Todos sabemos que para un comunista o frenteamplista el vocablo “pueblo” no significa “los que pueblan”, sino que solo es un nombre sustitutivo de “proletariado urbano”. Esa ambigüedad de palabras trascendentales es la que permite que el enemigo interno se vista con el ropaje de fervoroso demócrata.
Nunca ha habido un gobierno, de cualquier tipo, que no haya diseñado sistemas para defenderse del enemigo interno. Y ello porque nunca ha habido un gobierno que no los tenga. Desde el más primitivo jefe de clan, que le confió su seguridad a un garrote y a un par de fieles y fornidos vigilantes personales. Por eso es que es muy válida la pregunta ¿está nuestra democracia suficientemente defendida de nuestros abundantes enemigos internos?
Cuando los chilenos nos enfrentamos a esta pregunta, la respuesta estándar es que la defensa suficiente es la fuerza de nuestra institucionalidad.
Pero que esa respuesta es un mero cliché, lo demuestra el hecho de que en el último medio siglo en tres ocasiones la institucionalidad o ha sido atropellada o ha sufrido la amenaza de una sustitución sumamente drástica y por la vía plebiscitaria, que no es precisamente institucional. De hecho, hoy nuestra democracia está protegida por una constitución objetada por largos años, por los mismos que ahora buscan en ella garantías contra un nuevo gobierno que prevén adverso.
Yo, en lo personal, no creo que la democracia chilena esté protegida suficientemente, ni creo que sus enemigos internos se concentren en un supuesto fascismo de derecha completamente ajeno a toda sensatez.
Para elaborar un sistema efectivo de defensa de nuestra democracia tan amada, tenemos que dejar de lado las interferencias semánticas.
Los chilenos discutimos mucho las ideas fundamentales, olvidando que casi siempre estamos usando las mismas palabras para distintos fenómenos, por ejemplo, existen partidos en Chile que, sin rubor se declaran fervorosos demócratas y eso nada más que porque nadie les pregunta que es para ellos una democracia.
Todos sabemos que para un comunista o frenteamplista el vocablo “pueblo” no significa “los que pueblan”, sino que solo es un nombre sustitutivo de “proletariado urbano”. Esa ambigüedad de palabras trascendentales es la que permite que el enemigo interno se vista con el ropaje de fervoroso demócrata.
Pero, el obstáculo semántico es fácil de superar porque es cuestión de precisar todas las características de la democracia que queremos proteger, de modo de estar seguros de que quienes le juran fidelidad en verdad no son antidemócratas disfrazados.
Miradas las cosas desde ese punto de vista, tenemos a la mano un instrumento en el que sí podríamos confiar para determinar que nuestra democracia, la que la enorme mayoría del país quiere, está suficientemente protegida porque ha dado con una forma de evitar las máscaras engañosas.
Llegados a este punto, se trata de promulgar una ley que exija un juramento solemne de defensa de esa democracia perfectamente definida para todos los partidos políticos e instituciones que forman parte directa o indirecta de la vida política y del Estado chileno.
La penalidad en caso de negarse a ese juramento será la clandestinidad y la consiguiente prohibición de participar legalmente en la actividad política de la nación.
Ese proyecto de ley, en el que sería difícil eludir el inquietante titulo de “ley de defensa de la democracia” y prescribirá especialmente que toda actividad para utilizar la fuerza en la vida política será delito suficiente para decretar la pérdida de la personalidad jurídica y la declaratoria de proscripción.
Naturalmente, una ley de esa especie puede afectar directamente a aquellos partidos que, de alguna manera, defienden el principio de acción simultánea en la vida política regular de la nación y, al mismo tiempo, defienden la provocación y movilización de masas presionantes sobre las instancias ciudadanas legislativas y/o judiciales y/o gubernamentales.
Pero es que, objetivamente, esas actividades son atentatorias contra el sistema democrático que todos deseamos estable y confiable.
Comprendo perfectamente también que para algunos ese juramento atenta contra la definición doctrinaria que les es consustancial, pero eso es parte de la evolución histórica de la sociedad. Lo que ocurre, simplemente, es que la historia ha dejado atrás a esas instituciones que hacen de la revolución violenta su objeto de existencia.
Comprendo igualmente que haya muchos que ven en nuestro sistema democrático algo muy imperfecto y que esa imperfección es la que otorga el derecho a oponérsele físicamente, y por eso es importante que nuestra democracia contemple mecanismos de cambio bien precisados y bien accesibles para todos.
A la velocidad con que cambia el mundo, una constitución estática termina siendo garantía de que se podrá convertir en una natural camisa de fuerza. El tremendo éxito de Estados Unidos como fenómeno histórico demuestra las virtudes de todo lo dicho y nos invita a admirar la eficacia de las enmiendas constitucionales que explican su evolución como gran potencia.
Es esencial que mis lectores comprendan que la defensa constante de la democracia no es una opción, sino que es un deber que nos compete a todos los chilenos que amamos nuestra patria por sobre toda otra consideración.
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