Más que un problema de disciplina, pareciera reflejar una desconexión entre las expectativas de los estudiantes y las formas en que enseñamos.
Durante años, las universidades concentraron gran parte de sus esfuerzos en ampliar el acceso a la educación superior. Hoy enfrentan un desafío diferente: conseguir que quienes ingresan a ellas participen activamente de la experiencia universitaria.
Un estudio reciente de la Universidad Autónoma de Barcelona advierte sobre un fenómeno que ya no puede considerarse anecdótico: el absentismo estudiantil se ha transformado en una realidad cada vez más frecuente. La investigación detectó niveles de inasistencia cercanos al 42% y concluyó que este comportamiento responde a múltiples factores.
Aunque el estudio se realizó en España, sus conclusiones resultan familiares para las universidades chilenas. La pandemia aceleró cambios que ya estaban en marcha: el acceso permanente a contenidos digitales, el aprendizaje en línea y el uso masivo de herramientas de inteligencia artificial.
En este escenario surge una pregunta inevitable: ¿sigue siendo necesario asistir a clases? La respuesta sigue siendo sí. Pero quizás por razones distintas a las de hace algunas décadas.
Durante mucho tiempo la universidad se entendió como un espacio donde el profesor transmitía conocimientos y los estudiantes los recibían. Ese modelo hoy muestra claros signos de agotamiento. Lo que distingue a una universidad de calidad no es solo la información que entrega, sino su capacidad para generar experiencias de aprendizaje significativas, promover el pensamiento crítico y formar personas capaces de enfrentar desafíos complejos.
El aburrimiento aparece entre las principales razones para no asistir a clases. Más que un problema de disciplina, pareciera reflejar una desconexión entre las expectativas de los estudiantes y las formas en que enseñamos.
Esa constatación debería llevarnos a reflexionar con honestidad, preguntándonos si nuestras clases son suficientemente relevantes, desafiantes y estimulantes.
En Chile, esta discusión tiene características particulares. Nuestro sistema universitario recibe estudiantes con trayectorias y realidades muy diversas. Muchos son la primera generación de sus familias en acceder a la educación superior; otros deben combinar estudios y trabajo o enfrentar largos desplazamientos diarios. Para ellos, permanecer en la universidad suele ser un desafío tan importante como ingresar a ella.
Frente a esta realidad, las respuestas simples no son suficientes. No basta con exigir asistencia, sino más bien el desafío está en construir espacios donde asistir tenga sentido y aporte valor.
Eso implica fortalecer metodologías activas, acercar a los estudiantes a problemas reales y aprovechar las tecnologías digitales como aliadas del proceso formativo.
Sin embargo, el desafío de fondo es aún más profundo. Las universidades no pueden competir con internet en cantidad de información ni con la inteligencia artificial en velocidad para responder preguntas. Lo que sí pueden ofrecer es algo que ninguna tecnología ha logrado reemplazar completamente: la experiencia de construir comunidad.
Por eso las salas vacías deberían preocuparnos. No únicamente por un problema de asistencia, sino porque pueden estar revelando una pérdida de conexión entre los estudiantes y el propósito mismo de la vida universitaria.
Cuando una sala se vacía, la pregunta no es únicamente dónde están los estudiantes. También debemos preguntarnos qué universidad les estamos ofreciendo.
Porque el verdadero desafío no es llenar las salas de clases. Es lograr que los estudiantes sientan que vale la pena estar en ellas.
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