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¿Qué realidad esconden los fantásticos “cuentos de hadas”?

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Si la Pincoya y el Pincoy, el Trauco, y el Invunche –por nombrar sólo a algunos de los cientos de personajes de “nuestro folklore”–, fuesen Mitos europeos, serían parte integral de los “Cuentos de Hadas”, y seguramente hace mucho habrían sido llevados al cine por Disney, en versiones sumamente edulcoradas, aptas para niños.

Por Alexis López Tapia

Director
Rutas de Nuestra Geografía Sagrada

Esta tendencia a la “infantilización” de los “Cuentos de Hadas” se inició a comienzos de 1800, cuando autores como los hermanos Grimm –entre otros– recurrieron a viejas leyendas germánicas, como una reacción pedagógica del nacionalismo romántico alemán ante los efectos de la invasión napoleónica.

Así nacieron los “Cuentos de Hadas de los Hermanos Grimm”, con personajes hoy globales como Blancanieves, la Cenicienta, Hänsel y Gretel, Rapunzel, la Bella Durmiente, el Gato con Botas y Pulgarcito, entre otros muchos que actualmente han llegado a niveles de deconstrucción absolutos, al ser resignificados hasta el total absurdo, en películas como Shrek, o simplificados en extremo, como en Harry Potter.

En su origen, sin embargo, los Cuentos de Hadas no sólo no eran para niños –los propios hermanos Grimm debieron censurar y suavizar sus primeras ediciones, por las fuertes críticas sobre su crudeza– sino, además, no pertenecían al corpus de los grandes “Mitos”.

Se trataba de meras “leyendas”, “cuentos de viejas” o “antigüedades populares”: eran parte del “floklore”, precisamente al que recurrieron los hermanos Grimm como fuente de sus cuentos.

A inicios del Siglo XX, el psicoanálisis intentó clasificar estos cuentos como intentos infantiles por “superar las frustraciones narcisistas, los conflictos edípicos, las rivalidades fraternas; renunciar a las dependencias de la infancia; obtener un sentimiento de identidad y de autovaloración, y un sentido de obligación moral” (Bettelheim, 1994).

Por su parte, la psicología junguiana identificó a muchos de los personajes de estas leyendas con Arquetipos, y fue a partir de esa noción que el mitólogo Joseph Campbell logró comprender la estructura subyacente en estos relatos, que ejemplificó en obras como “El Héroe de las mil caras”, utilizada como base para la saga de “La Guerra de las Galaxias” por George Lucas.

En todos estos casos, y los ejemplos son demasiados para poder resumirlos en una breve nota como ésta, hay una formulación básica que equipara estos “cuentos” o “mitos” sólo con “fantasías”, es decir, con relatos sin fundamento en la realidad.

Sin embargo, en 1921 la antropóloga y arqueóloga británica Margaret Murray, especialista en egiptología –fuertemente influida por el clásico “La Rama Dorada”, del antropólogo Sir James Frazer–, publicó su tesis “El culto a las brujas en Europa occidental”, afirmando que muchos de estos cuentos, y en particular la llamada “brujería”, reflejaban la existencia de una religión pre-cristiana que existió en Europa desde el período neolítico hasta bien avanzada la Edad Media.

A esa tesis inicial siguieron obras como “El Dios de los Brujos”, y “El rey divino en Inglaterra”, donde detalló algunos de los aspectos y rituales de la “religión de las brujas”, así como la supuesta pertenencia secreta a ese culto de figuras históricas como Juana de Arco o Gilles de Rais.

Fuertemente criticada por corrientes antropológicas materialistas, así como por su débil apego a las fuentes, las tesis de Murray son actualmente consideradas “completamente inaceptables” por esas escuelas. No obstante, las ideas de la autora sirvieron de base para sectas paganas modernas como la denominada “Religión Wicca”, que se desarrolló en Inglaterra durante la década de 1940 a 1950, y que actualmente es una de las raíces ideológicas del movimiento feminista global.

Sin embargo, en 1989, la arqueóloga lituana Marija Gimbutas publicó “El lenguaje de la Diosa”, una exhaustiva obra que resumía 40 años de excavaciones en más de 5.000 sitios paleolíticos y neolíticos europeos, evidenciando la existencia de una antigua religión subyacente en Europa desde la edad de piedra hasta fechas tan avanzadas como 1800. A esta obra siguieron otras como “La civilización de la Diosa” (1991), “La Diosa viviente” (1999) y el póstumo “Diosas y Dioses de la Vieja Europa, 7.000-3.500 a.C.” (2014).

Al respecto, el propio Joseph Campbell y el antropólogo Ashley Montagu compararon la importancia de la obra de Gimbutas con el descubrimiento de la “Piedra Rosetta”, que permitió descifrar los jeroglíficos egipcios. El editor personal de la arqueóloga señaló que:

“Aunque sea considerado impropio en la arqueología general interpretar la ideología de las sociedades prehistóricas, resultó obvio para Marija que cada aspecto de la vida en la «Vieja Europa» expresaba un sofisticado simbolismo religioso. Por eso, ella se dedicó a un exhaustivo estudio de los símbolos e imágenes del Neolítico para descubrir su significado social y mitológico. Para llevar a cabo esta labor, fue necesario abrir el ámbito de la arqueología descriptiva incluyendo estudios lingüísticos, mitología, religiones comparadas y el estudio de los documentos históricos. Ella denominó este interdisciplinario acercamiento arqueomitología”.

