En tiempos de ofensiva conservadora, una nueva generación socialista busca volver a hablarle al Chile real con calle, mayoría y sentido de futuro. Daniel Manouchehri y Daniella Cicardini son parte colectiva del relevo que desafía a la ultraderecha y empuja un socialismo con solidaridad, libertad y conexión popular.
La historia del socialismo chileno es de larga data, con un profundo origen en las demandas y reivindicaciones del mundo popular y la clase media en plena crisis de los años 30. Al igual que hoy, los socialistas tuvieron que enfrentar un mundo convulsionado, la crisis del liberalismo y la emergencia del fascismo.
Es posible afirmar que cada generación política ha tenido que disputar las luchas de su tiempo, siempre bajo condiciones determinadas. Pero cada una ha tenido el valor de interpretar, transformar la realidad y representar los intereses de las mayorías sociales.
Esto ha permitido que, en cada avance que ha tenido la sociedad chilena, el sello de los socialistas haya estado presente: la creación de la Corfo, la nacionalización del cobre, la recuperación de la democracia, la reducción de la pobreza, el Plan AUGE, Chile Crece Contigo y tantas otras. También en las agendas que reivindican las luchas por la dignidad de la gente, el avance de las libertades y la igualdad de género.
Hoy no debería ser distinto. Ese es precisamente el desafío colectivo que enfrentamos.
Sobre todo, al analizar este nuevo ciclo político, con una administración que tiene como uno de sus ejes un proceso de restauración conservadora y una lógica refundacional de corte neoliberal, que busca, en definitiva, imponer un retroceso social, cultural y económico.
En este contexto, el rol de los socialistas y la forma que adquiera la oposición marcarán, sin duda, la agenda del progresismo.
En las últimas semanas, a propósito del llamado “bencinazo”, desde el Parlamento han surgido voces críticas que han salido al paso denunciando el shock económico del gobierno de José Antonio Kast, que traspasó directamente el costo del alza de las bencinas a la gente.
Con un lenguaje sencillo y directo, digno de estos tiempos, la senadora Daniella Cicardini y el diputado Daniel Manouchehri han jugado un rol central en la crítica a la agenda del gobierno de ultraderecha.
Con un estilo tenaz, han incomodado no solo al Ejecutivo, sino también a sectores de la oposición y a las líneas editoriales de los principales medios de comunicación, que han tratado de caricaturizar el trabajo fiscalizador y la trayectoria de ambos parlamentarios.
Pero esta puesta en escena no es aislada. Solo para hacer un poco de memoria, ambos han encabezado la lucha contra la red de corrupción en el caso Hermosilla y han empujado con fuerza la destitución de jueces del Poder Judicial.
Ambos son parte de una generación que se formó en la militancia, en los territorios y en la conversación persistente con un Chile real, con calle. Provienen de familias enraizadas en la cultura de la izquierda chilena y de regiones. No son un invento mediático ni de las redes sociales: ambos expresan mayorías electorales que los avalan.
Conozco de cerca la trayectoria de vida de Daniel Manouchehri, marcada por su nacimiento en el exilio, la muerte de su padre a muy temprana edad, la admiración por su abuelo y las enseñanzas de una familia que ha dedicado su vida al servicio público.
Lo mismo ocurre con Daniella Cicardini, con quien compartí más de ocho años en el Congreso. Siempre admiré de ella lo estudiosa que es y su dedicación a la gente que representa: mujeres trabajadoras, mineros y la pesca artesanal. También es heredera de la vocación de servicio público de su padre, alcalde de Copiapó.
Sus trayectorias son el resultado de una generación política que, desde comienzos de los años 2000, levantó banderas por la democracia, la igualdad y la dignidad. Una generación que estuvo en el mochilazo, en la revolución pingüina, en las movilizaciones sociales y en la construcción de mayorías políticas reales.
Por eso, cuando hoy se les intenta reducir al ámbito de lo performático o lo banal, lo que se busca en el fondo es otra cosa: anular su capacidad de conectarse con la gente que los eligió, de fiscalizar al gobierno y de ser un adversario legítimo.
Queda pendiente la respuesta por el proyecto futuro, pero esa es una tarea colectiva y de largo aliento.
El mundo cambió. La globalización que conocimos se agotó. El neofascismo llega al poder en distintos países. Y la crisis climática dejó de ser una advertencia lejana para convertirse en una realidad que golpea la vida cotidiana de la gente, en particular de los sectores más vulnerables.
En ese escenario, el socialismo chileno no puede vivir de la nostalgia ni limitarse a administrar inercias. Tiene que ofrecer rumbo. Tiene que unir solidaridad, justicia social, democracia, desarrollo sostenible y soberanía.
Esa tarea no recae en nombres aislados, sino en una generación. Y Daniel Manouchehri y Daniella Cicardini forman parte de ella. No están solos. Nunca lo estuvieron. Vienen de una historia compartida. Y hoy les toca, junto a otros y otras, escribir un nuevo capítulo: el de un socialismo chileno que sepa interpretar los anhelos de ese Chile profundo y popular, que clama por más justicia, solidaridad y libertad.
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