El gobernador que convirtió el agua en su principal credencial: no logró transformar esa bandera en hechos. Mientras mantiene su especialidad de denunciar la falta de acción ajena, mantiene el defecto de administrar la falta de resultados propios.
Rodrigo Mundaca construyó su carrera política levantando una bandera tan llamativa como eficaz: en Petorca —y, por extensión, en Valparaíso— el problema del agua “no era la sequía, sino saqueo”, supuestamente tolerado por las instituciones. La consigna era potente, indignaba, movilizaba y, sobre todo, rendía políticamente. Le permitió pasar de dirigente de un movimiento de nicho a gobernador regional.
Porque no basta denunciar con panfletos. Mundaca se hizo conocido acusando acaparamientos y usurpaciones de agua; sin embargo, al momento de enfrentar aquello, prefirió el megáfono antes que el uso eficaz de los mecanismos que otorga la ley.
Ni siquiera su condena del año 2014 por el delito de injurias graves fue obstáculo para su carrera. Asumió el cargo y se mantuvo en él. Y lo ha hecho con un grado de indulgencia pública que llama la atención: se le celebran las banderas, aunque no ondeen.
Una de esas banderas es la descentralización, causa que comparto. Pero también ahí la distancia entre el discurso y los hechos resulta grosera. Cuando tuvo la posibilidad cierta de requerir facultades delegadas vinculadas a su competencia, simplemente no lo hizo. Es decir, predica descentralización, pero en la práctica administra su propia inercia.
Su gran estandarte, en todo caso, fue siempre el agua. Y ahí su gestión se derrumba con más estruendo. Bastó que volvieran las lluvias para que quedara al descubierto que el relato hídrico no estaba respaldado por una política seria de infraestructura. Se anunciaron los rimbombantes planes de emergencia hídrica, mesas y coordinaciones. Lo que no apareció fueron los resultados.
Los datos son claros y lapidarios. En embalses mayores, el balance es el siguiente: 0 construidos; 0 iniciados desde julio de 2021; 1 en construcción durante el período; y 3 en proyecto o estudio. En desaladoras grandes de agua de mar, el cuadro es igual de desalentador: 0 construidas; 0 que puedan confirmarse como iniciadas desde julio de 2021; 1 en construcción durante el período; 1 nueva en proyecto; y 1 ampliación en evaluación.
Traducido al castellano corriente: durante su gestión no puede verificarse ni un embalse público mayor nuevo terminado, ni una desalinizadora marina grande concluida. Lo que existe es una mezcla de obras anteriores a su administración que siguieron vivas por inercia —Las Palmas y Aconcagua—; pequeñas soluciones rurales terminadas —como Villa Huaquén—; embalses privados aprobados —Atalaya y El Canelo—; y proyectos públicos que continúan con el sueño burocrático del estudio eterno —Catemu, La Chupalla y Pocuro—.
Dicho de otro modo: el gobernador que convirtió el agua en su principal credencial: no logró transformar esa bandera en hechos. Mientras mantiene su especialidad de denunciar la falta de acción ajena, mantiene el defecto de administrar la falta de resultados propios.
Por eso indignó que, en febrero de este año, se aumentaran las remuneraciones de su equipo de gabinete hasta en un 35%, lo que motivó la denuncia ante la Contraloría de la Fundación que presido. Más cuando el resultado de los aumentos es insólito: Valparaíso pasó a tener al jefe de gabinete mejor pagado del país.
La defensa oficial fue todavía peor que el aumento. El Gobierno Regional intentó justificarlo invocando la Resolución N° 5 de 2024, aun cuando esa misma resolución señala que rige solo desde el 11 de marzo de 2026. Es difícil no advertir allí un ejercicio de creatividad administrativa, que demuestra la necesidad de un control para el Gobernador Regional.
Cuando lo vemos quejarse año a año de que el aumento de presupuesto no le es suficiente, pero que sí le alcanzó para subir sueldos del círculo cercano, sin fundamento fáctico ni jurídico, sencillamente somos testigos de una paradoja perversa.
No es menor que el Gobierno Regional de Valparaíso no cuente con control interno efectivo. Ese cargo ha permanecido vacante desde su inicio, y recién en enero del presente año se llamó a concurso, el que aún se encuentra en etapa de evaluación, es decir, se mantiene vacante. Lo que justifica el título de esta columna -que no es una metáfora-, hablamos de un gobernador sin control interno.
Mundaca llegó al poder envuelto en banderas. La del agua. La de la descentralización. Y para su última campaña, la de seguridad. Pero a estas alturas cuesta distinguir si alguna de ellas tenía el asta para clavarlas en la tierra.
La del agua se diluyó con las lluvias y sin obras emblemáticas; la de la descentralización quedó en el discurso; la de la seguridad mejor ni hablar, si siquiera tiene competencias en dicha materia.
Después de cinco años, el problema no es que el gobernador no tenga banderas. En verdad sí las tiene, pero las usa como parodia, de manera burlesca, como una suerte de sátira hacia la ciudadanía: al hacer carrera denunciando la ausencia de Estado y que, cuando le tocó gobernar, respondió con relato, excusas y un gobierno local sin control.
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