En la Antártica, no todo depende de la planificación científica. El hielo, el clima, los instrumentos y la logística del buque imponen límites constantes. “Hacer ciencia” en terreno es aprender a decidir —y a esperar— en esas condiciones.

En una campaña científica, la planificación ocupa meses. Se definen objetivos, se diseñan muestreos, se preparan equipos y protocolos. Pero una vez en la Antártica, esa planificación entra en diálogo con algo más fuerte: el terreno.

No todo ocurre cuando se espera ni como se espera.

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La decisión de cuándo apagar la bomba del barco, por ejemplo, no está en nuestras manos. La toman los oficiales de navegación, a veces con muy poca antelación.

Hay mapas, sensores que estiman el espesor del hielo y vuelos de helicóptero que evalúan la ruta, pero el hielo no siempre avisa. De un momento a otro, la ventana se cierra. Y cuando eso ocurre, el tiempo para capturar agua se mide en minutos.

Hielo marino que impide el funcionamiento continuo de la toma de agua desde el casco del buque.
Instituto Milenio BASE

Bajo el hielo, los límites se vuelven aún más concretos. En una de las bajadas intentamos muestrear como estaba previsto, pero el hielo era demasiado grueso. Nuestros implementos permitían alcanzar hasta unos siete metros. Ese día, el espesor superaba los nueve.

Durante horas intentamos atravesarlo sin éxito. No fue una falla del equipo ni de la técnica: simplemente no era posible. Esa jornada terminó sin muestras…Pero también eso forma parte del trabajo en terreno.

Hielo marino demasiado grueso para poder realizar el muestreo. Y Uno de los muchos glaciares que se aprecian durante el recorrido.
Instituto Milenio BASE

Cuando el hielo impide usar la bomba del buque, la alternativa es salir en bote. Pero esa opción tampoco está garantizada. No basta con que el hielo en el mar permita el tránsito de la pequeña embarcación: el viento debe permitir la maniobra, y su intensidad —medida en nudos— determina si es seguro operar o no.

Un aumento brusco puede volver imposible mantener el bote estable, controlar las mangueras o asegurar el regreso. A veces el océano está allí, accesible en teoría, pero no en la práctica.

Algo similar ocurre con la roseta. Para poder lanzarla, todo debe alinearse: el buque debe estar detenido, el viento debe ser favorable, la profundidad adecuada y el hielo no puede interferir.

Esas condiciones no siempre se dan durante el día. A veces aparecen de madrugada, cuando el descanso parecía posible. Entonces suena el aviso, se encienden las luces del laboratorio y el océano vuelve a exigir atención. En la Antártica, la ciencia no siempre respeta los horarios humanos.

Pingüino emperador cerca de la zona de recolección de las muestras de hielo. Y foca posada sobre el hielo marino.
Instituto Milenio BASE

No todos los límites vienen del hielo o del viento. En más de una ocasión, al intentar muestrear sobre el hielo, aparecieron habitantes del lugar: pingüinos que se acercaban con curiosidad al área de trabajo.

En esos momentos, la decisión es inmediata y no admite discusión. El muestreo se detiene. En la Antártica, hacer ciencia también implica reconocer que no estamos solas y que el trabajo debe adaptarse a quienes ya estaban allí.

Hay otros momentos en que el barco se detiene y la ciencia también debe hacerlo. No por el clima ni por el hielo, sino porque el buque responde a una logística más amplia que corre en paralelo.

Durante horas permanecemos en un mismo punto, el océano quieto bajo el casco, mientras la atención del barco se desplaza hacia otros lugares y otros ritmos. Para la campaña, ese tiempo no es productivo en términos de muestreo, pero es parte inevitable del viaje. El océano sigue allí; somos nosotras las que debemos esperar.

Nada de esto aparece en los gráficos finales. No queda registrado en una tabla ni en una figura. Pero sin estas decisiones —cuándo seguir, cuándo detenerse, cuándo aceptar que no se podrá muestrear— no habría datos que analizar.

Atardecer antártico, navegando por el océano Austral en una zona cubierta por hielo marino.
Instituto Milenio BASE

Hacer ciencia en la Antártica no es solo medir bien. Es aceptar que no todo se controla, que el terreno impone sus reglas y que el conocimiento se construye dentro de esos límites. En ese equilibrio entre planificación y adaptación, entre control y renuncia, la ciencia se vuelve también una forma de estar en el lugar.

Y de aprender a habitarlo.