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"Made in Bangladesh": la etiqueta de ropa que esconde una cruda realidad

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Probablemente cuando vas a comprar ropa a una tienda de retail o cadena multinacional sólo miras la etiqueta para verificar la talla, pero no te has dado cuenta de otra información importante que puede haber en ésta, como -por ejemplo- el país donde fue fabricada la prenda. O bien, si leíste ese dato, no te cuestionaste demasiado al respecto.

No te sientas culpable, inconsciente o demasiado ingenuo, la verdad es que es difícil imaginar que un simple “made in…” pueda esconder un escenario oscuro.

Lo cierto es que durante el último tiempo la llamada “fast fashion” o “moda rápida” se abrió camino en varios países del mundo, incluido el nuestro. Si el concepto no te suena, se trata de una estrategia que busca “introducir colecciones de ropa que siguen las últimas tendencias de la moda pero que han sido diseñadas y fabricadas de una forma rápida y barata. De esta manera, ofrecen al consumidor medio la posibilidad de acceder a las novedades del mundo de la moda a precios bajos”, según explicó la revista académica IESE Insight, dependiente de la escuela de negocios de la Universidad de Navarra en España.

Aunque esto suena muy bonito y hasta utópico, tiene un costo. Para poder sustentar ese modelo de negocio que siguen varias grandes marcas -entre ellas H&M y Zara- deben minimizar sus costos de producción instalando algunos de sus talleres en naciones con salarios bajísimos, como resultado de leyes laborales menos estrictas.

Una de estas es Bangladesh, donde los salarios de los trabajadores de la industria textil -principalmente mujeres- son inferiores a los 50 mil pesos chilenos al mes, afirmó la abogada de derechos humanos, Jayne Christensen, en una columna en el diario australiano Daily Telegraph. Es más, el salario mínimo en esta nación es de unos 41 mil pesos mensuales, de acuerdo a la ONG Human Right Watch.

Munir Uz Zaman | AFP
Munir Uz Zaman | AFP

Tal vez en este momento puedes estar pensando que el costo de vida en Bangladesh es mucho menor que en Chile y por lo tanto, no es tan crítico como suena. Sin embargo, debes considerar que si bien es cierto que puedes subsistir con menos dinero en el país asiático que en el nuestro, el valor de un arriendo promedio de un departamento con una habitación en el centro de la ciudad cuesta unos 80 mil pesos y uno en las afueras unos 45 mil, consigna la herramienta para comparar costos de vida Precios Mundi. Es cosa de sumar y restar.

Cuando compras ropa a precios demasiado bajos, debes saber que posiblemente ésta esconde una dura realidad. Según datos de la alianza internacional Clean Clothes Campaign (CCC) muchas veces el valor de una prenda va directamente relacionado al pago de los empleados que la fabrican.

CCC advierte que, por ejemplo, mientras más barato sea un pantalón, menor es la cantidad que recibe el trabajador que lo confeccionó. “Los clientes podrían ayudar bajo la máxima de ‘No debo comprar jeans por 9,90 euros (7 mil pesos chilenos)’ (…). Este precio no es compatible con condiciones de trabajo normales”, señaló el director ejecutivo de la Asociación de Moda GermanFashion, Thomas Rasch, en una entrevista a El Mundo.

Condiciones laborales cuestionables

No sólo los salarios son precarios en Bangladesh, las condiciones de trabajo también pueden serlo. Así quedó demostrado el 24 de abril de 2013 cuando se derrumbó el edificio Rana Plaza en Dacca -capital- matando a más de 1.100 personas, de las cuales la mitad eran trabajadoras de fábricas de prendas de vestir.

En la ocasión, también se encontraron varias niñas entre los escombros, lo que delató otra realidad: la del empleo infantil. De hecho, Rina Akter, trabajadora de la industria textil bangladesí que vive en una habitación de 4,5 x 4,5 metros cuadrados junto a sus dos hijos y gana 45 mil pesos al mes, contó al diario español El País que si bien la edad mínima legal para trabajar en las fábricas de ropa es de 18 años, muchas empiezan a los 12.

