El pasado martes se vivió una jornada de duras protestas y violencia en las principales ciudades de Francia. El saldo es clarificador: más de 250.000 movilizados, 480 detenidos y una decena de policías heridos.
De acuerdo a lo que sostiene El País, se trata de un fenómeno que comenzó por una crisis educacional, en torno a las malas condiciones de los colegios públicos y el desgaste del sistema, a la que se plegaron otros sectores sociales.
Protestas en Francia complican a Macron
“El malestar, sin embargo, no se circunscribe a la educación. El descontento también ha comenzado a centrifugar en torno a la crisis energética y al precio de los carburantes en las gasolineras. La cólera no cogió por sorpresa a nadie”, detallaron.
“Pero su aspecto es otro. Francia temía el regreso de los chalecos amarillos, convocados a un presente marcado por los recortes y la subida del precio de los carburantes. Pero hay mucho más. Es una revuelta con aroma a cambio de época”, añadieron.
De hecho, muchos tachan esta situación el “hartazgo de 10 años de Emmanuel Macron en el poder”, aludiendo a un gobierno que no es precisamente popular.
A saber, de las últimas encuestas ninguna entrega más de 20% de aprobación al actual presidente Francés: Elabe 17%, Verian 18% y Yougov 17%.
De hecho, la cara del Ejecutivo en torno al descontento social ha sido el primer ministro Sébastien Lecornu, que ordenó a sus ministros preparar respuestas a las principales demandas de los estudiantes.
Entre las medidas planteadas están garantizar la sustitución de profesores ausentes, revisar la duración de la jornada escolar —que en muchos casos se extiende desde las ocho de la mañana hasta las seis de la tarde—, ampliar los descansos para el almuerzo y acelerar las reparaciones de edificios escolares deteriorados.
No obstante, sostiene Le Figaro, todas estas propuestas carecen de un financiamiento. Francia atraviesa una situación fiscal delicada, con un déficit elevado, una deuda cercana al 120% del PIB y un aumento del costo de financiación del Estado.
El rendimiento de los bonos franceses a diez años llegó a superar el 5% la semana pasada, su nivel más alto en más de dos décadas, antes de retroceder. La presión sobre la deuda también comenzó a repercutir sobre el euro.
Las protestas también irrumpieron en la política nacional francesa. A siete meses de las elecciones presidenciales, los principales partidos intentan posicionarse frente a una movilización que todavía no tiene un liderazgo político único.
La Francia Insumisa, el movimiento de izquierda de Jean-Luc Mélenchon, respaldó las protestas. El propio Mélenchon participó en la manifestación de París y pidió a los jóvenes mantener la prudencia, al tiempo que celebró la magnitud del movimiento.
Lecornu, en cambio, acusó al conglomerado de utilizar el malestar estudiantil con fines políticos y de contribuir a alimentar los episodios violentos. El Gobierno también enfrenta críticas desde la derecha, que reclama una respuesta más dura frente a los bloqueos y los disturbios.
La tensión llega además cuando Marine Le Pen aparece como una de las principales favoritas para las presidenciales de 2027 y defiende una reducción del gasto público como parte de su estrategia económica.
Por ahora, el desafío para el Gobierno francés no consiste solamente en recuperar el control de las calles. Lecornu deberá demostrar que puede responder a esas demandas sin agravar el desequilibrio de las cuentas públicas y, al mismo tiempo, evitar que una protesta que comenzó en los institutos termine convirtiéndose en un conflicto político de mayor alcance.
Por ahora, la movilización continúa y el Gobierno prepara nuevas respuestas para finales de octubre. La pregunta es si esas medidas alcanzarán para desactivar el movimiento o si Francia se encamina hacia un nuevo otoño de protestas sociales, esta vez protagonizadas por una generación que todavía no vota en las presidenciales de 2027 pero que ya empieza a ocupar el centro de la escena política.