Esta intensificación de la campaña mediática contra Israel no es casual, sino que obedece a la necesidad de mantener una visibilidad que parece amenazada, por los actuales contextos internacionales y locales.
Primero publicar, después preguntar. Esta parece ser la norma en los sectores que promueven narrativas sesgadas y que requieren reforzar sus consignas con imágenes impactantes, sin importar el contexto, la precisión o incluso la verdad. Y cuando esa verdad es sustituida por relatos diseñados para conmover sin verificar, el daño no solo es informativo, también es moral.
En los últimos días han circulado versiones estremecedoras sobre un supuesto caso de abuso deliberado contra un menor en Gaza por parte de soldados israelíes. Son relatos que apelan a la sensibilidad universal sobre la protección de la infancia y, precisamente por ello, exigen el máximo rigor antes de ser difundidos como verdades incuestionables.
Los antecedentes disponibles muestran una realidad muy distinta a la promocionada en redes sociales. El incidente en cuestión ocurrió en un contexto operativo complejo en la zona de la línea amarilla definida en el acuerdo de cese al fuego en Gaza, donde un individuo aparentemente vinculado a Hamás se aproximó a fuerzas israelíes llevando a un niño pequeño en sus brazos, a modo de escudo humano.
Lejos de cualquier intención de daño, las fuerzas de seguridad realizaron las advertencias del caso y luego actuaron proporcionalmente para generar distancia y contener la riesgosa situación.
El niño fue inmediatamente atendido por personal médico en el lugar, recibió cuidado, alimentación y resguardo, y, como consta registros audiovisuales, fue entregado en buenas condiciones de salud a la Cruz Roja en el menor tiempo posible y sin que exista evidencia de acciones deliberadas contra el menor.
Lo que sí hay es un patrón preocupante por parte de los grupos terroristas palestinos, como es el uso de niños como escudos humanos, una práctica ampliamente documentada incluso antes de la masacre perpetrada por Hamás contra población israelí el 7 de octubre de 2023.
Entonces, ¿por qué circula una versión tan distinta en las redes?
Porque estamos frente a una narrativa que forma parte de una estrategia más amplia de desinformación adoptada por sectores radicales, que buscan instalar una imagen distorsionada de Israel mediante historias impactantes, aunque carezcan de sustento.
Esta intensificación de la campaña mediática contra Israel no es casual, sino que obedece a la necesidad de mantener una visibilidad que parece amenazada, por los actuales contextos internacionales y locales. El problema es el costo de estas campañas, que afecta incluso más allá de las partes involucradas.
El uso de imágenes que distorsionan la realidad no sólo promueve prejuicios y odio, sino que trivializa acusaciones gravísimas como el maltrato infantil, erosionando así la credibilidad de las verdaderas denuncias de violaciones a los derechos humanos, que sí deben ser investigadas con seriedad y sin prejuicios.
Israel, como toda democracia, la única en Medio Oriente, no está ajeno al escrutinio. Sus acciones son revisadas, debatidas, investigadas y, si corresponde, sancionadas.
Pero ese escrutinio debe basarse en hechos, no en ficciones diseñadas para inflamar emociones y alentar agendas ajenas que no representan el interés de Chile ni la búsqueda de una paz genuina en la región.
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