Pretty Woman: El Musical, foto de Natalia Espina L / @natalia_photo / TMLC
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"Pretty Woman: El Musical" llega a Chile de la mano de la dirección de Ezequiel Fernanz y la producción de 3 Marías, con una historia romántica que fusiona una canción de 1964, la exitosa película de 1990 y el musical del 2018 provenientes de Estados Unidos. La adaptación nacional se centra en una visión endulzada de la relación entre una joven prostituta y un multimillonario, destacando una sólida acción actoral, despliegue escénico y musical impecable. A pesar de abordar el tema del trabajo sexual sin estigmatizar, la obra mantiene el interés del público con una dinámica entretenida y emotiva.
Cuando se habla de musicales en Chile, inevitablemente, la vista se vuelve, con alguna excepción, a las más famosas producciones estadounidenses y a las versiones chilenas de historias que representan a la distante y ajena sociedad del país del norte.
Por Leopoldo Pulgar Ibarra
Y aquí está Pretty Woman: El Musical, con la dirección de Ezequiel Fernanz y producción de 3 Marías (“Cabaret”, “Footloose”), una historia romántica que cruza el tiempo. Une una canción exitosa de 1964, una película exitosa de 1990, unmusical exitoso de 2018 (creados en EE.UU) con la versión nacional que está en cartelera con muy buena asistencia de público.
Todo comenzó con la historia que narra la canción que Roy Orbison (1936-1988) dedicó a su esposa, en 1964, describiéndola como una mujer atractiva que camina por la calle.
Esta mirada derivó, en 1990, en un guión cinematográfico, titulado “U$ 3.000”. Este aludía a la dura realidad de la prostitución en Hollywood Boulevard en los años 80, con mujeres adictas a las drogas y cercanía con la tragedia en la parte final del relato.
Sin embargo, al fracasar por razones económicas esta primera iniciativa de producción, Touchstone Pictures, de The Walt Disney, compró los derechos y asumió un nuevo guionista. Entonces, el relato eliminó las adicciones de la protagonista (las traspasó levemente a su amiga Kit), pero la mantuvo como una prostituta joven, hermosa y bondadosa.
De este modo, se acentuó y demostró que, pese a las grandes diferencias sociales y económicas, siempre es posible que dos personas con estos perfiles pueden enamorarse y ser felices. Toda una fantasía.
El musical del 2018 toma este último registro. El mismo sentido e historia que recoge la adaptación chilena. Es un relato romántico, interacción de una joven y hermosa prostituta con un multimillonario, sin escarbar en los lugares más oscuros de las clases sociales de donde provienen ambos protagonistas.
En todo caso, aunque la película y el musical no estigmatizan a Vivian como pecadora por ejercer el trabajo sexual, no profundizan en que ejecuta una actividad despreciada por la sociedad, aunque utilizada y ocultada.
Vivian es tratada con respeto y consideración como trabajadora sexual, abordando esta actividad como algo lo más normal del mundo que no merece cuestionamiento.
A Edward, en tanto, no se le describe como depredador sexual (una interpretación posible), que se aprovecha de una joven pobre que le urge ganar dinero como sea para pagar el arriendo del lugar donde vive con su amiga. Se presenta sólo como un tipo frío y solitario que parece que, por primera vez, deja de pensar en los negocios y siente la chispa del amor.
Pretty Woman: El Musical, foto de Natalia Espina L / @natalia_photo / TMLC
Amplio despliegue
Así, la propuesta chilena se aproxima al modelo de las grandes producciones estadounidenses. Una que, entre otras cosas, exige cantar bien, un amplio despliegue escénico, control total del ambiente sonoro-musical y estructuras coreográficas bien ejecutadas.
Todo esto se cumple sin tropiezos, complementando una actuación realista precisa. Tal vez, con un tono leve de improvisación en las escenas de humor presentes en un montaje que se desarrolla con fuerza y dinamismo.
Las secuencias coreográficas tienen vida propia y, en general, son eficientes. Hacen sentir en la piel el relato y el desarrollo emocional de los personajes. Lo coreográfico y la acción dramática dialogan y acompañan el pulso activo y entretenido de la obra.
