Dadas las limitaciones estructurales en la formación y distribución de especialistas, para muchos profesionales el pregrado constituye su principal –y a veces única- instancia de formación universitaria formal.

La apertura de nuevas carreras de Medicina en distintas regiones del país es, sin duda, una señal del interés por fortalecer la formación de profesionales de la salud y avanzar en mayor descentralización.

Sin embargo, cuando se trata de la formación médica, la expansión por sí sola no es sinónimo de progreso. El cómo se forman los médicos y médicas es una discusión de interés público, que impacta directamente en la calidad de la atención que recibe la población.

En Chile, la formación médica ha sido reconocida a nivel regional por su solidez y exigencia. Este estándar no es fruto del azar, sino del resultado de mallas curriculares extensas, rigurosas y de una temprana y progresiva exposición clínica. Ese capital formativo ha sido clave para alcanzar importantes logros sanitarios y debe ser resguardado con responsabilidad.

En este contexto, la anunciada apertura de la carrera de Medicina en la Universidad de La Serena con una malla de seis años plantea una preocupación fundada. Reducir la duración del pregrado, sin contar con condiciones habilitantes excepcionales, puede poner en riesgo la calidad de la formación médica.

Esta preocupación se vuelve aún más relevante si consideramos que, en nuestro país, una parte significativa de la atención sanitaria recae en médicos generales.

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Dadas las limitaciones estructurales en la formación y distribución de especialistas, para muchos profesionales el pregrado constituye su principal –y a veces única- instancia de formación universitaria formal. Debilitar esa etapa formativa puede trasladar déficits directamente a la atención de los pacientes.

La evidencia comparada muestra que los modelos de formación médica más breves suelen ir acompañados de condiciones muy específicas: una selección académica altamente homogénea de estudiantes, una alta proporción de docentes subespecialistas, hospitales clínicos universitarios de máxima complejidad y una elevada tasa de continuidad hacia la especialización. Estas condiciones no son fácilmente replicables y, hoy, no constituyen la norma del sistema de educación médica en Chile.

Más allá del legítimo interés regional por formar médicos, resulta indispensable asegurar que cualquier innovación curricular cuente con una infraestructura clínica, académica y docente robusta, que garantice los estándares de calidad que el país ha construido durante décadas.

El Colegio Médico de Chile promueve una expansión responsable y de calidad de la formación médica, que contribuya a fortalecer el sistema de salud y a proteger a los pacientes. Abrir este debate de manera transparente y fundada es parte de ese compromiso, poniendo siempre en el centro la calidad de la atención y la confianza de la ciudadanía en sus profesionales de la salud.

Anamaría Arriagada
Presidenta Nacional
Colegio Médico de Chile

Paulo Gnecco
Presidente Depto. Formación y Acreditación
Colegio Médico de Chile