Muchos chilenos ven en esta coincidencia algo más que un hecho circunstancial. Ven el reflejo de una aspiración colectiva: que Chile vuelva a ser un país donde el orden, el respeto y la institucionalidad no sean negociables.
La reinstalación del monumento al general Manuel Baquedano en el corazón de Santiago no es un simple acto urbano ni una decisión estética. Es, ante todo, una señal política y cultural de gran profundidad: Chile comienza a reencontrarse con el respeto por su historia, por sus símbolos y por la institucionalidad de la República.
Durante años, la plaza que lleva su nombre fue convertida en escenario de violencia y vandalismo. Bajo el pretexto -a veces legítimo, otras no- de la protesta social, se normalizó algo que en cualquier democracia madura resulta inaceptable: la destrucción de bienes públicos y privados, el ataque a monumentos históricos y la humillación deliberada de símbolos nacionales.
Pero los países no pueden construir su futuro si renuncian a defender su historia.
El general Manuel Baquedano no es simplemente una estatua. Representa a una generación de chilenos que defendieron al país durante la Guerra del Pacífico, un episodio decisivo en la construcción del Chile moderno.
Como toda figura histórica, su legado puede ser discutido, analizado o reinterpretado. Lo que no puede aceptarse es que el patrimonio histórico de una nación sea destruido o profanado por la violencia callejera.
Por eso, que Baquedano vuelva al lugar del que nunca debió haber salido tiene un significado mayor. Y ocurre, además, en un momento profundamente simbólico: el inicio de una nueva etapa política para el país con la asunción de José Antonio Kast a la Presidencia de la República.
Muchos chilenos ven en esta coincidencia algo más que un hecho circunstancial. Ven el reflejo de una aspiración colectiva: que Chile vuelva a ser un país donde el orden, el respeto y la institucionalidad no sean negociables.
En este contexto, corresponde también expresar un sincero reconocimiento y agradecimiento a todas las autoridades, instituciones y personas que hicieron posible que el monumento al general Baquedano volviera a su lugar. En tiempos en que tantas veces se opta por el silencio o la inacción frente al vandalismo, haber tomado la decisión de restituir este símbolo histórico es un gesto que merece ser valorado.
Porque cuando un país permite que su historia sea derribada en una plaza pública, también comienza a resquebrajarse la idea misma de República.
La reinstalación del monumento debería abrir ahora un debate necesario: cómo proteger de manera permanente los símbolos que forman parte de nuestra memoria nacional. Una alternativa razonable sería establecer una guardia ceremonial permanente inspirada en la que custodia el Monumento a los Héroes de Iquique, ubicado en Plaza Sotomayor, bajo la custodia de la Armada de Chile.
Ese modelo no solo protege el monumento. También educa, honra y recuerda. Los héroes de Chile no pertenecen a una corriente política ni a una generación específica. Son parte de la historia de la nación. Y la historia de una nación merece respeto.
La reposición de Baquedano en su plaza es, por eso, mucho más que la reinstalación de una estatua. Es el símbolo de un país que comienza a recuperar el respeto por sus instituciones, por sus bienes públicos y privados, y por la memoria que lo constituye. Baquedano vuelve a su lugar.
Y con él vuelve también una convicción esencial: que el orden, el respeto y la República deben volver a ser el punto de partida de la vida pública en Chile.
Para muchos ciudadanos, ese mensaje adquiere un significado aún más profundo en el inicio del gobierno de José Antonio Kast.
Porque cuando una nación vuelve a cuidar sus símbolos, también comienza a reconstruir su República, que así sea.
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