Rijans (CC) Flickr
Rijans (CC) Flickr

Además, quedó al descubierto a nivel mundial lo inseguros que son estos talleres. “Construido en terrenos pantanosos y con pisos superiores añadidos ilegalmente, el edificio (de Rana Plaza) era un desastre estructural a punto de ocurrir. Muchas de las marcas que fabrican ropa en el edificio fueron reconocibles al instante: Benetton, Mango, Primark, Walmart”, escribió Christensen sobre esta tragedia.

“Al enterarme de la noticia del desastre de Rana, me sentí triste e indignada y prometí boicotear a las marcas relevantes. Pero me confundieron los argumentos que decían que dejar de comprar todos los productos fabricados en Bangladesh perjudicaba a las compañías que realizaban mejoras en la seguridad en el lugar de trabajo y los salarios de los empleados. Mi resolución se desvaneció, pero la inquietud persistió”, indicó la abogada.

Pero los derrumbes no son el único problema, también están los incendios, que son recurrentes en las fábricas textiles de Bangladesh, generalmente ubicadas en edificios muy antiguos, de construcción defectuosa y con precarias redes eléctricas.

Todo esto se suma que al tener leyes laborales menos estrictas y que no fomentan la defensa de los derechos laborales, los trabajadores pueden tener jornadas de hasta 54 horas por semana.

Christensen explicó que el libro de 2011 “To Die For: Is Fashion Wearing the World?” (Para morir: ¿Está la moda usando al mundo?), de la periodista británica Lucy Siegle enfatiza la vulneración de los derechos humanos en varias etapas de la producción de moda rápida. Desde el trabajo infantil en la producción de algodón, hasta las condiciones de trabajo inseguras de los ensambladores de prendas, hasta los precarios salarios de quienes trabajan en la zona.

Reciente incendio en taller textil |Munir Uz Zaman | AFP
Reciente incendio en taller textil |Munir Uz Zaman | AFP

“El libro reabrió mis ojos. Ni siquiera me había dado cuenta de las asombrosas consecuencias ambientales de la moda rápida. Los ríos en los países en desarrollo, que proporcionan agua potable a los locales, están contaminados con desechos tóxicos de la producción de jeans y curtiembres de cuero. Los pesticidas se usan en exceso en la producción de algodón, causando cáncer y otros terribles problemas de salud, por no mencionar la degradación del suelo y el compromiso de su capacidad productiva”, añadió Christensen.

Lee también: Informe asegura que H&M y Zara comprarían a fábricas altamente contaminantes

Siegle -quien fue productora ejecutiva de un documental sobre la industria de la moda, llamado The True Cost, lanzado en 2015- muestra que en promedio un estadounidense consume 400% más de ropa que hace 20 años y deja una media de 37 kilos de desechos textiles cada año. Afirmación respaldada por la diseñadora de moda Eileen Fisher, quien afirmó que la industria de la confección es el segundo contaminador más grande del mundo, superada sólo por el petróleo.

“Si bien los problemas de la industria de la moda de hoy son claros, encontrar soluciones es un desafío. Muchos minoristas ahora tienen arreglos de auditoría para supervisar las condiciones de trabajo de las fábricas en las que se producen sus prendas. Pero una investigación reciente descubrió que la auditoría de la cadena de suministro está fallando tanto para los trabajadores como para el medio ambiente y solo está realmente ‘trabajando’ para los negocios”, indicó la abogada.

Eso sí, la experta en derechos humanos dijo que a raíz del desastre de Rana Plaza, hubo una acción positiva. “Firmado en mayo de 2013, el Acuerdo sobre incendios y seguridad en edificios en Bangladesh es un pacto independiente de cinco años entre marcas, minoristas y sindicatos diseñado para construir una industria de confección segura y saludable en Bangladesh. Más de 200 marcas de ropa, minoristas e importadores de más de 20 países firmaron el acuerdo”, expresó. Sin embargo, la abogada aseguró que los bajos precios a los que ofrecen sus prendas algunos minoristas suscitan dudas sobre la efectividad de este acuerdo para mejorar las condiciones y los salarios de los trabajadores, que en su mayoría son mujeres.

Prácticas antisindicales

Según una denuncia realizada en febrero de este año por la organización Human Right Watch (HRW), que defiende y promueve los derechos humanos, los administradores locales de las fábricas textiles de Bangladesh persiguen a los trabajadores que reclaman mejoras salariales y condiciones laborales más dignas.

