Es extraño encontrar personas en Chile que no reconozcan el aporte a nuestra identidad y hasta figura y genio en el panteón de las Madres de la Patria –entre muchas otras- de Violeta Parra. Si hasta La Jardinera tiene más versiones que el himno nacional. Pero –y en esto escribo a título y oreja personal- se escucha triste. Como triste también anda el país. Por eso da gusto ver una foto de Violeta Parra sonriendo en su verano y su playa. Así se ve y escucha mejor su existencia completa. Gracias a la Vida.

Por Marcel Socías Montofré

Por eso de los estereotipos. Precisamente por eso y por los personajes que siempre se construyen en el imaginario colectivo a gusto –o disgusto, depende del tamaño del ego- de quienes destacan en la construcción de nuestra cultura nacional.

Es el dedo que apunta y dispara contra el pecado de la gula y el machismo en Pablo Neruda, la opción sexual y política de Gabriela Mistral, el resentimiento de Pablo de Rokha, la frivolidad de Vicente Huidobro, la rabia de Roberto Bolaño y así. Suma y sigue la lista de pecados y sobran los primeros tirando piedras.

Lo cómico es que le arrojan piedras al personaje. Difícil es imaginar que antes de ser consumidos por el personaje –a propósito y oportuno recomendar “El Socio”, de Jenaro Prieto-, fueron seres humanos comunes y silvestres. Con ideas. Buenas ideas. Y también la suerte y efecto mariposa que los llevó a la fama.

Y de la fama al personaje tomando vida propia y tentando a la persona hay poca distancia. Tan sólo la necesidad del aplauso. O trascender. De ese claroscuro tal vez dependa la importancia del personaje.

Pero de lo que vivió antes de escribir, componer, pintar, construir y crear es donde nace la duda y legítimo interés.

¿Por qué la Violeta Parra escribió “Gracias a La Vida” y después de suicidó?

Tal vez porque la pregunta está mal hecha y porque no fue “después”.

Es en el ahora –su propio ahora, que para nosotros es después, como diría Julio Cortázar en su disco de allá en París- donde se aprecia conocer a los creadores. No en ese “después” tan triste, descarado y descascarado del merchandising que los lleva a chapitas, poleras, rayados en las paredes, nombres de calles, manifiestos políticos varios, cartas de restoranes y un largo etcétera que poco a poco los va vaciando de humanidad y los convierte en un mero objeto.

En “artefactos”, como diría de sí mismo y de los otros el antipoeta Nicanor. También Parra. Hermano de la Violeta.

Y a propósito de la Violeta –aquí también escribo a riesgo personal- sería lindo pedir que la bajen un rato de la cruz. Que la despeinen. Que la dejen ir al baile. Que la dejen ser. Como aquella tarde en que bajó a la playa con la escultora Teresa Vicuña. Eran amigas desde los años 50. Las presentó Nicanor y pasaban veranos en Isla Negra. Litoral de Los Poetas en la Provincia de San Antonio.

Nicanor era compañero de trabajo del marido de Teresa Vicuña en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile. Como esas amistades en familia. Como los veranos de cualquier hijo de vecino. Sin dramas. Ni tampoco muy preocupados de lo que diga el Santo Padre. Hasta sin fama ni vestida para los que celebran como dioses al artista, pero pocas veces se hunden a fondo en su arte.

Por eso es lindo encontrar fotos de la Violeta sonriendo. Jugando en el agua. Otra vez niña. Más linda que La Jardinera con su pelo tomado y sus brazos al aire. Sin tanto manto oscuro. Porque santa nunca ha sido y nunca quiso ser. Humana mejor.

“Ella era fantásticamente inteligente”, comentó años después la escultora Teresa Vicuña a propósito de Violeta Parra.

Por supuesto que hay razones para creerle. La Violeta era inteligente. Sabía divertirse. Cuestión de sentido lúdico. Ese tan perdido en las fotos actuales de Chile. Y tan a la mano para recordar por qué cantamos –cuando cantamos- Gracias a la Vida.

Digo, mirar la imagen y escuchar la letra.

Por Chile que nos hace falta.