Día a día vemos como nuestro actual sistema económico es puesto bajo escrutinio. Lo frustrante de todo esto es que pocos reconocen los éxitos, por el contrario muchos han tomado distancia y lo han demonizado.

Durante la última década nuestro país hizo algo clave para el crecimiento económico: integrarse a las tendencias globales. Esto por mucho tiempo nos diferenció de otros países de la región, llegando a hablarse del “modelo económico chileno”.

La actual conversación del mundo político, que cuestiona lo anterior, genera grandes dudas por parte de los agentes económicos, quienes ven cómo potencialmente se corre el riesgo de caer en una economía enferma, pareciéndose a la de nuestros vecinos.

Este modelo es el que nos ha permitido lograr un crecimiento con oportunidades, para muchos, impensadas en el pasado. Lamentablemente para igualar la cancha el esfuerzo debe ser permanente, pero existe la ilusión de lograr un país con igualdad de oportunidades, sin pasar por la tenacidad, trabajo y reconocimiento de desigualdades que son propias de la idiosincrasia. Los países que han intentado saltarse estos puntos, hoy están quebrados, endeudados, con niveles de inflación altísimos, y con personas más empobrecidas.

No podemos negar que el crecimiento que hemos tenido por décadas está al debe en cuanto a la justa distribución del mismo, pero no olvidemos que hace un siglo teníamos un empresariado muy poco desarrollado que aportara al crecimiento del país. Hoy tenemos empresarios, y lo que debemos hacer como tal, es ver cuál es nuestra responsabilidad para dar igualdad de oportunidades, lo cual no significa un fracaso del sistema.

Con el paso del tiempo la clase empresarial fue tomando distancia en relación a su responsabilidad respecto al bienestar social. Resultado de lo anterior hace más de cinco décadas la solución se abordó de forma errada a través de un proceso de redistribución de riqueza forzada con repartición de rentas establecidas unilateralmente por el estado ( cuotas de importación, excesos de regulaciones, expropiaciones, etc.).

Nos convertimos en un país empobrecido, con nada que repartir, bajos crecimientos, hiperinflaciones y pobreza extrema. Todo lo que generaba frustraciones desembocó en la dictadura. Es ésta la que establece un modelo económico no basado en una clase aristocrática que impone un modelo sobre el pueblo, sino que netamente con una mirada técnica. Esta situación no se había dado con anterioridad, puesto que siempre era la élite la que conducía a una clase trabajadora totalmente dependiente y sin representatividad.

Este modelo económico nos permitió integrarnos al mundo, haciendo crecer nuestros ingresos y dejando atrás niveles de extrema pobreza vividos por décadas. Este modelo, validado por los diferentes gobiernos de los últimos 50 años, es el que hoy se pone en cuestionamiento.

Es a través de esto donde nos enfrentamos al riesgo de involucionar, no solamente en el sentido económico, sino que también social. No hay mejor calidad de vida sin crecimiento económico, no hay mejor educación sin crecimiento económico, no hay mejor salud sin crecimiento económico.

Si bien el mundo en lo social está experimentando cambios importantes que debemos reconocer, los cuales también vivimos internamente, debemos desterrar posiciones extremas. Éstas por lo general tienen afanes meramente redistributivos pensando que será la forma de tener una sociedad más justa, dejándose guiar por el populismo y la vieja usanza. Ambos elementos tan presentes en la década del 60 y 70.

Para crecer necesitamos de tres factores: primero la integración global en una economía cada vez más abierta y competitiva. Segundo, un Estado que no pretenda tener un rol más importante que los propios privados. Y, finalmente, reconocer la importancia de lograr un equilibrio entre el bienestar social de los diferentes agentes económicos y un crecimiento estable a lo largo del tiempo.

En este escenario el papel del estado es fundamental, para subsidiar las deficiencias del sistema. No podemos caer en la tentación de tomar el camino corto de la repartija de rentas a sola discreción para generar una igualdad, lo cual es utópico dada la propia naturaleza del ser humano.

Hemos visto cómo diferentes grupos políticos están empujando sistemas de redistribución de rentas que no tienen lógica económica, y por lo mismo sostenibilidad en el tiempo. Esto genera que los agentes que ya han vivido experiencias similares no quieran volver a correr el riesgo de lo vivido, lo cual nos nivela hacia abajo.

Ante la sola incertidumbre de lo anterior, hemos visto salidas de capitales que sin duda generarán menores crecimientos y con ello también menores oportunidades para un grupo social que requiere de estos capitales en su propio país.

Resultando en que este grupo quede atrapado en la pobreza y frustración, mirando desde lejos como fueron ellos mismos quienes lo provocaron.