La debacle de Kast no puede ser interpretada únicamente como un problema de gestión o comunicación, sino como la expresión de un desajuste más profundo entre proyecto político, equipo de gobierno y transformación del clima social.

La última encuesta de LCN muestra un escenario alarmante para el gobierno de José Antonio Kast en las dos dimensiones fundamentales: en primer lugar, se aprecia que las variables estrictamente políticas (evaluación del gobernante y sus ministros) se encuentran en proceso de agresivo debilitamiento. Y, en segundo lugar, que variables profundas, como los factores culturales y los procesos de agrupamiento de los líderes históricos de Chile muestran al actual gobernante enfrentando un problema no meramente coyuntural.

El informe de abril de 2026 (terreno hecho en las últimas dos semanas del mes señalado) muestra un punto de inflexión político que no puede ser leído como una simple oscilación coyuntural, sino más bien como la cristalización de una tendencia de deterioro en el gobierno de José Antonio Kast, fenómeno que ya venía insinuándose en la medición anterior, señalando así una intensa caída de atributos y la complejización del escenario a menos de dos meses de haber asumido.

La evaluación del presidente José Antonio Kast alcanza un promedio de 3,2 (en notas que van de 1 a 7), ubicándose en el último lugar del ranking histórico de mandatarios, compartiendo esa posición con Augusto Pinochet.

Evaluación presidencial

Para dimensionar el cambio vale la pena observar que durante el gobierno de Boric y hasta el cambio de mando, el ranking de presidentes tenía a Pinochet claramente por encima de Boric y Allende (se observa en el gráfico de diciembre), pero aun cuando en marzo ya se verificaron modificaciones, la situación de abril es particularmente llamativa: los dos últimos lugares quedan para Kast y Pinochet.

Este análisis se puede profundizar. Como decíamos, el problema parta el presidente Kast es más profundo, ya que antes de iniciar su gobierno su posición en los espacios matemáticos que se pueden construir para espacializar las relaciones entre nombres históricos mostraban a Kast debatiéndose entre una proximidad a Piñera o a Pinochet. Quizás por responsabilidad de la temprana discusión sobre indultos, o por alguna otra variable; esa ruta parece haberse definido hacia Pinochet. Se observa en el siguiente mapa que clasifica grupos de presidentes.

La magnitud de esta caída se vuelve más evidente al observar la distribución de notas, donde un 40% califica con nota 1 al presidente, configurando un patrón de rechazo más que de evaluación crítica matizada. Esto sugiere que el deterioro no se limita a un juicio sobre desempeño, sino que se aproxima a una deslegitimación más profunda.

En términos comparativos, el informe destaca que el ranking de abril consolida una estructura en la cual Kast pasa a ocupar el lugar que durante buena parte de su mandato tuvo Gabriel Boric. De ser algo continuo, podríamos estar en presencia de una situación interesante: Boric habrá quedado altamente vinculado a Allende y Kast habrá sido asociado a Pinochet con idéntica intensidad.

Esta situación establece un retorno del clivaje histórico de Chile y desmentiría el reemplazo del clivaje en el estallido social, el que podría ser visto más bien como una actualización del trauma de 1973.

De ser así, la mala noticia no es solo para este gobierno, sino para todo el país, que estaría atrapado en la geometría que ha marcado la historia de Chile.

Expectativas

Si observamos las expectativas la situación no mejora para José Antonio Kast. Estas han caído fuertemente.

¿Qué nos muestra la tabla?

La tabla muestra que entre marzo y abril no hay simplemente una baja marginal o un ajuste menor de opinión, sino un movimiento transversal: en las cuatro áreas medidas cae la proporción de personas que cree que las cosas mejorarán y aumenta la proporción de quienes creen que empeorarán. Eso significa que el problema no está localizado en una cartera específica ni en una disputa puntual, sino en la pérdida de confianza anticipada respecto de la capacidad de un gobierno de Kast para producir resultados.

El dato más delicado está en seguridad, porque se supone que allí debía estar su principal fortaleza simbólica. En marzo, un 55,9% pensaba que la seguridad mejoraría al terminar su gobierno; en abril esa cifra baja a 44,4%. La caída es de 11,5 puntos.

Pero lo más grave no es solo que bajen los optimistas, sino que suben con mucha fuerza los pesimistas: quienes creen que la seguridad empeorará pasan de 24,8% a 42,1%. Es un salto de 17,3 puntos. Dicho de otro modo: Kast no pierde solo entusiasmo; empieza a perder credibilidad precisamente en el terreno donde más necesitaba aparecer fuerte.

