La madera estructural, correctamente trabajada y dimensionada, tiene un comportamiento frente al fuego predecible y, en muchos casos, más estable que otros materiales.

Hablar de arquitectura en madera es hablar de un futuro posible para nuestras ciudades. Los países nórdicos, Alemania, Canadá, Estados Unidos y Japón son algunos ejemplos de naciones en que la madera se ha consolidado como una solución eficiente para la industria de la construcción, no solo por su aporte a la sustentabilidad y a la reducción de la huella de carbono, sino también por su buena relación precio–calidad y por los beneficios que entrega en términos de confort térmico, calidad del aire interior y bienestar de quienes habitan estas viviendas.

Para un país como el nuestro, y en particular para una región forestal como Biobío, la madera ofrece ventajas difíciles de ignorar, que nos llevan a preguntarnos por qué nos hemos demorado tanto en incorporarla como protagonista en nuestros modelos de construcción imperantes.

La respuesta es larga, pero no hay duda de que uno de los obstáculos ha sido un temor cultural profundamente instalado: la idea de que las viviendas de madera son más vulnerables frente a los incendios.

Este miedo, muchas veces heredado y poco cuestionado, ha limitado su desarrollo y aceptación. Pero la evidencia técnica demuestra que el problema no es la madera como material, sino la forma en que se diseña, se construye y se mantiene una vivienda.

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La madera estructural, correctamente trabajada y dimensionada, tiene un comportamiento frente al fuego predecible y, en muchos casos, más estable que otros materiales.

En incendios de alta intensidad se ha observado que grandes vigas de madera pueden resistir temperaturas extremas durante más tiempo, mientras elementos metálicos se deforman o colapsan rápidamente. El riesgo real aparece cuando existen malas prácticas constructivas, detalles mal resueltos o entornos descuidados.

Un temor que sin duda se amplifica en la interfaz rural, puesto que los incendios forestales no actúan como incendios urbanos tradicionales. Muchas viviendas no se queman por el contacto directo con las llamas, sino por fenómenos como la lluvia de brasas o la radiación térmica.

Canaletas con hojas secas, ventilaciones sin protección, materiales inflamables acumulados o vegetación muy cercana a la vivienda pueden transformarse en puntos críticos. Son detalles pequeños, pero decisivos.

Prevención

Desde esta mirada, la prevención se vuelve una tarea cotidiana y posible. Mantener despejado el entorno inmediato, revisar techumbres, proteger ventanas y ordenar patios son medidas simples, de bajo costo y altamente efectivas. No se trata de grandes inversiones, sino de información y anticipación.

En Biobío Madera, programa estratégico impulsado por Corfo, este enfoque se ha traducido en un trabajo concreto a través del Comité Gestor de Prevención de Viviendas frente a Incendios Forestales, que tengo el honor de coordinar.

Este comité ha impulsado el desarrollo de la Guía para la Preparación de Viviendas frente a Incendios Forestales, videos didácticos y material educativo orientados a acercar el conocimiento técnico a la ciudadanía, especialmente en zonas de interfaz urbano-forestal.

La experiencia demuestra que la prevención no puede ser solo individual. Una vivienda preparada en un entorno no preparado sigue estando en riesgo.

Por eso, el trabajo comunitario y la organización territorial, a través de redes de prevención, son fundamentales para construir ciudades más seguras y resilientes.

Avanzar hacia una arquitectura en madera implica también avanzar hacia una cultura de la prevención. Superar los mitos, informarse y actuar a tiempo es parte de la transformación urbana y rural que hoy necesitamos.