La evidencia acumulada por Gimbutas resulta incuestionable y, aunque la autora es casi desconocida en nuestras escuelas de arqueología, sus investigaciones son hoy la base de los modernos estudios sobre el Neolítico europeo, permitiendo comprender por primera vez la ideología y cultos de la Europa arcaica y su proyección en la mayoría de las Mitologías y leyendas del floklor europeo moderno.

Así, la noción de que los “Cuentos de Hadas” son algo más que meras fantasías hoy posee un sólido fundamento científico: la evidencia arqueológica y antropológica actual indica que en realidad se trata de relatos cuyo trasfondo se hunde en las propias raíces de la civilización, en la época de las “Diosas”, que remiten a un período muy anterior a la aparición de las “religiones” –paganas o reveladas–, anterior a la agricultura, anterior a las sociedades socialmente estratificadas del Neolítico y muchísimo antes del surgimiento de los “Dioses creadores”.

Venus de Hohle Fels, www.laop-consult.de (c)

Dada la antigüedad de este extenso período prehistórico –cuyos orígenes simbólicos pueden ser evidenciados ya hace 40.000 años con la “Venus de Hohle Fels” en Alemania-, es posible señalar que la mayoría de las culturas del planeta poseen registros similares y que el folklor, las leyendas y los mitos de todas ellas pueden poseer elementos de ese sustrato común, originado mucho antes de la división geográfica, étnica y social que surgió en el Neolítico junto con el inicio del período interglacial en que actualmente vivimos.

Se trata entonces, efectivamente, de relatos “Arquetípicos” en el sentido estricto del término, ya que nos retrotraen a una época donde el modelo adaptativo de los pequeños clanes humanos se basaba en la matrilinealidad –concepto diferente del mal llamado “matriarcado”–, donde la estrategia adaptativa fundamental era la supervivencia de las mujeres, recolectoras por definición, y sus hijos, por sobre los hombres, que tenían vidas mucho más accidentadas y cortas, en tanto su rol fundamental como cazadores.

Señalemos entonces que la figura de la “Hada” –la versión positiva de la “Bruja”–, remite a una humanidad donde el rol adaptativo fundamental lo tenían las mujeres, no sólo porque eran madres de los hombres –las verdaderas “creadoras”–, sino porque habitualmente vivían más que ellos, transmitían la cultura, oficiaban en los ritos y sostenían a los clanes en el período de ausencia de animales de caza, gracias a su labor permanente de recolección. En un paralelo zoológico grosero, era el equivalente a la sociedad matrilineal de LAS elefantes, por contraposición al modelo adaptativo de LOS lobos, basado en la patrilinealidad del macho Alfa.

La Pncoya, http://mitosyleyendascaramelovallenar.blogspot.cl (c)

Por ello, como indicamos en un comienzo, en nuestro país leyendas como la Pincoya –figura cualitativa y cuantitativamente más relevante que su consorte, el Pincoy–, pueden entonces constituir registros arcaicos, de ese extenso período adaptativo de nuestra especie. Lo mismo ocurre con los relatos del Kloketén y la mitología de los Hain entre los Selknam u “Onas”, una evidencia notable del crudo cambio del modelo adaptativo matrilineal al patrilineal en esa cultura, así como la pervivencia entre los Mapuche de la vestimenta femenina en los “Machis”.

Fotografía de Martin Gusinde, pueblosoriginarios.com (c)

En la Europa arcaica, los cretenses, los espartanos, los germanos, los lidios, los etruscos, los romanos primitivos y los astures –de los que descendía Pedro de Valdivia (su apellido materno)– tenían claros rasgos de organización matrilineal. Indicios de ese sistema pervivieron incluso en el Derecho Romano, que reconocía dos fuentes de parentesco: el “natural” o “Cognatio”, basado en la madre, y el civil o “Agnatio” basado en la autoridad paterna y transmitido sólo por varones. En latín el tío materno era llamado “avunculus”, de “avus”, antepasado, y el paterno era sólo “patruus”.

Resabios de esa división ancestral quedaron en la vieja sentencia “los hijos de mis hijas mis nietos son, de los hijos de mis hijos seguro no estoy”.

Por ello, ya sea en su versión como “Hada” o “Bruja”, los relatos que hemos heredado en los “Cuentos de Hadas” son un testimonio del período adaptativo más largo que vivió nuestra especie, y que con seguridad se retrotrae mucho antes de la aparición del Homo sapiens.

En América y en Chile ese extenso período adaptativo –el llamado Paleoindio por contraste al Paleolítico europeo– no está tan documentado como en el viejo continente. Sitios como “Monte Verde I” (14.800 a.P.) en Puerto Montt, el lugar habitado más antiguo de América a la fecha, sólo han sido investigados desde una perspectiva material, sin que sea fácil deducir de esos restos la estructura social que les dio origen, aunque hay claras evidencias de la importancia de la recolección, por ejemplo, con la presencia de restos de al menos 9 especies diferentes de algas, 7 de ellas comestibles, 22 especies de plantas no locales y 55 taxones de plantas locales, además de numerosos restos de carne y cuero de animales, incluyendo mastodontes, frutos de la caza.

De igual modo, la categorización de las “leyendas folklóricas” como meros relatos fantásticos impide, o al menos obstaculiza, su comprensión como manifestación de una realidad material ancestral que se expresó en el lenguaje mítico que todas las culturas del planeta heredaron.

Por eso, la sobre simplificación, re significación y deconstrucción actual de los “Cuentos de Hadas” constituye parte de la pérdida de este valioso legado de nuestros ancestros, particularmente de nuestras viejas “Diosas Madre” que existieron muchísimo antes de que nacieran los “Dioses”.

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