Lo musical y la sonoridad general son dos aspectos que resaltan: equipados con buena tecnología y bien ecualizados, permite que los textos actorales lleguen al público con todos sus detalles, sin que la música tape las voces.
La interpretación de las canciones, originales de Bryan Adams (1959), también logran buenos resultados: voces afinadas y equilibradas que fortalecen el carácter emotivo y romántico de la historia.
En general, el montaje desarrolla una dinámica actoral, textual y musical-sonora que mantiene el interés del público, sin dejar de lado las pausas necesarias para permitir la evolución dramática de los personajes. Este equilibrio hace creíble el proceso de encuentros, desencuentros y reencuentros entre Vivian y Edward, tiñéndolos de naturalidad y lejos de una relación mecánica.
La dupla Carmen Zabala-Nicolás Oyarzún responde a un protagonismo que exige abandonar cualquier exceso actoral. La sobriedad está presente en todo momento, en función de un proceso amoroso que parte de la desconfianza, de las necesidades eonómicas y el temor, hasta llegar a una declaración sentimental abierta.
Distinta es la performance del dúo Raffo–Zamorano. Son dos actores que juegan un rol fundamental en una historia donde la carga humorística está presente. Más libres en sus movimientos como empleados del hotel, son capaces de eliminar los gestos innecesarios y dotar a sus personajes de una simpatía descollante e irónica, nada servil.
También resulta interesante preguntarse si el relato original, construido desde una visión endulzada de la realidad social estadounidense, tiene algo que decirle a una realidad tan distinta como es la chilena. Una pregunta valida si se recuerda que las producciones escénicas nacionales de títulos universales, generalmente se presentan desde una mirada contemporánea, asociada a nuestros códigos.
La versión chilena opta por seguir el esquema reconocible y predecible, ampliamente difundido de las producciones estadounidenses, basado en una fórmula que ha demostrado eficacia en múltiples ocasiones.
Eficacia que proviene de un modelo probado, organizado y diseñado para asegurar ritmo, emoción y respuesta del público.
En este sentido, Pretty Woman: El Musical, en manos de un elenco chileno, [destacador]ofrece un espectáculo bien ensamblado, una producción sólida, buenas interpretaciones musicales y un buen elenco profesional en todos sus ámbitos y niveles.
Pretty Woman: El Musical, foto de Natalia Espina L / @natalia_photo / TMLC
Pretty Woman: El Musical
Traducción y adaptación de texto: Marcelo Kotliar, Magdalena Bulnes, Ezequiel Fernanz
Dirección artística: Ezequiel Fernanz
Elenco: Carmen Zabala, Nicolás Oyarzún, Max Salgado, Josefina Fiebelkorn, José Antonio Raffo, Germán Pinilla, Antonia Bosman, Bastián Jara, Daniel Leyton, Trinidad Ried, Florencia Arenas, María Paz Eyzaguirre, Nicolás Zambrano, Nicolás Donoso, Javiera Alvear, Antonia Ascui, Catalina Manriquez.
Diseño y operación sonora: Cristián Becerra
Dirección coral y banda: Constanza Ortiz
Dirección coreográfica : Brigitte Katan
Visuales: Carola Mardonez
Diseño Iluminación: Rodrigo Ruiz
Diseño escenografía: Ramón López
Asistencia dirección coreográfica: Nicolás Donoso
Diseño vestuario: Andrea Contreras
Diseño maquillaje y peinado: Lilian Palacios
Derechos: MTI: Music Theater International Shows.
Productora: 3 Marías
Dirección ejecutiva: Magdalena Bulnes
Producción terreno: Cristián Roca
Producción artística; María Ducci
Teatro Municipal de Las Condes
Av. Apoquindo 3300.
Jueves, viernes a sábado, 19.30 horas; domingo, 18.30 horas.
Entradas: tmlascondes.cl y en boleterías del teatro.
2 horas, 30 minutos, con intermedio de 15.
+14 años.
06 mayo al 14 de junio 2026.
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Suicidio
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de Salud tiene un teléfono de ayuda atendida por profesionales todos los días del año y las 24 horas,
marcando desde celulares el *4141. Además, puedes recurrir a Salud Responde en el 600 360 7777.
Las personas sordas pueden recibir asistencia ingresando a
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