Hace algunos días leí un texto de Bernardino Bravo, en donde hacía alusión a las tres grandes crisis institucionales experimentadas desde nuestra independencia hasta el retorno de la democracia en los 90. A partir de ello veremos como todas las crisis tienen componentes comunes y salidas en las cuales el liderazgo, y el diálogo dan paso a una nueva institucionalidad.

En la primera crisis (1817-1830), el país no contaba con partidos políticos importantes, siendo la figura fuerte de Portales la que se impuso por sobre ellos y la propia constitución, retornando la gobernabilidad. Durante 12 años se vivió un período de anarquía total, no muy diferente a las crisis que vivían algunas de las nacientes repúblicas latinoamericanas, aunque con menor nivel de violencia.

En la segunda crisis (1925-1933) aparecen en forma más activa los partidos políticos con los cuales debía lidiar la figura presidencial. Al igual que en la primera, aparece una imagen fuerte, la de Jorge Alessandri, quien logra establecer una conversación constructiva con el mundo político, algo que no pudo lograr el coronel Ibáñez.

La tercera crisis se da en 1973, con un quiebre de la democracia, la que se restablece sólo 17 años más tarde. Si bien no se vivió un anarquismo como las crisis anteriores debido a una dictadura fuerte con una escasa participación partidista, la salida de ésta se da con la figura de Aylwin, quien logra transitar entre un gobierno militar saliente y una vida política que comenzaba a dar forma a esta nueva democracia.

Sin ninguna duda y mirando nuestra historia, hemos entrado en la cuarta crisis de gobernabilidad y la gran pregunta que me hago es cuánto tiempo durará esta y quién nos sacará de la misma.

Estamos en medio de un anarquismo popular y una falta de liderazgo, que se ha reflejado en la decadencia de instituciones emblemáticas como carabineros, el Instituto Nacional, los partidos políticos y el poder judicial, entre otros. Como en las crisis anteriores deberíamos salir fortalecidos, sin saber cómo ni cuánto tiempo nos llevará estar dentro del túnel. Será fundamental encontrar una figura fuerte que lidere esta transformación, con la capacidad de generar diálogos transversales con una sociedad compleja, que coloca en duda el modelo y las bases institucionales sobre la cual se configuró por décadas el actual orden social.

La institucionalidad es un conjunto de reglas que tiene una sociedad para funcionar de manera ordenada sobre la base de una serie de principios fundamentales, incluyendo tanto a entes estatales, públicos y privados. De esta manera, las instituciones determinan los incentivos del comportamiento social, premiando o sancionando según las reglas establecidas. Desde el 18 de Octubre del 2019 hemos visto la pérdida acelerada de esta institucionalidad.

Lo anterior es el resultado de falta de liderazgos y la desconexión de las autoridades con sus representados. Los partidos políticos forman parte de esta institucionalidad y la casi nula participación ciudadana en ellos genera profundas consecuencias para la democracia. A principios de los 90, la gran mayoría de las personas se sentía identificada por alguno de los modelos que planteaban estos partidos. En la actualidad, la gran mayoría no se siente identificado con ellos, careciendo el poder de turno de una contraparte partidista con la cual pueda llegar a acuerdos para dar gobernabilidad.

¿Cómo establecer un diálogo, cuando vemos candidatos presidenciales que son agredidos (Boric esta semana y Kast otras tantas) o ciudadanos de la asamblea constituyente elegidos por la propia ciudadanía, que llegan disfrazados como Giovanna Grandón (Tía Pikachu) o Cristobal Andrade (Dinoazulado)? Pareciéramos estar en un momento de bastante anarquía.

Importante será – al igual que en las crisis ya vividas – que la salida de ésta se dé a través de un Presidente con un fuerte liderazgo, con capacidad de diálogo para encauzar múltiples demandas, de lo contrario estaremos enfrascados en una crisis que podría durar más de un período presidencial, con el costo económico y social que ello implicaría.

Es difícil encontrar candidatos con la altura política de Balmaceda , Alessandri o Aylwin, aunque ésta es otra sociedad, que necesita tal vez otro tipo de liderazgo. Lo único claro, es que el próximo elegido jugará un rol clave ya sea exacerbando la crisis o transitando exitosamente hacia un nuevo equilibrio.

Cualquiera que sea el electo, deberá liderar al país con partidos políticos débiles, que en la actualidad tienen menos de un 3% de la población militando en ellos. El liderazgo que se elija tendrá la dificultad de gobernar para una multitud de personas, con multitud de intereses.

Ahora solamente queda esperar, y dar fe, de que el próximo Presidente tendrá la capacidad para sacarnos adelante y poner orden de nuevo en un país sin rumbo.