La gente suele preguntarme sobre cuándo me enteré de que mi abuelo era un pedófilo y un delincuente sexual convicto.

La verdad es que siempre lo supe. Simplemente crecí en una cultura familiar que lo normalizaba. A su abuso no le llamábamos abuso, decíamos que eran “sus demonios”, algo entre él y Dios.

Sentimientos tan encontrados como el amor, el miedo, la negación, el dolor y la lealtad estaban enredados de forma tan estrecha que no se le permitía a las verdaderas emociones de nadie salir a la luz. Era complicado.

Tenía 23 años cuando comencé a darme cuenta del verdadero alcance de esto.

Quedé horrorizada. Sentí rabia hacia él y hacia todos los que no lo habían detenido. Esa furia fue lo que me impulsó a pasar 8 años haciendo este documental, “Great Photo, Lovely Life” (“Buena foto, Qué buena vida”), una película sobre secretos familiares y responsabilidad.

Mientras miles de sobrevivientes se sintieron escuchados, muchas otras personas estaban enojadas. Más de un comentarista me dijo que simplemente debería haber matado a mi abuelo.

La rabia es a menudo la primera respuesta que tiene la gente frente al abuso sexual infantil, y tiene sentido. El abuso viola algo fundamental en nuestra sociedad, y la ira cegadora parece la única reacción aceptable. Pero si bien la rabia es válida, también es una reacción incompleta.

Mi video de opinión en esta columna ofrece una verdad incómoda: si realmente queremos hablar en serio sobre proteger a los niños del abuso, la rabia no puede ser donde nos detengamos. Debemos hacer el trabajo duro e incómodo requerido para protegerlos hablando abiertamente sobre el abuso sexual infantil y poniendo la prevención al frente del debate.

Parte de esto implica reconocer qué tan común es. Alrededor de 1 de cada 3 niñas y 1 de cada 9 niños experimentará alguna forma de abuso sexual infantil. Y la mayoría de ellos son abusados por alguien que conocen.

Puede ser fácil mirar desde fuera y tener una opinión sobre cómo crees que deberíamos actuar en respuesta al abuso, pero es mucho más complicado cuando te está sucediendo a ti o a alguien de tu familia. Cuando el abusador es tu hermano o tu padre.

Así que hice algo que muy a menudo no hacemos: hablé con docenas de sobrevivientes, algunos de los cuales aparecen en el video, sobre sus experiencias y lo que querían.

Sus experiencias hicieron eco de las de mi familia: el incesto y el abuso no operan en entornos limpios, en blanco y negro. Los sobrevivientes y las familias no siempre tienen el lujo de simplificar la realidad en monstruos y héroes.

Al final, todos queremos lo mismo: menos abuso infantil, idealmente evitando que suceda, para que menos familias terminen como la mía. La prevención es posible, pero requiere que canalicemos nuestra ira de una manera productiva.

Amanda Mustard
Fotoperiodista y Documentalista
Esta columna apareció originalmente en inglés en el New York Times
Traducción y subtítulos en español por BioBioChile

Nuestra sección de OPINIÓN es un espacio abierto, por lo que el contenido vertido en esta columna es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de BioBioChile