El problema contemporáneo no es solo la falta de verdad, sino también el exceso de ruido.

El 20 de marzo no es solo un día más en el calendario de la burocracia internacional. Desde que la Asamblea General de la ONU proclamó, en 2012, el Día Internacional de la Felicidad, bajo la influencia del Reino de Bután y de su idea de que el progreso debe medirse también por el bienestar, ríos de tinta han intentado definir qué es la felicidad y cómo podría alcanzarse.

Hoy, sin embargo, esa discusión adopta un tono más urgente: ¿cuánta información necesito para ser feliz? O, más precisamente, qué tipo de verdad necesita una vida para no extraviarse ni perderse entre la opacidad y el ruido.

La pregunta importa porque uno de los equívocos de nuestro tiempo consiste en suponer que una vida mejor depende de una disponibilidad cada vez mayor de datos, estímulos y certezas inmediatas, como si la felicidad pudiera derivarse de una ampliación indefinida de lo visible, lo decible o lo accesible. Pero una vida buena no se define por saturación, sino por orientación. No necesita saberlo todo; necesita distinguir aquello que de verdad importa.

Por eso, la información ocupa un lugar decisivo en la búsqueda de la felicidad, aunque no toda información cumple la misma función. Hay una que esclarece y otra que dispersa. Hay una que ayuda a comprender mejor el mundo, a ordenar los deseos y a reconocer los límites de lo que vale la pena perseguir. Y hay otra que solo multiplica la agitación, intensifica la ansiedad y vuelve más difícil separar lo esencial de lo accesorio. En consecuencia, el problema contemporáneo no es solo la falta de verdad, sino también el exceso de ruido.

Desde esa perspectiva, la felicidad no puede confundirse con una satisfacción momentánea ni con la simple administración de placeres. Más bien, exige una forma de discernimiento: aprender a distinguir entre deseos reales y necesidades inducidas, entre bienes duraderos y recompensas fugaces, entre lo que orienta la existencia y lo que apenas la distrae. Sin esa capacidad de selección, la información no amplía la libertad: la fragmenta. Se convierte, entonces, en un flujo incesante que ocupa la atención, pero no mejora la vida.

En Chile, esa discusión tiene una expresión concreta: el derecho de acceso a la información pública. Su relevancia no radica solo en controlar al poder, sino también en resguardar una condición básica de la vida común: que los ciudadanos no deban habitar un espacio gobernado por la oscuridad. Cuando la información relevante sobre decisiones, recursos y criterios públicos permanece cerrada o deformada, la convivencia se llena de sospecha, versiones interesadas y desconfianza. Así, no solo se debilita el control democrático, sino que también se deteriora la posibilidad de compartir un mundo inteligible.

La búsqueda de la felicidad requiere, así, una doble disciplina. En el plano personal, exige criterio para no confundir información con orientación. En el plano colectivo, exige instituciones que no condenen a la ciudadanía a la opacidad. Porque una vida buena necesita verdad suficiente para orientarse, y una comunidad política necesita verdad compartida para no degradarse en manipulación, desconcierto o simple ruido.