En tiempos donde el mundo parece inclinarse hacia el ruido y la confrontación permanente, Chile haría bien en cuidar lo que lo ha distinguido por décadas: su tradición republicana.
En tiempos convulsos, tanto a nivel nacional como internacional, lo que más se necesita es buena política y buena crianza. Vivimos días en que el mundo parece caminar al borde de sus propias fracturas: guerras abiertas, tensiones comerciales, democracias cuestionadas y una política cada vez más dominada por el grito fácil y la provocación.
En ese contexto, uno esperaría que nuestros líderes fueran capaces de refugiarse en lo mejor de la tradición republicana chilena: la sobriedad, el respeto institucional y la dignidad de las formas.
Los cambios de mando presidenciales en Chile han sido, históricamente, uno de esos rituales donde la República se reconoce a sí misma. No se trata solo de una ceremonia protocolar; es la demostración práctica de que el poder no pertenece a una persona ni a un partido, sino a las instituciones y, en última instancia, al pueblo. Es el momento en que quien gobierna entrega la banda presidencial y reconoce que su tiempo ha terminado, mientras quien llega recibe el mandato con humildad y responsabilidad.
Desde el siglo XIX, incluso en medio de profundas diferencias políticas, el país fue construyendo esta tradición. Tras la guerra civil de 1891, cuando Chile literalmente se había enfrentado en armas, el sistema político logró restablecer la continuidad institucional y los traspasos de poder siguieron ocurriendo bajo reglas republicanas.
En 1938, cuando el Frente Popular llegó al poder con Pedro Aguirre Cerda, la transición se realizó dentro de los márgenes institucionales pese a las fuertes tensiones ideológicas de la época.
Después de la dictadura, el cambio de mando de 1990 entre Augusto Pinochet y Patricio Aylwin marcó un hito histórico: el retorno a la democracia. No fue una transición simple ni exenta de tensiones, pero ese acto simbolizó que el poder volvía a las urnas y que el país retomaba el camino institucional.
Por eso resulta preocupante —y francamente poco serio— cuando quienes están llamados a asumir el gobierno actúan como si ya lo ejercieran.
En los últimos días hemos visto a un presidente electo y a algunos de sus futuros ministros recorrer el país cortando cintas, anunciando decisiones y hasta firmando como “ministros electos”, una figura que simplemente no existe en ninguna norma de la República. Parece olvidarse algo elemental: en Chile el presidente electo no es presidente hasta el 11 de marzo, como lo establece la Constitución y las leyes que deberán jurar o prometer respetar.
El cambio de mando no es solo una foto con la banda presidencial; es un proceso institucional serio, donde cada ministerio entrega información, responsabilidades y el estado de la administración a quienes asumirán. Sin embargo, en un gesto más cercano a la arrogancia que al patriotismo que tanto declaman, algunos han preferido romper las formas, declarar rotas las relaciones con el gobierno aún en funciones y comportarse como si la transición ya hubiese terminado.
La República chilena no se construyó con discursos grandilocuentes ni con promesas de campaña. Se construyó con gestos, con ritos y con la comprensión de que el poder es transitorio. El cambio de mando no es el escenario para ajustar cuentas ni para alimentar la polarización de la política contingente. No es momento para menoscabar al otro, y derribarlo. No se trata de instalar medias verdades, en un estilo que nada bueno augura. El cambio de mando, es el momento en que la nación recuerda que, más allá de nuestras diferencias, seguimos compartiendo un mismo país.
En tiempos donde el mundo parece inclinarse hacia el ruido y la confrontación permanente, Chile haría bien en cuidar lo que lo ha distinguido por décadas: su tradición republicana.
Porque cuando la política pierde las formas, no solo se deteriora el debate público; comienza también a resquebrajarse la propia idea de República.
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