“Necesito que me extiendan un certificado de defunción”. Eso pedía, con total convicción, una mujer de 72 años a su médico. No sentía su corazón latir, decía no tener estómago y por eso se negaba a comer, y aseguraba que ya no existía en este mundo. También veía cosas que nadie más veía: “bebés colgando como granos de uva” y “el cielo completamente rojo”.
La paciente, jubilada, casada y madre de dos hijos, no tenía antecedentes psiquiátricos previos. Su caso terminó convertido en un reporte médico publicado en la Revista Chilena de Neuro-Psiquiatría en 2020, elaborado por el psiquiatra Sergio Vergara, del Hospital Regional de Talca y la Universidad Católica del Maule, junto a la médico residente Pamela Díaz.
Síndrome de Cotard: cuando la mente decide que el cuerpo ya no existe
Lo que vivió esta mujer tiene nombre: Síndrome de Cotard, un cuadro neuropsiquiátrico extremadamente raro descrito por primera vez en 1880 por el neurólogo francés Jules Cotard.
Se le conoce también como “delirio de negación”, porque quienes lo padecen niegan la existencia de partes de su cuerpo, de sí mismos o incluso del mundo entero.
En los casos más extremos, el delirio puede transformarse en su opuesto: una sensación de inmortalidad e inmensidad, lo que se llama “delirio de enormidad”. Es un cuadro grave, poco frecuente, que conlleva alto riesgo de que el paciente se autolesione o intente quitarse la vida.
El síndrome suele aparecer asociado a otras condiciones, principalmente psiquiátricas: depresión, trastorno bipolar, esquizofrenia, pero también a enfermedades neurológicas como el Parkinson o accidentes cerebrovasculares.
Dos meses antes de ser hospitalizada, la mujer comenzó con insomnio, pérdida de apetito y angustia. Poco a poco fueron apareciendo las ideas delirantes de “no existencia” y de ruina, hasta llegar a un cuadro compatible con lo que los médicos llaman Episodio Depresivo Mayor grave con síntomas psicóticos: una depresión tan severa que se acompaña de alucinaciones o delirios, es decir, de una desconexión con la realidad.
Además tuvo, en una ocasión, ideación suicida de corta duración. En las semanas previas al ingreso al hospital fue perdiendo progresivamente la capacidad de moverse con normalidad y de realizar tareas básicas de su vida diaria.
El segundo golpe: cuando el cuerpo se paraliza
Tras no responder a un primer tratamiento ambulatorio con antidepresivos y antipsicóticos, la mujer ingresó a una unidad de cuidados intensivos psiquiátricos. Ahí, además del delirio de Cotard, desarrolló otro cuadro poco común: Catatonía, descrita por primera vez en 1874 por el psiquiatra alemán Karl Kahlbaum.
La catatonía es un síndrome que afecta el control del movimiento. Existe una variante “inhibida” —la más común, con inmovilidad, silencio absoluto (mutismo), mirada fija y rigidez muscular— y otra “excitada”, con agitación. En su caso, la paciente presentó negativismo activo (resistencia a moverse u obedecer instrucciones), repetición de palabras y movimientos sin sentido, poca fluidez para hablar y estupor, es decir, una especie de bloqueo casi total de la actividad mental y motora.
Los médicos midieron la gravedad de sus síntomas con escalas específicas: obtuvo 39 puntos en la escala de depresión de Hamilton (compatible con una depresión “muy severa”) y apenas 5 de 100 en el Índice de Barthel, que mide la capacidad de valerse por sí mismo —una puntuación que refleja una dependencia severa para tareas tan básicas como vestirse o comer.
Antes de llegar al diagnóstico definitivo, los neurólogos incluso plantearon la hipótesis de una demencia, tras ver en una resonancia magnética algunos cambios propios del envejecimiento cerebral. Pero esa sospecha se fue descartando a medida que la paciente evolucionaba favorablemente, algo que no ocurre en los cuadros de demencia.
Un tratamiento distinto al habitual
La mayoría de los casos similares reportados en la literatura médica mundial se resuelven con Terapia Electroconvulsiva (TEC), un procedimiento que induce convulsiones controladas mediante corriente eléctrica bajo anestesia, usado en cuadros psiquiátricos graves y resistentes a fármacos.
En este caso, sin embargo, los médicos agregaron al tratamiento en curso una benzodiazepina llamada Lorazepam (un ansiolítico que también actúa sobre los síntomas catatónicos) y el antidepresivo Venlafaxina. La respuesta fue notable: la catatonía cedió en apenas 24 horas, y los delirios de Cotard comenzaron a disminuir a los 10 días, alcanzando una buena respuesta a las cuatro semanas.
Gracias a esa mejoría, se descartó finalmente la necesidad de aplicar la Terapia Electroconvulsiva, algo inusual según destacan los propios autores del reporte al compararlo con casos similares documentados en el mundo.
A los seis meses de seguimiento, la paciente no presentaba ningún síntoma catatónico, su puntaje en la escala de depresión de Hamilton bajó a 1 punto (es decir, sin depresión) y obtuvo el puntaje máximo, 100 de 100, en el Índice de Barthel: había recuperado por completo su autonomía. Sus propios familiares confirmaron que había vuelto a ser la misma persona de antes.
Síndrome de Cotard y Catatonía
Un estudio de los investigadores Berrios y Luque, publicado en 1995 en Acta Psychiatrica Scandinavica y que analizó 100 casos históricos del síndrome, encontró que el 86% de los pacientes con Cotard presentaba delirios relacionados con el propio cuerpo y un 69% con la propia existencia, casi siempre acompañados de depresión.
La combinación específica de Cotard y catatonía sigue siendo un misterio para la ciencia. Algunos investigadores plantean que ambos cuadros podrían compartir “vías” cerebrales comunes, en zonas relacionadas con el movimiento y la toma de decisiones. Otros, sugieren que la catatonía podría ser simplemente una etapa avanzada del propio síndrome de Cotard.
Lo cierto es que este caso chileno aporta una pieza poco común al rompecabezas: la prueba de que, al menos en algunos pacientes, una combinación de fármacos bien ajustada puede devolver por completo a alguien que llegó a creer, con total certeza, que ya no estaba viva.