Nacional
La convulsionada historia que atravesó el Cementerio General de Concepción
Publicado por: Jorge Leal
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Aunque pueda sonar ir√≥nico, los cementerios forman parte importante de nuestra vida ya que, sin lugar a dudas, en alg√ļn momento tendremos que pasar por la dolorosa experiencia de despedir en √©l a un ser querido, ya sea familiar directo o alg√ļn amigo a quien estimamos mucho.

Y ser√° luego de aquel acontecimiento cuando este sitio, distante para algunos y muy cercano para otros, pasar√° a formar un lugar de recogimiento y recuerdos, conversaciones en silencio, risas y llantos; en las cuales nos veremos profundamente arraigados.

Pero en Concepción este lugar, aunque nos parezca en la actualidad que siempre estuvo ahí, pasó por un largo proceso antes de verlo como lo conocemos hoy.

Los cementerios dentro de las “Colonias Hispanas de las Indias Occidentales”, nombre con los cuales se conoc√≠a antiguamente a los nacientes pa√≠ses de gran parte de Am√©rica, tuvieron sus inicios casi a fines del sigo XVIII. Por entonces, varias figuras ilustres de Espa√Īa y algunas autoridades de las colonias hicieron una reclamaci√≥n al entonces monarca Carlos III, respecto de que la costumbre de enterrar a los fallecidos en las iglesias era una actitud muy contraria a la salud p√ļblica y pon√≠a en riesgo a la poblaci√≥n.

Algunos a√Īos despu√©s, Carlos IV envi√≥ ordenes de que se investigue el tema y se proceda -gastando la menor cantidad de dinero de la corona por supuesto- a tomar acciones para prevenir cualquier inconveniente. La informaci√≥n lleg√≥ a manos del entonces gobernador de Chile, don Ambrosio O’Higgins, y se estima que un presupuesto de 4.000 pesos de la √©poca es lo que costar√≠a la construcci√≥n de un cementerio para la ciudad de Concepci√≥n, que para ese momento contaba con una poblaci√≥n cercana a los 6.000 habitantes.

Al comienzo esto no lleg√≥ a buen puerto, por lo que se sigui√≥ con la tradici√≥n de poner a los fallecidos m√°s acaudalados y cercanos a la iglesia en recintos eclesi√°sticos, mientras quienes ten√≠an menos recursos iban a diversos lugares dentro de la ciudad llamados “camposantos“. Entre ellos destacan el emplazamiento donde actualmente se encuentra el Hospital Regional de Concepci√≥n; en Lincoy√°n entre Maip√ļ y Freire, donde se encuentra la parroquia San Jos√©; la esquina de Colo Colo con O’Higgins, perteneciente en ese momento a los Jesuitas; y la esquina de Barros Arana con Salas, donde se encontraba antiguamente el convento de San Francisco.

Luego de varios retrasos debido al proceso independentista que atravesaba nuestra patria, se firma un decreto en 1823 durante el gobierno de don Ramón Freire que obligaba a la realización de un Panteón (cementerio) en las afueras de todas las ciudades y villas del país. Junto con esto, se dictaba prohibición total de seguir enterrando personas en las iglesias y parroquias.

En la capital penquista se pens√≥ en varias soluciones para hacer cumplir este reglamento, como agrandar los antiguos “camposantos” ya existentes en la ciudad, pero nada se concretar√≠a de forma definitiva hasta 1844, cuando el municipio opt√≥ finalmente por adquirir un terreno bastante alejado de la entonces peque√Īa urbe, ubicado al pie del famoso Cerro Chepe.

Fue debido a esta ubicaci√≥n que en aquel entonces era com√ļn el escuchar la expresi√≥n “se fue pa’ Chepe” cuando se estaba hablando de alguien que hab√≠a fallecido en Concepci√≥n.

Luego de m√°s de dos a√Īos de problemas y retrasos durante su construcci√≥n -que provocaron incluso una orden de encarcelaci√≥n del encargado de las obras- se inaugura a fines de 1846 bajo una administraci√≥n laica y contando con una extensi√≥n de poco m√°s de una cuadra, que por peque√Īo que parezca era m√°s que suficiente para la poblaci√≥n de aquellos tiempos.

Con el cementerio ya construido comenz√≥ el traslado de varios cuerpos desde los “camposantos” de la ciudad y de las diversas iglesias, funcionando este sin mayores inconvenientes hasta un hecho acontecido en √©l de tal magnitud que tendr√≠a repercusiones de car√°cter nacional y gatillando incluso modificaciones en las leyes de la √©poca.

