Opinión
Jueves 29 noviembre de 2018 | Publicado a las 11:43
¬ŅC√≥mo los ciudadanos podr√≠amos "cuidar nuestro Ej√©rcito"?
Por Tu Voz
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En medio de la alucinante revelaci√≥n de la serie de delitos perpetrados, principalmente por los altos mandos del ej√©rcito, del cuerpo de carabineros, y seg√ļn lo indican las √ļltimas investigaciones de la fiscal√≠a, tambi√©n de otras ramas de las FF AA, el ministro de Defensa ‚ÄďAlberto Espina-, llam√≥ a los chilenos a ‚Äúcuidar nuestro ej√©rcito‚ÄĚ (¬°!)

¬ŅQu√© nos quiere decir el ministro? ¬ŅCu√°l es el mal que aqueja al ej√©rcito y de qu√© modo nosotros, ciudadanos de a pie, podemos velar por su recuperaci√≥n? Y si las palabras del ministro aludiesen a una amenaza, m√°s o menos precisa, contra la instituci√≥n castrense, ¬Ņno ser√≠a √ļtil que √©l mismo la identificase, para que su llamado pudiese ganar fuerza y surtir alg√ļn efecto?

Quisiera tener la entera convicci√≥n de que, para el ministro de Defensa lo que amenaza a los uniformados, no es el actuar del Ministerio P√ļblico ni de los Tribunales de Justicia. M√°s a√ļn, me parece indispensable confiar en que, para Alberto Espina, la acci√≥n de la justicia contra altos mandos y personal subalterno de las FF.AA., no tiene por objeto ‚Äúbrindar al pa√≠s el infamante espect√°culo de un desfile de uniformados ante los tribunales‚ÄĚ, como rezaban los lamentos de los responsables ‚Äúactivos y/o pasivos‚ÄĚ de los cr√≠menes perpetrados por la dictadura c√≠vico-militar, cuando alg√ļn valiente magistrado intentaba luchar contra la impunidad de los criminales.

Ahora bien, sobre lo que no cabe ninguna duda es que es a este ministro de Defensa a quien corresponde el m√©rito de haber roto la desmoralizante tradici√≥n, prolijamente conservada en este ministerio, de ‚Äúhacer la vista gorda‚ÄĚ y ocultar la basura bajo la alfombra. Aunque no resulte grato para muchos de quienes hoy est√°n en la oposici√≥n, es necesario admitir que ning√ļn ministro de Defensa del per√≠odo 1990-2017 (desde Patricio Rojas hasta Jos√© Antonio G√≥mez, -incluidos los ministros del primer gobierno de Pi√Īera-, huelga detallar la lista so pena de herir demasiadas susceptibilidades…), absolutamente ninguno se atrevi√≥ a abrir la caja de Pandora militar.

Hans Scott | Agencia Uno
Hans Scott | Agencia Uno

Sean las que fueren, las razones que impidieron a los ex ministros de Defensa, hacer lo que se deb√≠a, nada excusa la lenidad con la que se desempe√Īaron; y como lo cort√©s no quita lo valiente, es de buena lid aceptar que quien hoy le pone el cascabel civil al gato de campo castrense, no fue ni un activo opositor a Pinochet, ni un detractor del sistema pol√≠tico, econ√≥mico y social instaurado a partir del golpe de Estado c√≠vico-militar.

Volviendo a la cuestión inicial, me parece que son las propias FF.AA. quienes deben cuidar y proteger su integridad institucional y moral. La ciudadanía, puede y debe, coadyuvar y estimular esa tarea fortaleciendo el poder civil y los valores democráticos sobre las instituciones armadas; pero, las irregularidades administrativas, la arbitrariedad y los delitos cometidos dentro de las instituciones armadas, deben ser sancionados, en primer lugar, por las autoridades de esas instituciones, y cuando ello no ocurre, son dichas instituciones las que claudican ante sus obligaciones primordiales.

Queda, no obstante, por identificar el mal que aqueja a nuestro ejército, para lo cual no se puede sino esbozar una hipótesis, dada la inmensa envergadura del problema.

Descartemos las pistas falsas que, asignando la responsabilidad de los hechos delictuosos exclusivamente a personas debidamente individualizadas, conducen a callejones sin salida que nos alejan de la comprensión del origen, desarrollo y magnitud del mal que queremos identificar.

Desde los exministros de oposici√≥n hasta los del primer gobierno de Pi√Īera, absolutamente ninguno se hab√≠a atrevido a abrir la caja de Pandora militar.
- Gabriel Salinas √Ālvarez

La conducta delictiva y todas las manifestaciones de corrupci√≥n que han minado gravemente la dignidad y socavado la legitimidad de las FF.AA., son causa y a la vez efecto del militarismo; militarismo cuya impronta es perceptible en nuestra sociedad desde los inicios de la Rep√ļblica. Se trata de ‚Äúun vasto conjunto de costumbres, intereses, acciones y pensamientos asociados con la utilizaci√≥n de las armas y con la guerra y que sin embargo trascienden los objetivos puramente militares.‚ÄĚ (1)