“Perseguir a activistas sindicales e intimidar a trabajadores, en vez de atender sus reclamos salariales, empaña la reputación de Bangladesh y contradice las afirmaciones del gobierno y del sector de que están comprometidos con la defensa de los derechos de los trabajadores”, afirmó Phil Robertson, subdirector para Asia de Human Rights Watch. “Las marcas de indumentaria globales que compran productos a Bangladesh y los donantes deberían exigir al gobierno que deje de perseguir a los trabajadores y activistas de derechos laborales”.

“Los trabajadores cerraron filas en reclamo de un aumento del salario mensual mínimo, de 5.300 takas (41 mil pesos chilenos) a 15.000 (116 mil pesos) o 16.000 (124 mil pesos). En 2016, la Fair Labor Association determinó que el poder de compra del salario medio del trabajador de una fábrica de Bangladesh estaba por debajo de la línea de la pobreza establecida por el Banco Mundial”, evidenció HRW, añadiendo que la petición fue rechazada tanto por el gobierno bangladesí como por la Asociación de Fabricantes y Exportadores de Indumentaria de la zona.

¿Qué podemos hacer?

Para Christensen la solución a este problema es comprar menos y éticamente. “Busca certificaciones de comercio justo y algodón orgánico. Usa servicios de reparación de ropa. Prefiere la moda lenta, eligiendo piezas esenciales de mayor calidad que duran muchos años. Si castigamos con nuestras billeteras, la industria de la moda se verá obligada a cambiar”, expresó.

“Como la producción de nuestra ropa ahora se realiza tan lejos, hemos quedado completamente desconectados, perdiendo de vista las horas laborales involucradas y en su lugar solo considerando su precio”, enfatizó la abogada.

Otros sugieren adquirir prendas confeccionadas en países que tengan leyes laborales estrictas y dejar de lado las “made in Bangladesh”.

No obstante, para Kalpona Akter -extrabajadora infantil de estas fábricas- esa no es la solución.

“No boicoteen la ropa hecha en Bangladesh, esa no es la solución, es nuestra principal industria y es nuestro trabajo”, dijo al diario news.com.au.

Pero pregunta al gerente de la tienda de dónde vienen sus jeans o ropa, y si la persona que los hizo recibe un salario justo. Probablemente no sabrán la respuesta, pero si la gente lo pregunta, finalmente llegará a la cima de la cadena”, recomendó.

Kalpona Akter | Human Rights Watch
Kalpona Akter | Human Rights Watch

Akter, quien es directora ejecutiva del Centro de Solidaridad con los Trabajadores de Bangladesh, reconoce que marcas han tomado medidas en los últimos años para que la fabricación sea más ética, pero a su juicio no han ido lo suficientemente lejos.

“Pueden haberse unido al Acuerdo de Bangladesh sobre seguridad contra incendios y construcción, pero ¿pueden garantizar que los trabajadores reciban un salario justo?”, manifestó. “(Pagar) el salario mínimo no es suficiente para sostener un salario digno sostenible. Si las grandes marcas dieran sólo unos pocos centavos de sus enormes ganancias, eso haría una gran diferencia para los trabajadores en Bangladesh. Sí, necesitamos empleos, pero también necesitamos dignidad”, expresó la mujer.

Kalpona comenzó a trabajar en una fábrica de ropa con su hermano menor cuando tenía sólo 12 años. “Recuerdo que trabajé entre 16 y 20 horas y estaba tan cansada que dormíamos en el piso de la fábrica”, dijo. Trabajaba 400 horas al mes y le pagaban 3 mil pesos chilenos. “Hubo abuso verbal y nos abofetearon por cometer errores menores”, confidenció.

Pese a todo, ella reconoce que la indsutria textil es la columna vertebral de la economía local. “Alrededor del 80% de nuestras exportaciones son prendas de vestir y la industria emplea a cuatro millones de personas, el 80% de las cuales son mujeres”, manifestó.

Aunque reconoce que las condiciones han mejorado desde lo ocurrido en Rana Plaza en 2013, sabe que aún hay mucho por hacer.

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