En economía ocurre algo parecido, aunque con una lectura distinta. La expectativa de mejora baja de 54,1% a 45,5%, mientras la expectativa de empeoramiento sube de 34,6% a 48,5%. Esto es muy relevante porque la derecha suele instalarse en el imaginario público como una oferta de orden económico, gestión y certidumbre. Si esa expectativa empieza a erosionarse, entonces el problema deja de ser comunicacional y pasa a ser estructural.

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Educación y salud muestran caídas menos bruscas, pero ambas quedan en terreno negativo. En educación, la mejora esperada baja de 43,3% a 40,5%, mientras el empeoramiento sube de 42,5% a 46,5%. En salud ocurre algo similar: la expectativa de mejora cae de 46,1% a 40,7%, y quienes creen que empeorará suben de 40,9% a 45,0%. No son áreas donde Kast tuviera necesariamente su principal capital, pero justamente por eso importan: muestran que el deterioro no se restringe a sus temas fuertes, sino que afecta la imagen general de gobernabilidad.

Hay un punto adicional muy importante: la categoría “igual” también disminuye en tres de las cuatro áreas. Eso quiere decir que no estamos viendo solo una pérdida de optimismo, sino una reducción de la neutralidad. Gente que antes podía decir “no sé si mejorará, probablemente seguirá igual” ahora se desplaza hacia la hipótesis de empeoramiento. Ese movimiento es políticamente más peligroso, porque indica que la duda se está convirtiendo en sospecha y que los neutros (que son los que definen el juego) avanzan alejándose del gobierno.

La conclusión es clara: entre marzo y abril se debilita la expectativa de desempeño de Kast en áreas centrales de gobierno. Y lo más serio es que el golpe se produce en seguridad y economía, precisamente los dos pilares sobre los cuales una candidatura como la suya debería construir autoridad, eficacia y confianza. La tabla no muestra simplemente una baja de evaluación; muestra una fisura en la promesa de gobierno.

Gabinete ministerial

Todo lo dicho es importante, pero el elemento más significativo del estudio es la percepción del gabinete. La encuesta evidencia que el promedio de evaluación de los ministros del gobierno de Kast alcanza solo un 2,79, muy por debajo del 3,70 obtenido por los ministros del gobierno anterior.

Este diferencial no es marginal, sino consistente en prácticamente todas las carteras, donde los ministros del gobierno actual obtienen evaluaciones sistemáticamente inferiores. Lo relevante aquí es que no se trata de una mala evaluación sectorial o focalizada, sino de un fenómeno transversal que afecta a la totalidad del equipo gubernamental.

Veamos los datos.

Como se aprecia, todos los ministros que terminaron mandato con Boric aparecen mejor evaluados que los ministros de Kast. Hay un caso de empate técnico, que es de Iván Poduje con Carlos Montes. Todos los demás pierden con claridad.

La siguiente tabla muestra las diferencias entre las notas de unos y otros. La última columna marca la diferencia entre la nota obtenida por el ministro correspondiente a una cartera de Boric menos la nota del ministro de Kast. Todos los resultados son positivos, lo que significa que siempre ganan los ministros de Boric. Es decir, el problema no es solo del Presidente, sino que hay un equipo que no ha logrado tomar el timón del proceso político.

Esta situación invierte la lógica clásica de funcionamiento de los gobiernos. En condiciones normales, el gabinete actúa como soporte del liderazgo presidencial, distribuyendo costos, gestionando conflictos y aportando legitimidad sectorial. En este caso, ocurre lo contrario: es el presidente quien parece sostener políticamente a un gabinete que no logra consolidar apoyo ciudadano.

La evidencia empírica sugiere que la debilidad del equipo ministerial no solo no contribuye a amortiguar la caída presidencial, sino que la amplifica, generando una dinámica en la cual el liderazgo central se ve obligado a absorber el conjunto de las evaluaciones negativas.

El Presidente Kast tiene prácticamente el mismo promedio de nota personal que lo obtenido por sus ministros (como persona está un poco por debajo de sus ministros). En el caso del expresidente Boric, sus ministros tienen claramente mayor puntaje que su presidente, lo que implica un gabinete que subvenciona al presidente. Y esto es más cierto todavía si consideramos que dos de los ministros más importantes y duraderos de Boric no aparecen en el listado ya que no terminaron el período. Me refiero a Carolina Tohá y Mario Marcel. Pero sí los medimos por separado a los ministros emblemáticos y podemos señalar que sus notas superan con claridad a la de los ministros actuales de sus carteras.

