Me gustaría decir que en Antofagasta, mi ciudad, la corrupción es un hecho menor. Que se configura sólo a través de situaciones aisladas, de tarde en tarde y de vez en vez, como escribió alguien por ahí.

Lamentablemente, Antofagasta no escapa a este cáncer enquistado en nuestro país hace muchas décadas: desde la destitución de la alcaldesa Karen Rojo, hasta la fiesta clandestina que involucró hace pocos días a personas cercanas a Wilson Díaz, máxima autoridad edilicia en estos momentos.

Para que las comunidades funcionen (idea que se remonta al contrato social del siglo XVIII, pero, también, a las democracias griegas de antes de Cristo), sus autoridades deben estar a la alturas de las expectativas de sus votantes. Para llegar a una alcaldía se requiere convicción, pero también vocación, al igual, por ejemplo, que los profesores. La comparación no es antojadiza, pues la docencia implica -entre otras cosas- ofrecer las mejores condiciones para que cada alumno vaya creciendo intelectual y valóricamente.

El alcalde igualmente debe generar un escenario de igualdad y de justicia social para que todos los habitantes de la ciudad desarrollen una vida más plena, con sentido de pertenencia y de orgullo. Una ciudad hecha a la medida de sus habitantes. Trabajar para los demás, en definitiva. Con transparencia e -insisto- con vocación.

La corrupción asoma como su antítesis. Representa la traición a la gente que creyó en tu programa y en tus promesas. Recojo este párrafo de un foro sobre el tema que leí en internet:

“La etimología nos ofrece, creo yo, una de las mejores pistas para combatir a la corrupción: su origen latino alude a la ruptura deliberada de algo que, por ese motivo, pierde su naturaleza. Lo corrompido deja de ser lo que fue o lo que pudo haber sido, para volverse otra cosa: algo que se rompe, pero no desaparece. Lo que fue no deja su sitio a otra cosa, sino que conserva algún rasgo de sus orígenes, traicionándolos”.

Así, la autoridad corrupta inicia una perversa metamorfosis: rompe su compromiso con los votantes, aunque, a la vez, mantiene su rostro amigable y su discurso empático, pese a que “legisla” en beneficio propio.

Vuelvo a Antofagasta en días de pandemia. La autoridad central decretó que los alcaldes en campaña deben retornar a las respectivas municipalidades, tras postergar las elecciones. Concordamos plenamente: por sobre todo, la salud de la población. No hay segundas opiniones.

Sin embargo, debemos estar alertas: durante estos días en que los alcaldes vuelvan a sus funciones, su foco será ayudar a la ciudadanía y paliar, con medidas efectivas, los efectos del covid y todas sus resonancias, y no mantenerse solapadamente en campaña, utilizando el aparataje municipal con el que cuentan.

Nuestras aprensiones nacen de señales reales y no de prejuicios: acá, la contienda electoral ha estado lejos del fair play, y los abusos de poder del círculo cercano al alcalde Díaz (cuyo epítome fue la mentada fiesta clandestina) y sus embustes (el más recurrente, negar mi condición de independiente y asociarme con sectores de la derecha y hasta con el propio Sebastián Piñera) nos previenen de conductas parecidas en el futuro.

Ojo, acentúo sobre aspectos no menores: abusos de poder y propaganda engañosa o derechamente falsa. Es decir, variables endémicas de la corrupción…

Sé que Antofagasta ofrece muchos desafíos. En alguna entrevista dije que anhelo ver a esta ciudad lejos de la imagen de campamento minero que proyecta. Una ciudad que responda a su condición de ser la capital de la región donde se extraen las mayores riquezas para este país.

Para construir una comunidad así, sólo hay que trabajar duramente en conjunto con sus habitantes. No existe otro camino: con la vocación de todos, mirando de frente el bienestar colectivo y dando la espalda a esta decadente tradición de embustes y malas prácticas.

Sebastián Videla
Comunicador social
Candidato a la alcaldía de Antofagasta