clasificaron con mérito deportivo propio y soñaron con jugar un Mundial de fútbol. Ninguno de ellos tomó una decisión política. Ninguno eligió el conflicto. Y, sin embargo, son ellos quienes cargan con la consecuencia más cruel.

El fútbol enfrenta así una de sus preguntas más difíciles e irresolubles: ¿hasta dónde puede sostenerse la idea de que el deporte y la política son mundos separados?

La historia ha demostrado repetidamente que no lo son, y que cuando colisionan, los deportistas terminan pagando el costo más alto. Pasó con los deportistas estadounidenses en Moscú 1980 y con los atletas soviéticos en Los Ángeles 1984. En ambos casos, las víctimas reales fueron los deportistas, ajenos a las decisiones de sus gobiernos.

Lo que sí puede y debe hacer el fútbol es establecer protocolos claros para estos escenarios. Porque esta no será la última vez que la geopolítica amenace una clasificación mundialista. Cuando un equipo se ve imposibilitado de participar por razones ajenas a lo deportivo, el proceso de reemplazo debería ser transparente, rápido y basado en el mérito clasificatorio, no en la discreción de un organismo que decide caso a caso.

En lo estrictamente deportivo, si la renuncia se confirmara, la cadena de consecuencias también recaería sobre el proceso clasificatorio.

El reglamento de la FIFA otorga discreción al organismo para definir al reemplazante. Entre las alternativas que suelen considerarse en estos casos está recurrir a las selecciones mejor posicionadas entre las que quedaron en la última instancia de clasificación o en el repechaje intercontinental. Cualquier decisión debería, en lo posible, respetar el mérito deportivo acumulado durante el proceso clasificatorio.

El Mundial 2026 podría comenzar con una silla vacía que nadie quería dejar libre. Esa silla recuerda que el fútbol, por mucho que lo intente, no existe en una burbuja ajena al mundo. Y que cuando el mundo entra en conflicto, ni siquiera el fútbol logra permanecer completamente al margen.

Javier Gasman
Abogado
Experto en Derecho Deportivo

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