El presidente argentino Javier Milei empezó a mover una pieza delicada del tablero geopolítico de su país. No lo hizo en Buenos Aires sino en Londres, a través de una entrevista con el medio británico The Telegraph, en la que confirmó que Argentina avanza en levantar el bloqueo a la compra de armamento británico, una restricción que rige como consecuencia directa de la guerra de las islas Malvinas en 1982.
Más allá de lo militar, que en los últimos meses se vio reforzado por la compra de aviones F-16, el mandatario trasandino quiere “sanar” el vínculo con el Reino Unido, deteriorado hace cuatro décadas y atravesado por silencios diplomáticos, reproches históricos y desconfianzas mutuas.
Así las cosas, Milei anticipó su intención de viajar a Londres entre abril y mayo de 2026 y de reunirse con el primer ministro Keir Stramer, a pesar de la distancia ideológica en política. De concretarse, sería la primera visita oficial de un presidente argentino en casi 30 años, ya que la última fue la de Carlos Menem en 1998.
En la entrevista con The Telegraph, Milei afirmó que la soberanía argentina sobre las islas Malvinas “no es negociable”. Pero inmediatamente introdujo un punto que en la Argentina sigue siendo profundamente polémico: el Presidente aseguró que la recuperación del territorio sólo puede darse por la vía diplomática y con el consentimiento de los isleños (los llamados “kelpers”).
“Nunca renunciaremos al reclamo de soberanía sobre las Malvinas”, dijo Milei y agregó que el territorio debería “ser devuelto a través de la negociación y cuando los isleños lo deseen”.
La referencia a la autodeterminación de los habitantes de las islas choca de frente con la posición histórica argentina y con la propia Constitución Nacional, que establece que deben contemplarse “el modo de vida” de los isleños, pero no sus deseos, ya que no se los considera un pueblo con derecho a autodeterminación.
Para vastos sectores políticos, académicos y diplomáticos de Argentina, introducir el consentimiento de los isleños como condición equivale a congelar el reclamo en un callejón sin salida.
Milei, quien expresó en el mismo reportaje su fanatismo por bandas como The Rolling Stones o The Beatles, también dejó abierta la puerta a un encuentro con Keir Starmer, primer ministro británico y líder del Partido Laborista. “¿Por qué no?”, respondió cuando el medio le preguntó por esa posibilidad y aseguró que estaría dispuesto a invitarlo a la Argentina como parte de una “relación madura” entre ambos países.
Asimismo, declaró que mantener relaciones pobres con el Reino Unido por la causa Malvinas “genera el riesgo de disminuir las transacciones culturales y económicas”.
Sin embargo, su mayor interés político parece estar puesto en otro nombre: Nigel Farage, líder del partido ultraderechista Reform UK y uno de los arquitectos del Brexit.
“Tiene una mirada muy interesante y hay mucho que aprender de eso”, dijo Milei, que volvió a elogiar la salida británica de la Unión Europea y vinculó el fenómeno migratorio con una retórica dura: “Cuando no hay integración cultural, ya no es inmigración, es invasión”.
En ese marco ideológico se inscribe también su afinidad con Giorgia Meloni, primera ministra italiana, a quien volvió a destacar como referencia política en Europa, especialmente por el combate a la inmigración ilegal.
Milei quiere levantar el bloqueo británico por armas y equipamiento militar
El levantamiento del bloqueo de armas aparece como el gesto más concreto del giro diplomático anunciado por Milei. Se trata de una restricción británica que, hace casi cuatro décadas, impide que Argentina compre sistemas de defensa que incluyan componentes o empresas del Reino Unido, aun cuando el proveedor final sea otro país.
De allí que, por ejemplo, los 24 aviones F-16 adquiridos a Dinamarca (seis entregados en diciembre) pudieron concretarse solamente porque tanto las aeronaves como los misiles AMRAAM AIM-120C-8 son de fabricación 100% estadounidense.
Se especula, además, que Estados Unidos habría presionado a Reino Unido para flexibilizar progresivamente el bloqueo, debido a que el actual embargo bloquea operaciones comerciales y estratégicas que también beneficiaban a la industria de defensa norteamericana.