Las recientes tensiones políticas y militares entre Estados Unidos e Irán han revelado que el régimen de los ayatolás, pese a estar debilitado por la guerra, no piensa renunciar a su estrategia de largo plazo, que busca expandir su influencia regional, imponer la revolución islámica, desestabilizar a sus vecinos y desafiar el orden internacional.

Sabemos que los elementos fundamentales de esta estrategia son el desarrollo de su programa nuclear con fines militares y el fortalecimiento de las organizaciones armadas que operan en distintos puntos de Medio Oriente bajo sus órdenes.

En efecto, Irán es el principal patrocinador del terrorismo en el mundo. Desde el Líbano hasta Yemen, pasando por Siria, Irak y Gaza, el régimen de los ayatolás ha invertido miles de millones de dólares en la creación, financiamiento y armamento de grupos que utilizan la violencia como herramienta política. Estas organizaciones no solo amenazan a Israel, sino que también socavan la estabilidad de los propios países donde operan y perjudican a sus poblaciones.

Pero aún más grave es la obcecación del régimen con el desarrollo de un programa nuclear claramente orientado a la obtención de una bomba atómica. Al respecto, cabe destacar que Israel nunca permitirá que Irán adquiera armas nucleares, no por una postura ideológica, sino por una necesidad existencial, considerando que los propios líderes iraníes han llamado reiteradamente a la destrucción de Israel.

Frente a este desafío de seguridad, Israel ha sido claro y consistente durante décadas, primero accionando contra los proxys de Irán que nos atacan desde distintos puntos de Medio Oriente, y segundo tomando acciones diplomáticas y militares para frenar el programa nuclear de Irán.

Esta doctrina de defensa proactiva se basa en nuestra experiencia histórica, que nos ha enseñado que esperar a que una amenaza se materialice puede tener consecuencias devastadoras. Ningún país responsable permitiría que fuerzas hostiles acumulen armamento avanzado en sus fronteras mientras a la vez prometen públicamente borrarte del mapa. En consecuencia, cuando Israel actúa para neutralizar amenazas emergentes, lo hace con el objetivo de prevenir conflictos mayores y proteger la vida de sus ciudadanos.

Esta estrategia explica también la existencia de zonas de seguridad avanzadas en determinados sectores cercanos a nuestras fronteras con Siria y el Líbano. Estas medidas no responden a ambiciones territoriales, sino que son mecanismos defensivos, temporales y estrictamente vinculados a la necesidad de impedir que organizaciones terroristas establezcan posiciones desde las cuales puedan atacar comunidades israelíes.

En esa línea, cabe aclarar y destacar que Israel no está en guerra con el Líbano, sino con Hezbolá, una organización terrorista respaldada, financiada y dirigida en gran medida por Irán, que no solo amenaza a Israel, sino que también ha secuestrado el futuro del propio pueblo libanés.

De hecho, uno de los dramas menos discutidos de Medio Oriente es la erosión de la soberanía libanesa. En efecto, a través de Hezbolá, Irán ejerce una influencia decisiva sobre decisiones estratégicas que deberían corresponder exclusivamente al Estado libanés. El resultado es que millones de ciudadanos del Líbano se ven arrastrados a conflictos que no eligieron, mientras su país enfrenta una profunda crisis económica, institucional y social.

Mirado desde Chile, donde no existe ninguna amenaza fronteriza similar, a veces cuesta dimensionar la situación. Pero lo cierto es que Israel actúa como lo haría cualquier Estado soberano que se ve sometido a ataques constantes contra sus comunidades fronterizas, el desplazamiento forzado de decenas de miles de ciudadanos y la amenaza permanente de arsenales apuntando a sus ciudades.

Al mismo tiempo, estamos plenamente conscientes del costo humano de los conflictos armados. Por ello, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) han desarrollado procedimientos destinados a minimizar las bajas civiles en un entorno particularmente complejo, donde grupos terroristas operan deliberadamente desde áreas densamente pobladas, utilizan infraestructura civil con fines militares y buscan convertir a los propios civiles en escudos humanos.

La paz y la estabilidad en Medio Oriente no dependen únicamente de acuerdos diplomáticos o de ceses al fuego temporales. Requieren abordar la raíz del problema, que no es otra que la utilización sistemática de organizaciones armadas por parte del régimen iraní para proyectar poder, exportar violencia y debilitar a los Estados de la región, como quedó demostrado las últimas semanas con los ataques de Irán a varios países árabes de la región.

La seguridad de Israel, la estabilidad del Líbano y la paz regional están más conectadas de lo que muchos creen, y defenderlas exige claridad moral y responsabilidad política. Un cese al fuego siempre será positivo, pero probablemente no extinguirá las amenazas.