Hacia fines de 1871 dej√≥ de existir don Manuel Za√Īartu, un distinguido militar de las campa√Īas de la Independencia. El problema de esta situaci√≥n radic√≥ en que se encontraba separado de su esposa pero viviendo “p√ļblicamente en concubinato”, o “conviviendo con su pareja” como le llamar√≠amos actualmente, lo cual para la √©poca era una verdadera aberraci√≥n, a tal nivel que el sacerdote que fue llamado para confesarlo antes de su muerte se neg√≥ a hacerlo hasta que don Manuel ofreciera muestras p√ļblicas de arrepentimiento, cosa que no sucedi√≥.

Al enterarse de esto, el cura párroco se negó a realizar el entierro, alegando que estaba prohibido dar sepultura a los impenitentes junto a los fieles. Esta situación provocó un gran escándalo social y el mismo Intendente, amigo íntimo del fallecido, ordenó su sepultura en la bóveda de la familia con todos los honores militares correspondientes.

Al ser informado de este acontecimiento, el obispo Hip√≥lito Salas calific√≥ esta situaci√≥n, entre otras cosas, como “un ultraje a la dignidad de un pueblo religioso y sensato” y escal√≥ el hecho hasta llegar a altas esferas del gobierno en Santiago, comenzando un pugna entre las autoridades civiles y eclesi√°sticas, no solo de Concepci√≥n sino que de la naci√≥n completa.

El asunto se zanj√≥ de forma parcial en diciembre de aquel a√Īo al dictarse un decreto en el cual autorizaba a enterrar en los cementerios a personas que “el derecho can√≥nico negaba a sepultar en sagrado” pero en un lugar especial dentro de √©l y separados del resto por un reja de hierro, cerco de madera o muralla de √°rboles.

En la d√©cada que vino a continuaci√≥n se siguieron afinando las leyes sobre este asunto, logrando quitar las demarcaciones y separaciones especiales de los lugares destinados a los “impenitentes” dentro de los cementerios, prohibiendo que alguien no fuese sepultado debido a sus actos en vida o creencias y adem√°s permitiendo la construcci√≥n de cementerios de propiedad particular, como la gran variedad que vemos actualmente.

A lo largo de estos a√Īos hasta la actualidad, numerosas reconstrucciones, productos de los sismos y diversas ampliaciones -5 en total- se han realizado en el Cementerio General de Concepci√≥n, siendo la m√°s reciente la reparaci√≥n de gran cantidad de nichos que resultaron da√Īados producto del terremoto de 2010.

En el presente, gran n√ļmero de ilustres personajes llenan las b√≥vedas y diversas tumbas que se encuentran en √©l, como don Pascual Binimelis y Campos, ilustre Agrimensor (Ingeniero Civil) de mediados del siglo XIX que entre decenas de obras realizadas destaca por haber dise√Īado y realizado la Plaza de la Independencia, la pileta de la Diosa Ceres que se encuentra en ella y ser uno de los principales precursores de toda la actividad ferroviaria en la ciudad y regi√≥n; o el c√©lebre fil√°ntropo Pedro del R√≠o Za√Īartu, que tras sufrir la tr√°gica muerte de su familia dio 4 veces la vuelta al mundo recolectando objetos que hoy podemos disfrutar en su antigua casa, ubicada en el Parque que lleva su nombre en la comuna de Hualp√©n.

Incluso tenemos a una verdadera “Santa Popular” como lo es Petronila Neira, una humilde muchacha que fue ultrajada y asesinada a comienzos del siglo XX y a quien hasta hoy se venera y concede el car√°cter de milagrosa, contando con gran devoci√≥n dentro de los penquistas.

Todos estos hechos y situaciones, todas estas personas que habitan sus murallas de forma perpetua han formado el carácter y la esencia de este lugar. Caminemos por sus calles de forma serena y tranquila, no con una lágrima sino con una suave sonrisa y la mirada al frente, recordando y amando a aquellos seres queridos que aunque ya no estén de forma física junto a nosotros, jamás se alejaran de nuestras mentes ni de nuestros corazones.

Jorge Leal | @JorgeLeal_CCP
Administrador Turístico
Técnico en Turismo Aventura

Tumba de Petronila Neira | Periodismo UdeC

Tumba de Petronila Neira | Periodismo UdeC

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