Chile, por suerte, sí está teniendo esta conversación: cómo volver a crecer es hoy una pregunta central, y hay buenas ideas sobre la mesa.

La política económica de Donald Trump es bastante mala. Los aranceles erráticos, la hostilidad hacia la inmigración y una incertidumbre regulatoria difícil de exagerar le costaron a Estados Unidos, según las estimaciones más serias, cerca de tres cuartos de punto de crecimiento en 2025. Y aun así su economía creció cerca de 2%, mientras Reino Unido, Francia, Alemania y Japón apenas se movían. La economía peor administrada del mundo desarrollado sigue superando al resto.

Estados Unidos tiene esa costumbre: sorprender. Una empresa de cohetes que pierde más de mil millones de dólares al mes prontamente saldrá al mercado a buscar setenta y cinco mil millones de dólares, en la mayor oferta de acciones de la historia, y el mercado, lejos de asustarse, se mostró dispuesto a ponerlos. Ese apetito por una apuesta incierta se ha vuelto raro en el mundo desarrollado.

Vale la pregunta: ¿cómo es posible? ¿No debería el desarrollo florecer mejor en un lugar previsible y ordenado, en una ciudad como Oslo, Copenhague o París, antes que en un país convulso y gobernado a golpe de arancel? La intuición dice que sí. Los hechos dicen lo contrario.

La explicación es simple, aunque incómoda. La estabilidad y la previsibilidad, tan valiosas en tantas cosas, no son lo mismo que la capacidad de generar riqueza. Una economía no prospera porque nada la perturbe, sino porque sabe reinventarse, y reinventarse es siempre una forma de perturbación.

La apuesta de hoy por la inteligencia artificial no es la primera: antes fueron el fracking y el gas licuado, y antes internet y la biotecnología. Lo que se repite no es un sector con suerte, sino una economía que se transforma una y otra vez.

Eso exige tolerar la disrupción de manera sostenida: dejar que el capital se mueva sin pedir permiso, que las empresas establecidas pierdan, que sectores enteros nazcan y mueran sin que el Estado corra a rescatarlos. Tiene un costo real, porque hay comunidades que quedan atrás cuando una industria desaparece. Pero el conjunto sigue avanzando.

Por eso la calma de Oslo, Copenhague o París tiene un reverso. Lo que de lejos parece el entorno ideal es también un continente que convirtió la prudencia en forma de gobierno: regula pensando en lo que puede salir mal, desconfía de las finanzas y prefiere proteger lo que ya existe antes que apostar por lo que todavía no existe. Así cuida bien lo que tiene, pero lo nuevo le cuesta. Japón lleva tres décadas igual. Proteger lo establecido parece prudente, pero con los años es la decisión más cara.

Chile, por suerte, sí está teniendo esta conversación: cómo volver a crecer es hoy una pregunta central, y hay buenas ideas sobre la mesa. A ese debate vale la pena sumarle una capa más profunda, y quizá la más sostenible en el tiempo: la gestión de la disrupción.

Un modelo de desarrollo no se reduce a una reforma ni a una apuesta sectorial; es el conjunto de condiciones que permiten que la destrucción creativa ocurra, y que la encauzan cuando ocurre.

El instinto natural, en Chile y en todas partes, es buscar seguridad y certezas, y es un instinto razonable. Pero ninguna protección social se sostiene sobre una economía que dejó de crecer, y crecer de manera sostenida exige aceptar la disrupción, con sus costos y sus heridos.

Estados Unidos no es un país para imitar en todo, y sus problemas sociales son enormes. Pero acierta en algo que el mundo desarrollado tiende a olvidar: la riqueza no es el enemigo de los objetivos sociales, es su condición necesaria.