Políticamente más grave es que Pasolini ya no observa una diferencia entre fascistas y antifascistas, ya que la nueva matriz transnacional (hoy la llamaríamos en propiedad neoliberal) expresa un poder totalizante que desfigura cualquier rasgo propio.
Pier Paolo Pasolini, provocador de la imagen cinematográfica, la palabra poética y el discurso intelectual público, se enfrentó a un progresismo dilapidado en el consumo, a feministas vocingleras proaborto, al inmovilismo del Partido Comunista Italiano, a la Iglesia sexofóbica (por fuera) y al neofascismo mantenido y utilizado como fuerza de choque en tareas varias.
Con escritores e intelectuales como Ítalo Calvino y Umberto Eco, se enfrascó en polémicas agrias y mordaces en diarios y revistas agotadas para no perderse los uppercuts del día. En un momento de reorganización de la sociedad italiana, Pasolini no se dejó arrastrar por opiniones mayoritarias manteniéndose fiel a sí mismo en el rol de un intelectual nada acomodaticio.
Pasolini fue un observador agudo del detalle cotidiano, atento a la menor filtración codificada o involuntaria, y en tal calidad de analista lograba coordinar piezas dispersas, aparentemente antagónicas, algunas al amparo de la penumbra en el desplazamiento sinuoso, sustrayéndolas del caos diario o la desatención para encajarlas en su puzzle y darles sentido.
El gran evento político del último par de años de vida de Pasolini fue el referéndum sobre el divorcio del 12 de mayo de 1974. El resultado favorable (59, 26%) a mantener dicha ley de 1970 que esta votación debía poner en vigor, Pasolini lo llamó un “cambio antropológico” de la sociedad italiana. Los Escritos corsarios (Scritti corsari, 1975) dan cuenta compilada de su reflexión pública para situar y entender el desplazamiento de una multiplicidad de fuerzas globales político-económicas que preparan una nueva escena.
En esta alteración a gran escala, advierte un asalto definitivo al poder de las dinámicas financiero-mercantiles y la instalación de una nueva cultura de muy bajo espesor, pero lesiva, que aún no se enuncia del todo, de apariencia espontánea, de formas indefinidas por ahora, capaz de interpelar a una audiencia joven por medio de mensajes sin densidad, pero cultura al fin que viene a manipular deseos y a deteriorar la imaginación personal y colectiva por medio de proyecciones públicas muchas veces triviales.
Fue el caso de la escandalosa publicidad de los Jeans Jesus en que Pasolini reparó como si estuviera ante una sinécdoque infecciosa. El póster manipulaba la cita bíblica “Chi mi ama mi segua” (Quien me ama me sigue), estampada en los pantalones recortados a la altura de los glúteos de la modelo norteamericana Donna Jordan (musa de Warhol), en la vía pública y puntos de atracción ciudadano, campaña ideada por el fotógrafo milanés Oliviero Toscani y el publicista Emanuele Pirella. Al lado conservador de Pasolini (que lo tenía) le pareció una afrenta, aunque por distintos motivos que los expresados públicamente por la Iglesia Católica que por cierto se quejó.
Eran los simples negocios que amenazaban sustituir contenidos e imágenes del lenguaje humanista y cultural asentado inmemorialmente en Italia: así de grave. A Pasolini no lo alarmó el desacato de la imagen –él ha proyectado escenas mucho más provocadoras, pero desde una controversia en la cultura–, sino el habla utilitaria de los meros intereses comerciales, una incipiente capacidad discursiva que irá tomando posesión de los mensajes públicos hasta ofertar nada menos que formas de vida.
Ese alto porcentaje apoyando el divorcio es un cambio radical, y el resultado que el poeta de Las cenizas de Gramsci también favorece, exhibido como progresismo puro, modernidad, puesta al día de Italia, retroceso de la sotana católica, a Pasolini de pronto lo pone en alerta, algo sospecha en la tramoya porque a su ojo son más consideraciones las que habría que tener en cuenta.
Dos son los grandes derrotados en su opinión: por una parte el Vaticano como fuerza inmovilista y, por otra, nada menos que el corazón del progresismo, la “oligarquía” del Partido Comunista Italiano que no ha sabido leer los tiempos.
Cada uno a su manera y defendiendo lo suyo, se ha opuesto a la sola posibilidad del referéndum que viene empujando la sociedad hace rato; el PCI no quería lo que llamaba una “guerra de religión” y toda esa movilidad peatonal de masas y discursos altisonantes y redichos a los que se vería obligado; y aunque finalmente se le ve apoyando la consulta ciudadana después de rezongos, de una media marcha que se le notaba, lo habría hecho no del todo convencido del resultado favorable.
Por eso, con el PCI, que “finge no haber cometido error alguno y exulta por el inesperado triunfo” –comenta Pasolini–, también ha salido derrotado su secretario general Enrico Berlinguer, quien tampoco se da por aludido en medio de los festejos que no le son tan propios. Y en la otra cara, en una especie de superposición de imágenes adversarias pero socias, Paulo VI y adláteres, es decir Amíntore Fanfani (secretario general del Partido Demócrata Cristiano) y el neofascismo (MSI) enquistado en las instituciones republicanas, guardado como fuerza estatal para usos varios de la DC italiana.
