¿Será que aquellos hitos arqueológicos hollados por el hierro y la mampostería durante más de ocho décadas, confabulándose con la Ley de Monumentos Nacionales, han logrado imponer su sagrada voz, en reclamo de sus memorias?

Ad portas de cumplirse una década desde esa noche de pesadilla que sumió en llamas al Mercado de Temuco, a inicios de este año se han retomado las conversaciones destinadas a la reconstrucción definitiva de dicho patrimonio comunal, promesa esperanzadora para la ciudadanía y, especialmente, para los damnificados locatarios del otrora popular Centro de Abastos.

Sin embargo, aquel 20 de abril del año 2016, se gestó un evento que hasta hoy conserva en sus ruinas un misterio que trasciende la negligencia edilicia hacia las raíces mismas de las creencias ancestrales.

Y es que, a diferencia de otro importante proyecto de incomparable magnitud, sepultado bajo el letargo burocrático del Ministerio de Obras Públicas (MOP) y de la Secretaría regional (SEREMI), referido a “La Ruta del Villarrica”, destinado a la construcción de la necesaria doble vía de la ruta Freire-Villarrica-Pucón, la reconstrucción del Mercado Municipal de Temuco tiene aristas consideradas de mal agüero por la opinión popular.

En efecto, los sucesos que han ralentizado los intentos de reconstrucción desde el año 2016 podrían catalogarse como una “tormenta perfecta de infortunios”:

Un diseño complejo y oneroso; licitaciones fallidas; hallazgos arqueológicos en el subsuelo de las ruinas; una pandemia que se extendió por más de tres años; irregularidades legales por parte de la empresa constructora que finalmente se había adjudicado la obra; y, lo más reciente, a inicios de este año, la suspensión del vínculo institucional entre el Gobierno Regional (GORE) y la Municipalidad de Temuco, propiciado por un incumplimiento normativo por parte del municipio relativo a la retrasada “Recomendación Satisfactoria” (RS) que debía emanar del Ministerio de Desarrollo Social para autorizar el compromiso de los recursos.

En vista de este patrón de acontecimientos “fortuitos”, ¿podríamos esperar un pronóstico más halagüeño durante el año en curso? ¿O continuarán batallando en aquel lugar invisibles fuerzas en conflicto, impidiendo su renacimiento?

¿Será que aquellos hitos arqueológicos hollados por el hierro y la mampostería durante más de ocho décadas, confabulándose con la Ley de Monumentos Nacionales, han logrado imponer su sagrada voz, en reclamo de sus memorias?

Memorias… de una época de Pacificación. De un sitio primigenio de intercambio cultural y comercial entre colonos y nativos.

Memorias… sepultadas por la sed de usura de un mundo moderno y por desfiles rimbombantes de la moda y vanidad.

Memorias… perturbadas por el eco de los gritos de una competencia desquiciada.

Como ciudadanos testigos de esta historia, cabe preguntarnos: ¿Habrá expirado aquel oscuro presagio que retiene el renacer del corazón patrimonial de nuestra comuna? ¿Volverán a bullir las gentes por entre sus pasillos renovados y empapados de aquella nostálgica fragancia del marisco y choripán? ¿Probaremos otra vez la cazuela “con barandas”, bien servida por la pintoresca y alegre mesera? ¿Florecerá de nuevo Temuco en su Mercado Modelo, llamando al turista desde la tradición pesquera, artesanal y campesina de nuestro territorio?

Con anticipada respuesta, resuena la voz promisoria de Ricardo Toro, exdirector de la Secretaría Comunal de Planificación: «Primero, la entrega de los locales comerciales en 2027 y, luego, la finalización total del mercado en 2028. Todo esto dependerá de la obtención de los recursos necesarios a nivel central».

Aguardando el cumplimiento de dicha promesa, permanecerá el mendigo inamovible, silencioso, proscrito… desde su esqueleto calcinado y su descascarada frente plañirá por su vieja gloria, sucumbiendo su argamasa al tizne y polilla, sumergido en esa pena insomne que, desde aquella pesadilla, lo tiene todavía suplicando por morir… o revivir.

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