Carolina Tohá obtuvo un promedio de calificación de 4,1 y Mario Marcel de 4,3. Ambos superan a sus sucesores (Tohá levemente y Marcel claramente). Y ambos le sacan una distancia muy grande a los ministros actuales (Tohá saca medio punto más que Alvarado y Marcel un punto a Quiroz). Son diferencias importantes. Sobre todo porque, como todo profesor sabe, se juegan grandes diferencias cuando los evaluados se mueven en la órbita de una nota 4.

En resumen, el gabinete del presidente Kast no está cumpliendo adecuadamente su función y, más bien, está generando una valorización por diferenciación del gobierno de Boric y sus equipos. Que en poco tiempo se deje atrás la visión muy negativa de la población al gobierno de Boric es imputable al inicio errático del gobierno de José Antonio Kast.

Clima valorativo

A este cuadro se suma un cambio en el clima valorativo que contribuye a explicar el trasfondo del fenómeno. Hay dos preguntas sobre valores que hacemos desde hace más de veinte años.

Una se trata de elegir qué valor considera el encuestado más valioso para una sociedad, debiendo elegir entre libertad, igualdad, orden y progreso. La otra pregunta requiere al encuestado sobre qué origen tiene la extrema riqueza, si deviene del mérito o del abuso.

Estos puntajes cambian ostensiblemente en distintas épocas. Entre 2003 y 2011 los valores de orden e igualdad estaban casi empatados en el primer lugar (28% aproximadamente), desplazándose por poco según los escenarios distintos. Desde 2011 el valor de la igualdad comenzó a sacar ventaja sobre orden. Para la época del estallido social ese puntaje alcanzó el 55% por sí solo. Sin embargo, desde 2022 igualdad fue bajando hasta llegar a 25% y en ocasiones menos. En los últimos meses ha ido mejorando nuevamente, aunque no ha llegado al primer lugar porque el valor de ‘progreso’ (antes muy relegado) ha tomado el primer lugar, probablemente por la búsqueda de un gobierno capaz de mejorar la economía. Aún estando en el segundo lugar, su porcentaje en la última medición es de 32% y eso es un puntaje alto para cualquier de los valores. Es decir, ya está en una posición claramente competitiva, asunto que no ocurría hace pocos meses.

Respecto a la pregunta sobre el origen de las grandes fortunas, el ciclo histórico nos muestra una época donde mérito y abuso compartían presencia con una distribución 50/50, pero eso se modificó en 2011 cuando comenzó el aumento de la noción de abuso. En 2015 la visión de la riqueza como abuso superaba el 60%. Y para el estallido y el proceso constituyente, en su inicio sobre todo, superó el 80%. Fue un cambio sideral.

Pero al inicio de 2022, cuando la legitimidad de la Convención Constitucional se fue al suelo, este clima había cambiado. Desde entonces hasta hace un mes cada medición nos mostraba que el mérito como explicación de la riqueza obtenía 60% o más. Y en el último tiempo se movía siempre muy alto, alrededor de 65% o más. Pero ya en marzo bajó a 60%. Y ahora en abril está en 55%.

Es una caída significativa que modifica el escenario donde se juega. No ha sido la izquierda la que ha pateado el tablero. Tal vez es un fenómeno estructural, del cual los actores no saben salir. O quizás es el mismo gobierno y sus errores los que han favorecido el cambio de clima. En cualquier caso es importante que el gobierno comprenda que ya no está culturalmente apoyado y que, por el contrario, el cambio cultural propio de los radicalismos está lejos de ocurrir.

En resumen

En este contexto, la debacle de Kast no puede ser interpretada únicamente como un problema de gestión o comunicación, sino como la expresión de un desajuste más profundo entre proyecto político, equipo de gobierno y transformación del clima social.

La baja evaluación del gabinete no es un fenómeno aislado, sino parte de una dinámica en la cual el sistema de apoyo del gobierno pierde capacidad de estructuración, obligando al presidente a asumir un rol de contención que excede las funciones habituales del cargo.

El resultado es una configuración inestable en la que el liderazgo presidencial deja de ser amplificado por su entorno y pasa a operar como último soporte de una estructura debilitada. Es la cara desagradable del presidencialismo (para los presidentes). No habiendo una oposición en forma, la producción de vacío es elevada y ello supone tensiones y dificultades mayores de gestión. Es el escenario que peor manejan los políticos, que saben cómo pelear contra otro, pero no saben modificar un escenario.