Chile, como varios países, vive en ese equilibrio inestable entre la urgencia del presente y la promesa del futuro.
Antes que nada, tranquilidad: el ajuste fiscal no es una de las plagas de Egipto. No hay ranas invadiendo ministerios ni oscuridad sobre La Moneda. Lo que sí hay —según lo anunciado— es una reducción del gasto. Y con eso basta para que aparezca un fenómeno muy chileno: la capacidad de discutir al mismo tiempo que algo es insuficiente y excesivo.
Unos dicen que es imprescindible. Otros, que es peligroso. Y en el medio, una mayoría que sospecha que, como siempre, algo de razón deben tener todos…lo que no ayuda demasiado a entender nada.
Hasta ahí, todo en orden.
Lo interesante no es el ajuste. Es la incomodidad que genera. Porque en Chile tenemos una relación bastante curiosa con los recursos: nos inquieta mucho cuando faltan, pero somos bastante más relajados cuando sobran…o cuando simplemente no sabemos bien en qué se están usando. Es decir, el problema no siempre es la escasez. A veces es la falta de medida.
Y justo ahora —detalle que parece casual pero no tanto— el calendario judío se acerca al mes de Nisán, tiempo de Pésaj, que conmemora la salida de Egipto. Es decir, la gran historia de la libertad. Pero con un pequeño matiz que suele omitirse en las versiones más optimistas: la libertad no empieza acumulando, sino aprendiendo a limitarse.
En el desierto, por ejemplo, aparece el famoso episodio del maná. Cada día cae lo necesario para alimentarse. No más. No menos. Y quien, con toda lógica moderna, decide guardar un poco extra “por si acaso”, descubre al día siguiente que ese excedente se echó a perder. Nada dramático, pero lo suficientemente incómodo como para entender el mensaje.
No es una condena al crecimiento. Es una advertencia sobre el exceso.
Porque hay algo contraintuitivo en esa historia: el pueblo deja de ser esclavo no cuando tiene más, sino cuando deja de depender de acumular. Lo cual, mirado desde hoy, suena casi sospechoso.
Volviendo al presente, la discusión fiscal se suele plantear como un dilema técnico o ideológico. Pero quizás sea algo más simple —y más difícil—: decidir qué es sostenible sin necesidad de que la realidad nos obligue después.
Porque no todo gasto es irresponsable, pero tampoco todo gasto es virtuoso por el solo hecho de existir. Y no todo recorte es una solución, pero tampoco todo límite es una pérdida.
Chile, como varios países, vive en ese equilibrio inestable entre la urgencia del presente y la promesa del futuro. Y en ese espacio, la palabra “medida” suele aparecer tarde, cuando ya no queda mucho margen para decidir con calma y sin presión.
Tal vez por eso incomoda tanto. Porque obliga a hacer algo poco popular: distinguir entre lo que queremos y lo que realmente podemos sostener.
Ahora bien, si uno mira la historia de Pésaj con un poco menos de solemnidad, hay algo casi irónico: después de salir de la esclavitud, lo primero que se aprende no es a expandirse, sino a administrarse. No es exactamente el relato más épico para una campaña, pero tiene cierta lógica.
El ajuste fiscal, entonces, puede leerse de muchas formas. Como una señal de orden. Como una amenaza. Como una necesidad. O como una advertencia.
No necesariamente sobre cuánto tenemos. Sino sobre algo bastante más incómodo: si sabemos, o no, cuándo es suficiente.
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