La discalculia es un trastorno en el aprendizaje de las matemáticas que afecta de un 5% a un 7% de la población mundial y que se caracteriza, entre otras cosas, por la dificultad en la adquisición del sentido numérico y el cálculo.

Así, en una clase de 25 alumnos, es probable que al menos un niño sufra este problema.

Se trata de un trastorno con consecuencias graves, pero desconocido entre el público en general, con una prevalencia alta y que tiende a confundirse con otros trastornos como el TDA/TDAH (déficit de atención/hiperactividad), bajo cociente intelectual, flojera en el estudio, etc.

En el día a día, puede traducirse en leer mal la hora en un reloj o la patente de un auto, así como en tener dificultades para memorizar números de teléfonos, secuencias numéricas o calcular el vuelto de una compra.

“Un niño sin diagnosticar sufre, se siente torpe y no entiende el porqué de sus dificultades para tareas numéricas que otros niños hacen con facilidad”, explica Javier Arroyo, fundador de Smartick.com, método online de aprendizaje de las matemáticas para niños de 4 a 14 años.

Para ellos, a los que de otra forma se suele etiquetar de “torpes” o “flojos”, el diagnóstico representa no solo una explicación, sino una liberación. Permite además rebajar los niveles de ansiedad que sufren, que pueden afectar a su autoestima y llegar a provocar el abandono escolar.

De ahí la importancia de su diagnóstico temprano y de crear dinámicas inclusivas que apoyen el proceso de aprendizaje de estos niños.

“Los niños con discalculia necesitan un entrenamiento adaptado, diario y basado en la comprensión profunda de conceptos y procedimientos. Los ejercicios y actividades de un plan de estudios personalizado pueden ayudar mucho a los alumnos que presentan estas dificultades”, apunta Arroyo.

En la web existen varios test que pueden ayudar a detectar este problema, aunque es recomendable siempre contar con el apoyo de un especialista.