En el trabajo, en la cultura y en la vida cotidiana, muchas mujeres aprendieron a sostener sin escenario, sin garantías y sin permiso. No por heroísmo, sino porque si no lo hacían, nada avanzaba.
En el mundo laboral, a muchas mujeres no se les pide solo que hagan bien su trabajo. Se espera que sostengan, que contengan y que sigan empujando, incluso cuando el cansancio no proviene de una tarea puntual, sino de la acumulación constante de exigencias.
Estar disponibles, responder rápido, resolver lo que otros no resuelven y mantener el funcionamiento general aun cuando las condiciones son adversas. Rendimiento constante, cuidado permanente; eficiencia sin incomodar; compromiso sin pausa visible. Todo esto, muchas veces, en espacios que nunca fueron pensados para alojarlas, pero que hoy dependen profundamente de su presencia.
Estos territorios —históricamente reconocidos como mundos de hombres— funcionan bajo una lógica que premia la competencia, la dureza y la autosuficiencia. El poder suele asociarse a quien avanza sin dudar, a quien ocupa el centro, a quien parece no necesitar a nadie.
Lo que rara vez se nombra es que gran parte de ese avance descansa sobre un trabajo silencioso y persistente: alguien ordena lo que otros desordenan, alguien contiene cuando el clima se vuelve irrespirable, alguien sigue empujando cuando el sistema amenaza con caerse.
Ese trabajo, históricamente feminizado, no suele traducirse en poder ni prestigio, aunque resulte indispensable para que todo siga funcionando.
Durante mucho tiempo, la sociedad avanzó sostenida por una premisa silenciosa: que las mujeres pueden con todo. No como una elección consciente, sino como una expectativa estructural. Como si su capacidad de respuesta fuera infinita y su cansancio apenas un efecto secundario, algo que no ameritara detener la marcha.
Lo que duele de esa verdad no es su crudeza, sino su familiaridad. Porque habla de mujeres que sostienen sin relevo, sin pausa y sin reconocimiento; de esfuerzos tan constantes que dejan de verse y tan eficaces que terminan volviéndose obligación.
Cuando eso se nombra —aunque sea de manera indirecta— no genera alivio ni celebración. Abre, más bien, una pregunta incómoda: ¿cuántas veces el progreso se ha apoyado en mujeres que aprendieron a no caerse para que todo lo demás siguiera en pie?
Esta forma de sostener no aparece solo en lo laboral. Se filtra en la cultura, en los oficios, en los espacios comunitarios, en los proyectos que sobreviven gracias a mujeres que no sueltan el ritmo. No porque no se cansen de lo que aman, sino porque saben —a veces demasiado bien— que si ellas se detienen, algo se pierde. No se trata de épica ni de romanticismo: se trata de continuidad.
La historia de Paulina
Hay historias que encarnan esto con especial claridad. Trayectorias construidas desde la calle, desde la insistencia, desde la porfía de permanecer en lugares donde no estaba previsto que una mujer se quedara.
Oficios tradicionalmente masculinos, donde el aprendizaje no se certifica con títulos, sino con tiempo, presencia y resistencia. Donde la pertenencia no se declara: se prueba, se sostiene, se defiende. La historia de Paulina Cepeda Hernández, chinchinera y música, es una de ellas.
Su recorrido no se explica en un currículum, porque no responde a una lógica lineal de carrera. En su vida, la música no aparece como un “proyecto”, sino como un territorio que la acompaña desde siempre: una casa donde se cantaba, donde la música se respiraba, donde los recuerdos tienen ritmo. Antes de ser escenario, fue vínculo. Antes de ser oficio, fue una forma de estar con otros.
El giro ocurre en 2006, cuando esa experiencia colectiva se transforma en algo que busca permanecer: una escuela carnavalera donde los niños dejan de ser invitados simbólicos y pasan a ocupar un lugar real.
Paulina se involucra en todo: repertorio, vestuario, coordinación, procesos largos. No desde el liderazgo visible, sino desde el compromiso consciente y sostenido. El amor por lo que se hace empieza a convivir con otras demandas que no se suspenden: trabajo, crianza, organización, vida doméstica.
Cuando entra de lleno al mundo chinchinero, aparece un oficio con códigos duros y jerarquías cerradas. No basta con aprender el instrumento: hay que aprender a moverse en un espacio donde la legitimidad no siempre se concede fácilmente a una mujer. No se trata solo del esfuerzo artístico, sino de sostener la presencia sin dejar caer todo lo demás que también se espera de ella.
El chinchín no es lo que agota. El desgaste no viene del oficio amado, sino de la exigencia de rendir en todos los frentes al mismo tiempo. Crear, trabajar, maternar, organizar, contener, seguir disponibles. Amar lo que se hace no cansa; cansa tener que sostenerlo todo sin margen para fallar.
En paralelo —como una línea que nunca se corta— está su trabajo en música infantil. Componer, grabar, armar banda, insistir. Mi Plan Favorito nace desde la vida cotidiana, inspirada en su hija, y se transforma con los años en un proyecto sólido: discos, escenarios, formatos diversos, cambios de músicos, obra de teatro.
Lo interesante es que, aunque cambien las formas, el pulso se mantiene. El bombo y el organillo laten debajo de todo, como un corazón persistente. No hay dos carreras separadas, sino una sola historia expresándose de distintas maneras.
Hoy, ese recorrido entra en una nueva etapa. A fines de enero, Paulina lanza un nuevo disco que marca un punto de madurez: más consciente, más atravesado por el mundo que les estamos dejando a las infancias.
No se queda en la nostalgia ni en la consigna. Nombra la depresión infantil, la desesperanza, esa sensación de “para qué”, y propone algo que hoy resulta radical por simple: cultivar esperanza como acción concreta, como práctica cotidiana, como gesto individual que puede volverse colectivo. No desde la épica de los grandes acuerdos, sino desde los pequeños espacios donde la vida se regenera si alguien decide hacerse cargo.
Ese trabajo no lo hace sola. El disco incluye colaboraciones de artistas nacionales como Gepe y Daniel Muñoz, entre otros invitados, en una cueca larga que funciona como tejido colectivo. Como si el proyecto dijera, sin necesidad de explicarlo, algo esencial: esto no se sostiene en solitario.
Porque, al final, eso es lo que atraviesa toda su historia: la insistencia de alguien que aprendió un oficio donde no había lugar para ella, que lo sostuvo, que lo transformó sin traicionarlo y que hoy busca que esa misma fuerza no se pierda.
Sostener el ritmo
Sostener el ritmo, entonces, deja de ser solo una acción individual y se vuelve una forma de herencia. Muchas mujeres aprendieron a hacerlo mirando a otras mujeres que tampoco se detuvieron. Lo aprendieron sin palabras, sin manual, sin reconocimiento.
Y quizás por eso hoy, cuando el cuerpo empieza a pasar la cuenta, aparece la necesidad de decirlo en voz alta: sostener no debería ser destino. Y permanecer no debería costar la vida entera.
Porque si el mundo sigue avanzando, no puede hacerlo siempre al mismo ritmo ni apoyándose sobre las mismas espaldas. Algún día, sostener tendrá que ser una tarea compartida.
Mientras tanto, Paulina Cepeda Hernández —y tantas otras mujeres— siguen sosteniendo el ritmo, haciendo que algo no se caiga, haciendo que algo siga sonando, incluso cuando nadie se detiene a escuchar.
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