En simple: si te pilló trabajando, sin asesoría, sin planos a mano y sin claridad sobre qué variable te cambió, lo más probable es que termines pagando, aunque tengas dudas legítimas.

Cada cierto tiempo, cuando vuelve la discusión por las contribuciones, el Servicio de Impuestos Internos responde con el siguiente argumento: si el impuesto estuviera tan mal calculado, habría más de reclamaciones.

Y para sostenerlo muestra un dato que, a primera vista, suena irrefutable:

En el reavalúo agrícola 2024, por ejemplo, se informaron 68 reclamos sobre 990.951 predios (0.01%). Y en el reavalúo no agrícola, sobre casi 7,5 millones de predios, los reclamos alcanzaron apenas un 0,02%. Con esos números sobre la mesa, la conclusión institucional se ofrece sola: “Reclaman pocos, entonces el sistema funciona”.

Pero esa lógica tiene un problema serio: confunde “poca reclamación” con “poco error”.

Y para entenderlo basta un ejemplo simple, de los que no fallan:

Si una aerolínea dijera que su sistema de mantenimiento es impecable porque casi nadie reclama después de aterrizar, cualquiera se reiría. No porque no existan estándares ni controles, sino porque el número de reclamos de pasajeros no es un indicador confiable de seguridad. La mayoría de las personas no tiene cómo auditar un motor, no sabe qué revisar, no sabe dónde pedir el historial técnico y, aunque sospeche algo, no tiene herramientas reales para probarlo. En un sistema complejo, la ausencia de reclamos puede ser solo ausencia de capacidad de reclamar.

Con las contribuciones pasa algo parecido. Reclamar no es apretar un botón. Reclamar, en serio, exige tiempo, orden, conocimiento y, muchas veces, plata.

Los reavalúos tienen plazos y reglas que un contribuyente normal no maneja: reposición dentro de 30 días hábiles desde la exhibición del rol; un plazo de 90 días hábiles para que te respondan, con silencio administrativo si no hay respuesta; y luego una ventana de 180 días hábiles para llegar al Tribunal Tributario y Aduanero.

En simple: si te pilló trabajando, sin asesoría, sin planos a mano y sin claridad sobre qué variable te cambió, lo más probable es que termines pagando, aunque tengas dudas legítimas.

Aquí está el corazón del tema: el sistema se defiende con “pocos reclamos”, pero no se pregunta por qué reclamar es tan difícil.

Y cuando uno mira el detalle, la respuesta aparece rápido. Las causales suelen ser técnicas: superficies mal determinadas, clasificación errónea, errores de transcripción o de cálculo. En la práctica, incluso para detectar si hay un problema, necesitas a alguien que sepa leer el avalúo, entender cómo se aplicaron tablas y parámetros, y comparar lo que dice el catastro con lo que existe en el terreno.

Si el contribuyente no puede ver con claridad qué datos usó el recaudador y cómo esos datos se transformaron en un avalúo, la conversación pública se llena de sospechas. Y con razón: no hay confianza posible cuando el cálculo no es trazable para quien paga.

Más aún, cuando uno mira vías menos duras que el reclamo formal del reavalúo, aparecen números muchísimo mayores. En 2024 se registraron 48.490 solicitudes de reconsideración de avalúos, con un aumento relevante respecto del año anterior. O sea, gente reclamando sí hay. Lo que pasa es que la puerta principal es pesada, estrecha y cara; entonces muchos buscan otra entrada, o simplemente se rinden antes de llegar.

Por eso el argumento “reclaman pocos” es tentador, pero flojo. Si SII quiere que el número de reclamos diga algo sobre justicia tributaria, primero tiene que bajar el costo de participar.

Sebastián Hudson
Gerente general de Póliza Gestión

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