Mucho se ha dicho sobre la posible llegada de El Niño para este invierno 2026 y los efectos que podría provocar con un aumento de las precipitaciones. Sin embargo, un académico de la Universidad de La Serena también advierte que podría traer consecuencias para los ecosistemas marinos y, por lo tanto, para la pesca.
Cabe recordar que este fenómeno ocurre por un calentamiento de la temperatura superficial del agua salada del Pacífico tropical. Según el académico de la Facultad de Ciencias de la USerena, Cristian Araya‑Jaime, esto podría modificar la disponibilidad de nutrientes, alterar las cadenas tróficas y provocar cambios en la distribución de distintas especies marinas, impactando tanto a la fauna oceánica como a la actividad pesquera.
“Si durante 2026 se configura un evento El Niño de alta intensidad, similar al de 1997–1998, uno de los principales efectos sería la llegada de aguas más cálidas al sistema de la Corriente de Humboldt, lo que puede debilitar la surgencia costera y reducir el aporte de nutrientes en el océano”, expone Araya a través de un comunicado, agregando que con ello disminuiría “la productividad primaria, con menos fitoplancton, cambios en el zooplancton y menor disponibilidad de alimento para peces, aves y mamíferos marinos”.
Además, apunta que “(las especies) de afinidad fría tenderían a desplazarse hacia el sur o a mayor profundidad. Además, el aumento de temperatura podría generar una tropicalización temporal y cambios en las comunidades marinas”.
¿Qué consecuencias traería la llegada de El Niño para la pesca?
En relación con las consecuencias que podría tener el aumento de la temperatura del océano, el doctor en Ciencias Biológicas, mención Genética, comenta que “el calor acelera el metabolismo de los peces, por lo que necesitan más energía para mantener sus funciones básicas. Sin embargo, durante eventos intensos de El Niño suele disminuir la disponibilidad de alimento, obligando a muchos organismos a gastar más energía en un ambiente menos productivo”.
Los cambios de temperatura, explicó, pueden alterar los periodos de desove y afectar la viabilidad de huevos y larvas, mientras que el estrés térmico también puede impactar la supervivencia de distintas especies. En conjunto, estos procesos pueden modificar las cadenas tróficas y generar cambios en las pesquerías y ecosistemas marinos.
En cuanto a los efectos que esto podría tener en la pesca, el investigador sostuvo que “podrían registrarse cambios en la distribución y disponibilidad de distintas especies, afectando zonas tradicionales de pesca. Durante el evento de 1997–1998, por ejemplo, el jurel presentó cambios importantes en su distribución, mientras que especies de aguas frías, como la merluza, podrían desplazarse hacia zonas más profundas”.
Para la pesca artesanal, uno de los principales desafíos sería la impredecibilidad, con mayores costos y menor éxito de captura. “Además, podrían registrarse floraciones algales nocivas o varazones, por lo que el monitoreo de variables como temperatura, oxígeno y distribución de peces resulta clave para anticipar impactos ecológicos y pesqueros”, remarcó.