En la medida en que persisten y aumentan las condiciones favorables a su desarrollo, el militarismo refuerza su auto referencia corporativa en detrimento de las instituciones civiles que representan el inter√©s com√ļn. Para lograr aquello, el militarismo ‚Äúse asigna fines ilimitados; tiende a permear de s√≠ toda la sociedad, a impregnar la industria y el arte, a dar la preminencia a las fuerzas armadas sobre el gobierno; rechaza la cientificidad de toda elecci√≥n y de su racionalidad y ostenta caracter√≠sticas de casta y de culto, de autoridad y de fe‚ÄĚ (2)

Sin perjuicio de lo anterior, hay que se√Īalar que el militarismo distorsiona la relaci√≥n fundacional sobre la que se alza la Rep√ļblica; relaci√≥n establecida entre los civiles desarmados y los uniformados detentores del monopolio de la fuerza. El tributo que √©stos deben pagar a aquellos, por el formidable privilegio de disponer legalmente de las armas y, por lo tanto, la libertad de ejercer la violencia, es el compromiso de permanecer absolutamente subordinados a la voluntad democr√°ticamente expresada por la mayor√≠a civil de la poblaci√≥n.

Es innecesario abundar aquí sobre lo que ha significado para nuestra sociedad el que el militarismo haya puesto, en reiterados momentos de nuestra historia, la sociedad bajo el control de los militares, siendo el episodio abierto con el golpe de Estado de 1973 el más cruento y de más profundas consecuencias en la vida nacional.

Es, en cambio, sumamente necesario, asumir que el militarismo que caracteriza al ejército, no constituye un patrimonio exclusivo de las distintas ramas de las FF.AA. En efecto, amplios sectores de la población adoptan posiciones abierta, o veladamente, militaristas, particularmente en períodos de crisis social y política. Ese militarismo es esencialmente reactivo y expresa el repudio, principalmente, de las masas populares a un estado de cosas en el que la actividad política y el ejercicio de la democracia han sido gravemente desacreditados por la incuria de la clase política y la creciente asimetría en la distribución del ingreso y del acceso a los bienes y servicios indispensables para garantizar una vida digna y segura.

Ese repudio a la clase pol√≠tica y a la corrupci√≥n, toma forma en una demanda, cada vez m√°s acentuada, de un cambio en la √©lite detentora del poder. La oficialidad de las FF.AA. aparece entonces, ante los ojos de parte significativa de los sectores populares, como el personal id√≥neo para tomar a cargo los ‚Äúdestinos de la patria‚ÄĚ, poniendo al servicio de la naci√≥n, su ‚Äúdisciplina‚ÄĚ, su ‚Äúprofesionalismo‚ÄĚ, su ‚Äúsentido del deber‚ÄĚ.

Sebasti√°n Beltr√°n | Agencia Uno
Sebasti√°n Beltr√°n | Agencia Uno

Esta representaci√≥n de los uniformados en el imaginario popular es completada con elementos de la ideolog√≠a conservadora y clerical de los sectores m√°s arcaicos de la oligarqu√≠a nacional. Sectores conservadores que constituyen el ‚Äúpartido del orden‚ÄĚ cuyo objetivo fundamental, es llevar a cabo los cambios que deber√≠an significar un retorno ‚Äúal orden‚ÄĚ que supuestamente preexist√≠a a la situaci√≥n de crisis y de desorden.

A lo largo de su historia, el militarismo se ha convertido en una ‚Äúconcepci√≥n del mundo‚ÄĚ compuesta por un variopinto mosaico de elementos provenientes de distintas variantes del pensamiento conservador autoritario, del tradicionalismo cat√≥lico, del ‚Äúsentido com√ļn‚ÄĚ y del folklore de los cuarteles. Se trata pues, de un conjunto heterog√©neo de ideas que se funden en una especie de ‚Äúsubcultura‚ÄĚ cultivada y reproducida en las Escuelas y Academias militares, instituciones que deben garantizar la coherencia y solidez de la ideolog√≠a castrense, bajo la forma de una doctrina inmune a las influencias ‚Äúindeseables‚ÄĚ provenientes del exterior.

He ah√≠, imperfectamente enunciada y precariamente esbozada nuestra respuesta acerca del mal que aqueja a nuestro ej√©rcito. Queda en suspenso la insoslayable pregunta sobre qu√© hacer para ‚Äúcuidarlo‚Ä̂Ķ

Creo que un primer paso a dar es definir cu√°l es el polo opuesto al militarismo, y a partir de ello comenzar a imaginar los pasos siguientes, en el camino conducente al establecimiento de un equilibrio entre la sociedad de los civiles y las FF.AA.

La ant√≠tesis del militarismo que conocemos en Chile, no es un militarismo de signo ideol√≥gico opuesto, puesto que ambos tienen una esencia com√ļn, difiriendo s√≥lo en la orientaci√≥n de su accionar. Tampoco el pacifismo es la ant√≠tesis del militarismo: ‚ÄúLo contrario de militarismo es por lo tanto Poder de los civiles y no pacifismo‚Ķ Lo contrario de pacifismo -amor por la paz-, es en efecto belicosidad, amor por la guerra‚ÄĚ (3)

(1) NORBERTO BOBBIO, NICOLA MATTEUCCI Y GIANFRANCO PASQUINO, Diccionario de Política. Siglo XXI Editores, Madrid, Décima edición, 1998.
(2) Ibídem
(3) Ibídem

Gabriel Salinas √Ālvarez
Doctor en Ciencias Sociales de la Universidad Libre de Bruselas

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