El exorcista Tharindu Kavinda Prasad se sacude violentamente, antorcha en mano, para expulsar a los demonios que en teoría aquejan a su paciente, una mujer joven que padece dolores de espalda, en una zona montañosa del centro de Sri Lanka.

Antes del coronavirus este tipo de prácticas supersticiosas contra espíritus malvados causantes de dolores o mala suerte ya eran corrientes en la nación isleña, mayoritariamente budista, pero con la llegada de la pandemia las sesiones se han multiplicado, y también la aparición de nuevos curanderos sin escrúpulos.

Demonios y sacrificios

El exorcismo transcurre en el pueblo de Sirimalwatte, en la provincia de Kandy, y la escena ha sido preparada por el exorcista y sus ayudantes de forma meticulosa: carne, pescado y huevos cocinados yacen sobre una mesa junto a una botella de un licor local conocido como arrack, un cigarrillo y un puro barato.

Prasad guarda en una esquina un gallo y una espada, en caso de que al demonio se le antoje un sacrificio fresco, y para no enfurecer a los espíritus, los presentes mantienen desde hace una semana una dieta vegetariana.

Cerca de las ocho de la tarde Prasad, de 21 años de edad, enciende una lámpara con aceite usado para freír la carne.

La joven de 27 años Udeshika Wickremaratne entra y el exorcista comienza a rotar la cabeza de manera frenética.

El gurunnase, como se conoce en Sri Lanka a los exorcistas, afirma no tener consciencia de lo ocurrido durante una sesión en la que finalmente derramó sangre de la cresta del gallo. La joven, por su parte, explica que sintió un peso salir de su cuerpo.

Wickremaratne no creía en los exorcismos, explica a Efe, hasta que un fuerte dolor de espalda la obligó a visitar varios doctores convencionales sin encontrar alivio.

“El dolor de espalda era insoportable, no sabía qué me pasaba”, explica.

Un día, su marido le propuso acudir a Prasad en busca de ayuda. “Me preguntó si me dolía la espalda. No sé cómo lo sabía, no le habíamos dicho nada todavía”, recuerda la joven.

¿Diagnóstico? Un espíritu maléfico estaba causando el dolor y debía ser expulsado de su cuerpo. La fecha del exorcismo fue fijada ese mismo día.

Hoy, Wickremaratne afirma estar completamente curada.

EFE

Curanderos y charlatanes

No todos los rituales acaban tan bien. El pasado 27 de febrero durante un exorcismo en la ciudad de Delgoda, cercana a la capital, una niña de nueve años fue apaleada durante horas hasta la muerte. Su madre y la persona que ofició la ceremonia fueron detenidos.

Estos exorcismos se han convertido también en un jugoso negocio en la nación isleña, con precios que varían desde las seiscientas rupias (unos 3 dólares) hasta las 60.000 (rondando los 300 dólares), más del salario mensual medio.

W. Kumari, de 53 años y residente en el distrito sureño de Ratnapura, explica a Efe que pagó 50.000 rupias por un ritual para expulsar a trece demonios que en teoría se alojaban en su casa. Ya no cree en este tipo de exorcismos, reconoce, tras no notar ningún cambio.

Prasad, que atribuye el poder de conectar con los dioses y ahuyentar a los fantasmas al espíritu de su abuelo fallecido en 2012, culpa de esta pérdida de fe a un buen porcentaje de charlatanes que han convertido los exorcismos en un negocio.

Como su antepasado, el joven se dedica a la medicina tradicional y afirma haber expulsado a cientos de demonios.

“Necesitamos de esta práctica porque hay poderes invisibles que enferman a la gente”, subraya.

Más allá del campo de los males de ojo y los espíritus, el profesor de antropología Praneeth Abyesundara, de la Universidad de Sri Jayewardenepura en Colombo, señala que se trata de una tradición con profundas raíces en la cultura esrilanquesa.

“Los rituales siempre han sido celebrados en Sri Lanka. Son una parte de nuestras prácticas médicas y culturales locales, pero raramente estas ceremonias son dañinas o causan muertes”, explica a Efe.

Se trata de ceremonias terapéuticas extendidas entre las diferentes religiones de la isla, desde las minorías musulmana, hindú o cristiana hasta la mayoría budista, y en las que en ocasiones participa todo el poblado y otorgan una sensación de protección.

EFE