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Nadia y Lamiya, de esclavas sexuales del Estado Islámico a voceras de yazidíes

Nadia Murad | ARCHIVO | Agence France-Presse
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Las yazidíes Nadia Murad y Lamiya Aji Bashar, que recibieron este jueves el premio Sájarov de derechos humanos 2016, vivieron un calvario como esclavas sexuales del Estado Islámico (EI) antes de convertirse en íconos de su comunidad amenazada.

Nadia Murad, una iraquí de voz aterciopelada de 23 años, fue raptada en agosto de 2014 en su pueblo natal de Kocho, cerca de Sinjar en el norte de Irak, antes de ser conducida a la fuerza a Mosul, bastión del EI, hoy blanco de la coalición internacional.

Fue el principio de un calvario de varios meses: torturada, dijo haber sido víctima de múltiples violaciones colectivas antes de ser vendida varias veces como esclava sexual.

Además tuvo que renunciar a su fe yazidí, una religión ancestral despreciada por el EI, practicada por medio millón de personas en el kurdistán iraquí.

“Lo primero que hicieron fue forzarnos a convertirnos al islam. Después hicieron lo que quisieron”, relató Nadia hace unos meses a la AFP.

En un discurso ante el Consejo de Seguridad de la ONU, explicó en diciembre pasado su “casamiento” con uno de sus secuestradores: la golpeó, le ordenó maquillarse y ponerse ropa pegada al cuerpo.

Gran fortaleza

Incapaz de soportar tantas violaciones“, decidió escapar. Gracias a la ayuda de una familia musulmana de Mosul, Nadia obtuvo documentos de identidad que le permitieron llegar hasta el Kusrdistán iraquí.

Tras la fuga, la joven –que dijo haber perdido seis hermanos y su madre en el conflicto– vivió en un campo de refugiados en Kurdistán, donde tomó contacto con una organización de ayuda a los yazidíes. Ésta le permitió reunirse con su hermana en Alemania.

El calvario de Lamiya Aji Bashar, también oriunda de Kocho y raptada cuando tenía 16 años, se asemeja trágicamente al de Nadia.

Durante 20 meses de cautiverio intentó escapar en varias oportunidades. Cuando realmente lo logró, la joven cayó en manos de un director de hospital iraquí que también abusó de ella.

El rostro de Lamiya, que tiene la piel quemada, lleva los rastros de la explosión que le costó el ojo derecho.

“Es una mujer de gran fortaleza que soportó cosas que yo no le deseo a nadie”, dijo a la AFP Jan Kizilhan, un psiquiatra alemán que la asiste. “Muchos de los suyos fueron ejecutados por el EI delante de ella”.

Genocidio

Poco después de llegar a Alemania, Nadia Murad decidió militar a favor de su comunidad: según expertos de la ONU, unos 3.200 yazidíes están actualmente en manos del EI, la mayoría en Siria. Las chicas son convertidas en esclavas sexuales y los hombres, tras ser adoctrinados, enviados al combate.

Nadia Murad reclama sobre todas las cosas que las persecuciones de que es objeto su comunidad sean consideradas como un genocidio.

A través de discursos y entrevistas, expresó la frustración de ver a su pueblo ser abandonado por la comunidad internacional.

Las grandes potencias “fracasaron en salvarnos del genocidio”, afirmó en junio pasado, tras tomar la palabra ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU: “El genocidio debe ser reconocido y los culpables llevados ante la justicia”.

Desde septiembre, Nadia es embajadora de buena voluntad de la ONU y lucha en favor de la protección de las víctimas del tráfico de personas.

Menos visible, Lamiya vive con su hermana en el sur de Alemania, donde busca rehacer su vida tras las atrocidades que vivió con el EI. Quisiera ser maestra de escuela y permanecer en el país que le dio asilo.

“Es una persona muy despierta, muy graciosa, que tiene muchos amigos”, explica Jan Kizilhan. “No ha perdido ni el coraje ni las ganas de vivir”.

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