Pasolini opina que el gran triunfador ha sido Marco Pannella, representante del Partido Radical, quien con certeza absoluta en el triunfo ha promovido la consulta ya desde los años sesenta, y, por tanto, leído como nadie el desamarre de las instituciones sacrosantas; político que además promueve ocho referéndum más para someterlos a la opinión italiana. Y tan triunfador es Pannella que nadie se lo ha perdonado y lo tienen ahora en el olvido.
En consecuencia, esta nueva opinión pública más emancipada de los poderes tradicionales, no vendría alentada única y principalmente por cierto progresismo político como fuerza de cambio estructural, sino por fuerzas incitadas de manera aún más resuelta por el consumo y el hedonismo que estarían conformando un bloque de poder más totalitario y aniquilador que cualquiera de los totalitarismos políticos conocidos.
Y el fenómeno, la irrupción de esta fuerza, ya se le ha hecho perceptible en lo que Pasolini llama la “homologación”: ya no se distingue entre un obrero y un estudiante, le parecen intercambiables, las señas distintivas de sus mundos han sido borradas, y, por tanto, desarraigados de sus hábitats y los valores que representan en tanto diversidad y cultura en una Italia de muchos afluentes nacionales y dialectos en uso.
Políticamente más grave es que Pasolini ya no observa una diferencia entre fascistas y antifascistas, ya que la nueva matriz transnacional (hoy la llamaríamos en propiedad neoliberal) expresa un poder totalizante que desfigura cualquier rasgo propio. ¿Que ya no había diferencia entre fascistas y antifascistas en esa Italia de los 70? Peor provocación imposible. Unos y otros saltaron a la palestra a enrostrarle a Pasolini de todo.
La vigencia del Código Rocco (código penal italiano) promulgado con Mussolini, ¿no seguía, acaso, en vigor con los gobiernos democristianos? EUR, la ciudad mussoliniana, también había sido terminada de construir por los gobiernos democristianos después de la guerra y la imagen del Duce permanecía ahí en el bajorrelieve de Publio Morbiducci, en el Palazzo degli Uffici, a la vista de los que querían ver. Y Pasolini suma en el catastro de la alianza la violencia policial, la depuración fallida, los desafíos permanentes a la legalidad y la constitución de los neofascistas amparados todos saben por quién.
Ésta era la continuidad entre fascismo fascista y fascismo democristiano, pero ambos, en todo caso, inermes ante este nuevo poder que emergía, de mucha mayor letalidad y cobertura de espacio. El fascismo, como ideario, ya no significaba nada sino esas escenas de cartón piedra de siempre, pero ese fascismo no había ni siquiera, en su opinión, “arañado” a la Iglesia dejando su poder intacto, Iglesia que se entregaba ahora sin resistencia (y sin cultura: un latín usado de manera insignificante para Pasolini) a este poder totalitario que también la arrollaría con gravísimas consecuencias (Banco Ambrosiano, lavado de dinero, Roberto Calvi, en el futuro).
Pasolini llama a la Iglesia, entonces, a “pasarse a la oposición”, única posibilidad de pervivencia si se involucra en el rescate de los valores ligados al mundo campesino y paleoindustrial, ya que su actual condición de mero folklore para los italianos no le promete nada, y nada le reportará arrodillarse a ese poder consumista que la seduce en las cartolas contables. Pero que la Iglesia se pase a la oposición (si así fuere) no significa que Pasolini dejará de enfrentarse a su poder y a las aversiones históricas como la sexofobia, y el modelo de familia testamentario que promueve como lo natural y dictado. La pareja heterosexual alentada por la Iglesia le parece en línea con este nuevo poder consumista que atrae a la familia con su oferta como mero poder comprador.
Ya se dijo que la pregunta sobre el divorcio era una entre varias de un plan de largo alcance que debería poner a Italia al día, pero había una con la que Pasolini estaba en total desacuerdo: el aborto.
Al aborto lo consideraba nada más que “la legalización de un asesinato”. Denunció con firmeza la pose moderna pero vacía, los fundamentos nada más que retóricos, a los intelectuales “iluminados” y a las feministas vociferantes y deschavetadas sosteniéndolo. Esta permisividad le parece más falsa que nunca ya que es un mero subproducto consumista, un aire comercial que transa vidas humanas.
Y Pasolini detecta perfectamente la secuencia, la manera de apropiación: este nuevo poder financiero se ha valido de las conquistas intelectuales racionalistas, de las desacralizaciones para enarbolar, a continuación, un falso laicismo y racionalidad que repone nada más que la fraudulenta “sacralidad del consumo como rito”; por tanto, una gran capacidad de este poder mercantil-financiero para avecinarse y aparentar lo que sea necesario en la vitrina italiana.
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