Construir espacios donde otros puedan sentirse parte requiere intención. Requiere apertura. Requiere la disposición de escuchar, de acoger y de reconocer al otro como legítimo.

Hay tradiciones que se enseñan hablando, preguntando y escuchando. Pesaj es una de ellas. A diferencia de otras festividades judías, no se construye a partir de discursos, sino desde una dinámica y relato mucho más simple y, al mismo tiempo, más profundo: preguntar.

El Seder, cena ritual judía, celebrada en la primera noche de Pesaj, cuyo nombre significa “orden”, ya que sigue 15 pasos específicos para narrar la historia de la liberación de la esclavitud de los judíos en Egipto, comienza con una pregunta: ¿En qué se diferencia esta noche de todas las demás?

Comenzar con una pregunta, es una forma de transmitir que el conocimiento no se impone, se construye. Y aunque la historia es la misma cada año, volvemos a preguntar sobre ella, porque nosotros no somos los mismos: cada año llegamos con nuevas experiencias, nuevas miradas y nuevas preguntas.

En un mundo que premia la rapidez, la certeza y las respuestas inmediatas, hay algo profundamente contracultural en detenerse a preguntar. Más aún, en enseñar a las nuevas generaciones que preguntar no es una debilidad, sino una forma de entender, de conectar y de construir sentido.

Pesaj nos recuerda que la identidad no se transmite solo a través de lo que decimos, sino también, y quizás sobre todo, a través de las preguntas que somos capaces de hacernos.

Cada pregunta es válida, algunas nacen desde la curiosidad genuina, otras desde la duda, otras desde la necesidad de comprender lo que duele o lo que no se logra explicar. Hay preguntas que abren conversaciones y otras que desafían, que incomodan, que obligan a mirar más profundo. Y todas tienen un lugar.

En la mesa del Seder, cada persona aporta su propia mirada y su forma de entender el mundo desde la etapa de la vida en la que se encuentra, enriqueciendo así la experiencia compartida. Todos participan, adultos, jóvenes y niños. Cada pregunta es respetada y abre una conversación, cada duda habilita un espacio, cada palabra construye un puente.

Hay algo profundamente humano en eso. Porque en el fondo, las preguntas no buscan solo respuestas. Buscan vínculo. Buscan presencia. Buscan que alguien esté dispuesto a detenerse, a escuchar, a reflexionar y a responder desde la cercanía. Quizás por eso, año tras año, seguimos sentándonos a la mesa a repetir una historia que conocemos de memoria. Y en ese ejercicio, la historia deja de ser pasado y se transforma en experiencia, en aprendizaje.

Esa lógica se proyecta más allá de la mesa. Una mesa donde caben las diferencias. Donde no es necesario pensar igual para sentarse juntos. Donde la identidad no excluye, sino que se comparte. Pesaj propone precisamente eso: una comunidad que sabe convivir con sus matices. Y eso, hoy, es profundamente necesario.

Porque construir espacios donde otros puedan sentirse parte requiere intención. Requiere apertura. Requiere la disposición de escuchar, de acoger y de reconocer al otro como legítimo.

En tiempos donde el debate público muchas veces se endurece, donde las posiciones parecen inamovibles y el diálogo se vuelve cada vez más difícil, recuperar el valor de la pregunta se vuelve urgente. Pesaj ofrece una enseñanza distinta: hay preguntas que valen más que cualquier respuesta. Y tal vez, en ellas, encontremos una forma más humana de convivir.